En febrero de 2022, tuve la "desgracia" de quedarme sin trabajo con cincuenta y seis años. Pese a tener mi oficio, demoré un año en conseguir trabajo, gracias a gente que conocía de antes. Ese mismo año, llegó al Centro Cultural Julia Arévalo un taller de murga de esquinas de la cultura. Siempre amé la murga, pero no me sentía capaz de sumarme a una profesional por varias razones, entre ellas mi voz cascada y unos nódulos en las cuerdas vocales que ningún tratamiento pudo curar. Así fue qué, con mucha ilusión me anoté al taller, gracias a la mala suerte de haberme quedado desocupado. Esta es mi historia murguera.
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A mediados de marzo, aparecí en el taller con mi inseguridad y timidez a cuestas. Mis actuales compañeros, los que no me conocieron desde el principio, les cuesta creer que yo fuera así. Pero lo era.
El taller me cambió para bien. Me dio seguridad para subirme a un escenario, cantar y moverme dentro de mis limitaciones, pero dejando de lado algo que era una mochila bastante pesada: la vergüenza y el miedo de sentirme ridículo.
Siento que he crecido como persona y como artista. He aprendido a respirar para cantar, a mejorar la métrica de los textos, a moverme, a actuar, a no temer al micrófono. A sentirme seguro a la hora de hacer un solo, a la hora de hablar en público. A trabajar la creación grupal, donde todos aportamos nuestros textos e ideas para el espectáculo.
Nico Hugo, nuestro segundo tallerista, en una de las primeras sesiones, leyó un texto que hablaba de la voz como una huella personal y característica de cada persona. No recuerdo si se lo dije, pero esas palabras me ayudaron a querer mi voz, cascada, ronca, a mi gusto bastante fea, pero única.
Estamos terminando nuestro cuarto año. Del primero quedamos solo tres, aunque quizás el próximo haya algunos retornos. Ha sido un proceso largo, enriquecedor, mientras mi vida personal seguía con sus vaivenes, sus alegrías y tristezas, sus logros y fracasos, sus ganancias y pérdidas.
Esas dos horas semanales son, y seguirán siendo, una terapia grupal gratuita y un aprendizaje continuo. Dos horas donde todo queda afuera para concentrarse y vivir el momento, compartiendo con compañeros y compañeras que hoy son amigos. Con profesores generosos y comprometidos, tremendos artistas y personas. En un lugar cálido, con sentido de pertenencia, comprometido con su labor cultural y comunitaria.
Un capítulo aparte son las actuaciones. Subir a un escenario para doscientas o más personas, o en una plaza pública para veinte a nivel de piso, o en un encuentro de talleres o en nuestro centro cultural. Siempre se disfruta. Sin presiones. Con mucha alegría.
Hay quiénes dicen que la cultura es un gasto. Llevar la cultura desde y hacia los barrios, es un ejercicio de democracia plena y participativa. No depender de medios económicos para ser parte es un acto de justicia. Todos tenemos derecho a disfrutar de un derecho humano fundamental: el acceso a los bienes culturales, a consumirlos y a crearlos, sin depender de cuanto dinero hay en nuestros bolsillos. Que así siga siendo.