martes, 21 de abril de 2026

¿NO LE PARECE, DOCTOR? (CUENTO COMPLETO)

 ¿Puede un golpe de suerte convertirse en una desgracia? Al protagonista de esta historia, la fortuna repentina se apresta a jugarle una mala carta. ¿Podrá salir bien librado? O acaso....


Tal vez usted pueda comprenderlo, doctor, aunque hasta a mí me cueste creerlo. Fue hace tanto, tanto tiempo. Todos creen que estoy loco, doctor, pero le juro por lo más sagrado que todo no fue otra cosa que un maldito accidente. Esto que voy a contarle no lo sabe nadie, ni mi mujer ni mis más íntimos amigos. Espero que pueda entenderme, doctor. Yo siempre fui un tipo muy tranquilo, ¿sabe?, sin mayores ambiciones, y era feliz con mi casita, mi trabajo, monótono, sí, pero seguro, los viernes de fútbol cinco con mis amigos, el almuerzo familiar de los domingos, ir al cine cada tanto con mi gente, en fin… Verdaderamente disfrutaba las cosas simples de la vida, la familia, los amigos, los paseos. Hasta aquella tarde que…

Discúlpeme la pausa tan extensa, pero trato de recordar los hechos lo más fielmente posible. Le decía, doctor, que llevaba la vida con alegría y tranquilidad, hasta que camino al trabajo el ómnibus se rompió y, por no esperar el siguiente, arranqué caminando. Entonces la vi. Solita. Abandonada. Apoyada contra el árbol, como esperando el camión de la basura. No soy un requechero, no vaya a creer. Pero estaba nuevita y me pareció una lástima no llevarla. Al levantarla se abrió de un costado y un billete salió volando por ahí. Era de cien dólares. Le juro, doctor, que nunca me interesó el dinero, pero miré el interior de la valija y vi que estaba llena de billetes. Ese día no llegué a trabajar. Me senté en un murito, con la valija a mi lado, turbado, confundido, deseando a la vez que el dueño viniera a buscarla y que nadie apareciera. No sabía qué hacer. A la hora habitual regresé a casa, comprobé que la valija sólo contenía dinero y no había documentación alguna que me permitiera saber de quién era ese dineral, y la escondí en el ropero.
     Esa noche no dormí. Mire, doctor, yo siempre pensé que era el tipo más honesto del mundo. Pero tenía en mi casa una valija llena de dólares que no me pertenecían, aunque una parte de mí me decía que sí y ponía mis principios del lado más débil de la balanza. Finalmente, luego de largo tiempo con la cabeza a doscientos por hora, llegué a un acuerdo entre mi hasta entonces única parte, la honesta, y mi recién descubierta ambición. Guardaría el dinero sin tocarlo durante un tiempo prudencial y si nadie reclamaba la valija y justificaba su calidad de propietario alegaría un golpe de fortuna y comenzaría a gastarlo de a poco. Si hubiese sacado, digamos, el Cinco de Oro, mi súbito enriquecimiento no despertaría ninguna clase de suspicacias.  
    Pasó bastante tiempo, le juro. Dos, tres, quizás cuatro meses, sin que nada sucediera. Y cuando por fin me decido a empezar a gastarlo, ¡zas! ¡Primera plana en todos los diarios! Veo los titulares enormes como si los tuviera frente a mí en este momento. Importante ejecutivo de una mega-empresa despedido y encarcelado por un brutal desfalco de casi cien mil dólares. Misterio absoluto con respecto al paradero del dinero. El reo que alega no recordar qué hizo con el dinero mal habido. ¿No escuchó del caso? Sí, sí, tiene que haber oído. Fue un caso muy sonado. Ah, sí, le sigo contando. Imagínese mi desilusión y mi miedo. Pensé que si me aparecía por la comisaría con el dinero iban a pensar que era cómplice del tipo y el terror me paralizó. En todos lados veía sicarios del ladrón y el solo hecho de ver un patrullero me provocaba pánico. El tipo ese, el ladrón, dejaba desamparados a una joven mujer y tres pequeños niños. Y aunque yo no tenía culpa de su deshonestidad, cada vez que la mujer aparecía en la televisión me hacía sentir terriblemente mal. Ahora lo recuerda, ¿verdad? Bien, como le decía, tanto ruido hizo la mujer que al final le dedicaron más de un programa especial en la tele. Su sufrida imagen apareció una y otra vez rogando a quien hubiera encontrado una valija negra llena de billetes, o sea, yo, que por favor la devolviera, que su marido no había robado el dinero, que había ido a depositar al banco y al sentirse mal lo había perdido, olvidándolo en algún lado. Que si la valija aparecía la empresa retiraba la denuncia y ellos podrían volver a empezar. Que quien la devolviera no tuviera temor a represalias, que la policía mantendría su identidad en secreto y, además, recibiría una importante gratificación por parte de la empresa y la satisfacción de haber evitado la desintegración de una familia. 
  Le juro, doctor, que pocas decisiones en mi vida me resultaron tan difíciles como esta. Al final, llamé desde un teléfono público a la seccional, pregunté de cuánto era la recompensa y acordamos que llevaría el dinero a una casilla que el comisario tenía en el correo central. Retiré la parte del dinero que me correspondía y el resto lo puse en una bolsa de residuos negra, la que cerré escrupulosamente con cinta adhesiva gruesa. Puse la valija bajo la cama, la bolsa en mi mochila y partí rumbo a la central de correos. Caminé apurado, ansioso, deseando terminar de una vez por todas con ese enojoso asunto, y salí del correo con la íntima satisfacción de haber cumplido con lo que consideraba era mi deber. ¡Qué sé yo! Recuerdo haber estado horas bebiendo en un bar, aunque nunca suelo hacerlo.     Doctor, se lo juro, pero me sentía extraño, triste y feliz a la vez. No llegué a emborracharme, pero tampoco salí del bar en mis cinco sentidos, usted me entiende. Quizá si no hubiera prendido el televisor, si me hubiese acostado a dormir, no sé, si mi mujer hubiese estado esa noche en casa, si no tuviera la maldita costumbre de ver todas las noches el informativo, nada de esto hubiera pasado. Pero lo vi y, a pesar de no estar cien por ciento en mis cabales, recuerdo con meridiana claridad cada palabra que dijo el locutor: «Insólito vuelco en el caso de los cien mil dólares robados por el ejecutivo del banco internacional». Casi en el mismo minuto en que la policía informaba a la prensa de la devolución del dinero por parte de alguien que no se había identificado, un comando detuvo en el aeropuerto a la mujer del ejecutivo, que pretendía huir con el botín hacia el extranjero. Tras ser detenida y comprobarse que llevaba más de cien mil dólares escondidos en el equipaje, la mujer confesó que en todo momento había tenido el dinero en su poder y que pensaba reunirse con su esposo una vez que el abogado consiguiera sacarlo de la cárcel. Lo que desconcertaba a las autoridades y también al periodismo en general era saber de dónde habían salido los noventa mil dólares devueltos por un anónimo ciudadano.
    Vio cómo son las emociones fuertes, doctor. No podía entender nada. Recuerdo claramente que reía y lloraba a la vez, y que me sentía terriblemente idiota por haberme conmovido y devuelto el dinero.         Saqué la valija, la abrí arriba de la cama y la revisé una y otra vez. Y, por un rato, enloquecí. Sólo por un rato. Agarré la valija a patadas, deseando destruirla. Y como no lo conseguía, la prendí fuego. No estaba consciente de lo que hacía, doctor, se lo juro. Cuando quise acordar, la cama ardía, segundos después las cortinas y al poco rato toda la casa era una inmensa fogata…

   Ah, sí. Usted se pregunta por qué cuando llegó mi mujer yo reía como un loco picando los pocos billetes que aún me quedaban. Claro, por eso me encerraron acá. Por eso pensaron que estaba loco. ¿Sabe qué pasó? No, claro, cómo lo va a saber si no se lo digo. Mire, doctor, yo le dije que al principio me sentí un idiota por haber devuelto el dinero. Pero más tarde, mientras el fuego consumía mi casa y los bomberos corrían de un lado para otro, un desconocido se me acercó y después de decir «¡Qué incendio!», comentó: «¿Vio la plata que le devolvieron a la policía? ¡Era falsa! Parece que el pobre tipo se cobró su recompensa de ahí. ¡Qué tarado, qué tarado!».
  ¿Comprende ahora, doctor, mi momentánea locura? Tantos problemas, tantas dudas, tanto pelear con mi conciencia, tantos miedos, para al final terminar incendiando mi casa, para perderlo todo y todo eso… por unos p… billetes falsos. ¡Qué ironía! ¿No le parece, doctor?

viernes, 3 de abril de 2026

LA CASA VACíA

El reto de marzo de literautas (https://www.literautas.com/), nos proponía crear un texto con el título "La casa vacía". Cómo desafía extra, debería estar escrito en tiempo presente. Siempre me gusta agregarle algo extra al reto, en este caso, que quién narrase la historia fuese la propia casa. Este es el resultado. Espero que lo disfruten.


                                    SE AGRADECEN LOS COMENTARIOS. ES BUENO SABER QUE HAY SERES HUMANOS DEL OTRO LADO DE LA PANTALLA



Han pasado seis años ya desde la muerte de la señora Celia, mi última moradora. La capa de polvo que cubre mis pisos crece cada día, ayudada por el viento que se cuela a través de las ventanas sin vidrios, destrozados hace tiempo por una panda de chiquillos malhumorados y aburridos, incapaces de entender mi sufrimiento.

   Soy solo una casa vacía que antes fue un hogar lleno de amor y alegría. El lugar donde Celia y Romualdo criaron seis hijos a los que vi crecer y marcharse apenas pudieron.

    Cuando Celia quedó viuda, ya todos sus hijos nos habían abandonado. A pesar de sus achaques cada vez mayores, ella siempre se las arregló para mantenerme impecable sin ayuda. El día que la ambulancia vino a buscarla, supe con seguridad que ya no volvería.

   Sus hijos, incapaces de ponerse de acuerdo en qué hacer conmigo, me vaciaron de todo aquello que consideraron valioso y me abandonaron a mi suerte.

   Mis mejores años se pierden en la bruma del pasado. Demasiado tiempo hace que mis cañerías están secas, y la electricidad que supo alumbrar las noches familiares es apenas un viejo recuerdo.

   A veces algún vagabundo se acerca a pernoctar y deja sus excrementos y miserias abandonados en cualquier lugar. El olor se hace día a día más insoportable.

  Las goteras cada vez más grandes convierten el polvo en barro cuando llueve.

  Desde fuera debo parecer una vieja casa embrujada. Por algo las criaturas del bosque nunca se acercan a mí. Me he convertido en una pobre cáscara vacía, pudriéndome de a poco por obra del tiempo y el hastío. Pensar que supe ser una especie de paraíso para aquella joven pareja amante de la naturaleza y el silencio.

     La vegetación poco a poco me va abrazando; las hierbas crecen entre las hendijas de mis pisos y las ramas de los árboles se cuelan por las desvencijadas ventanas. Pero los pájaros no anidan en ellos, ni florecen en primavera. Ni siquiera las cucacharas hacen cosquillas en lo que va quedando de lo que alguna vez fue un hermoso cielorraso. 

     Muchas noches sueño con que una de esas máquinas de destrucción que crearon los humanos pasa por aquí y termina con esta inútil agonía de existir sin ser. Pero no sucede.

    El viento, cuando sopla fuerte, me trae las quejas de otras casas que como yo, han perdido su razón de vida. Otras afortunadas, más modernas y cercanas a las rutas, reciben visitas diarias de muchos bichos. Incluso algunos pequeños mamíferos las convierten en sus hogares permanentes. Claro, tienen árboles frutales cerca, y por la desidia de los humanos, aun reciben agua corriente.

  Pienso, pienso, pienso. ¿Habrá una forma de acelerar mi final y terminar con este horrible presente de ser sólo una cáscara vacía, perdida en lo que antaño fue una urbanización de moda?

     ¿Y si ese grupo de muchachos que llegó esta mañana pudiera ayudarme? ¿Cómo? Entraron a mí nada más qué con la tarea de arrancar zócalos y contramarcos para hacer fuego afuera. Sin duda, unos paletos de ciudad que no se dan cuenta de que están rodeados de leña por todos lados. Incluso lo que quedaba de la baranda del porche les había servido para preparar su fogata.

  Ahora cantan y tocan la guitarra mientras cocinan algo a punta de llama. ¿Y sí…? ¿Por qué no?

Necesito llamar su atención. Tal vez con un ruido. Concentro mis fuerzas en hacer caer una tabla del techo. El ruido los alerta. Están asustados y no se animan a entrar. Un piedra papel o tijera define quién lo hace. El desafortunado joven toma una gruesa rama con la punta al rojo vivo para defenderse y entra temblando. Está cerca de la montonera de hojas que el viento acumuló en un rincón. Es ahora.

  Por más que me esfuerzo, no consigo tirar otra tabla. Debo apurarme o va a salir. Para mi fortuna, uno de sus tontos amigos explota una bolsa inflada detrás del muchacho. Aterrado, deja caer la rama y en segundos, todo arde.


Libre al fin, mi alma sube más rápido que el humo cada vez más espeso. Los excursionistas huyen asustados, mientras el viento expande el fuego sin piedad, liberando a otras hermanas abandonadas.

 No sé que pasará ahora. Pero nada puede ser peor que el abandono y la lenta destrucción. Ojalá, el cielo sea algo más que una loca fantasía de los humanos. Ojalá Celia y yo volvamos a estar juntas.


martes, 24 de marzo de 2026

EL ÚLTIMO (Cuento completo)

 Este cuento cierra mi libro "El nieto del dictador". Basado en el microcuento de    Frederic Brown citado a continuación, es una distopía donde trato de imaginar cómo sería la vida en esa soledad extrema. Espero que lo disfruten.

                                         El último hombre sobre la tierra está en su habitación. Golpean a la puerta.

                                                                                                                        Frederic Brown


La tormenta arreciaba cada vez con más furia. El hombre trancó las ventanas y se sentó a comer solo, como todas las noches durante los últimos veinte años. Le había costado acostumbrarse a aquella soledad forzosa, interminable, dolorosa.

Luego de que la última gran guerra bioquímica eliminó a todos los seres del reino animal terrestre (incluidos casi todos los humanos), despertó un día sin saber cómo ni por qué había sobrevivido a aquella locura global. Poco podía recordar de su vida anterior, pero sí sabía que el intento de suicidio motivado por el deseo de escapar de los horrores de la guerra le había salvado la vida.

Disponía de todo un mundo para él, de las instalaciones que habían sido construidas para una población de diez mil millones de habitantes, y todo funcionaba a la perfección sin necesidad de intervención alguna. El incesante progreso tecnológico de finales del siglo XXI había automatizado todo de tal modo que en cualquier punto del globo en que decidiera quedarse dispondría de agua potable y energía eléctrica por el resto de su existencia.

Meditó sobre los aciagos años transcurridos desde que había despertado de aquel inexplicable sueño inducido por dos frascos de tranquilizantes mezclados con el contenido de aquella botella negra de gusto amargo que pensó que era veneno. Sin querer descubrió así el antídoto para la peste que había eliminado toda vida animal.

Recorrió el planeta en los vehículos antigravedad disponibles por todos lados, con la esperanza de encontrar a algún otro sobreviviente. Ciudades enteras vacías, muertas, silenciosas. La Tierra se había convertido en un enorme cementerio alimentado por la estupidez de una raza que había alcanzado la madurez tecnológica estando aún en la infancia moral.

Cuando por fin aprendió a manejar los equipos y logró comunicarse con las bases humanas en la Luna y Marte, supo por los autómatas que las mantenían funcionando que tampoco allí se había salvado nadie.

Cuando se cansó de recorrer el mundo, cuando la esperanza de encontrar a algún otro ser se desvaneció, cuando por fin fue capaz de aceptar que estaba solo, que era el único sobreviviente de una raza que había creído ser la cima de la evolución, cuando se aburrió de comer la comida enlatada e hipercongelada que tenía a su disposición en miles de supermercados de todo el mundo, se estableció allí, en el campo. Aprendió a cultivar sus propias verduras, a amasar su propio pan. Aprendió el arte de la meditación y en su mente se fijó la idea de que, por alguna desconocida razón —una muy difícil de comprender o descubrir—, él había sobrevivido a aquella autoextinción. ¿Por qué?, ¿para qué? Tenía toda la vida para descubrirlo.

A pesar de su inevitable soledad, nunca se aburría. Además del trabajo en la huerta y la panadería, disponía de miles de películas en DVD y VHS, de millones de libros y de cuanta música pudiera desear. Claro que a veces la nostalgia por la compañía humana lo invadía y sentía enormes deseos de llorar. Entonces recurría a los clásicos universales del humor, a Chaplin, Abot y Costello, los hermanos Marx, el Gordo y el Flaco, Les Luthiers. Ellos lo consolaban y, al menos por un rato, lo hacían sentirse acompañado. Sin embargo, aquella noche creyó que la cordura lo abandonaba definitivamente. Alguien estaba golpeando la puerta. Bajó la música y esperó tenso. El rítmico golpeteo se repitió. ¿Alucinaba?

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

El llamado se repitió por tercera vez. Ahora no tenía dudas.

¿Sería una mujer? Añoraba tanto el contacto con una piel cálida, suave, el roce de otros labios sobre los suyos, el estremecimiento de los sentidos agitados por el deseo y la pasión. Sintió que le faltaba el aire. ¿Y si era un hombre? Bueno, tampoco le vendría mal un abrazo, un sincero apretón de manos, una conversación larga y distendida, unos ojos donde mirarse y sentir que ya no volvería a estar solo.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¿Quién es? —preguntó entre asustado y feliz.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Nuevamente no hubo respuesta, pero los nudillos contra la puerta volvieron a sonar.

Acercó la mano temblorosa. ¡Qué importaba quién fuera o cómo fuera! Por la forma de golpear sólo podía ser un ser humano igual a él, buscando refugio en aquella inhóspita noche.

Cuando su mano aferró ¡por fin! el pomo de la puerta, sintió que la sangre se agolpaba en sus sienes mientras el corazón se le aceleraba bruscamente y percibió una sensación nueva, desconocida, una energía que lo recorrió de pies a cabeza hasta que, segundos después, lo arrojó exánime varios metros más allá, liberando para siempre su alma de aquella indescriptible soledad.

Afuera, los cables eléctricos volteados por la feroz tormenta chispeaban de a ratos electrificando la puerta donde, a intervalos regulares, el viento jugaba con el aislador aéreo, haciéndolo golpear rítmicamente con un casi humano toc, toc, toc.

miércoles, 4 de marzo de 2026

HOBBY DOGGING

 Hay una nueva moda en europa llamada "hobby Dogging" donde la gente sale a pasear mascotas inexistentes, e incluso forman clubes y entrenan sus mascotas imaginarias en circuitos para perros reales. La capacidad de asombro se pone a prueba día a día.