martes, 30 de diciembre de 2025

ÁNGELES SOBRE BERLÍN (Cuento completo)

 Les comparto la versión completa de otro de los cuentos de mi libro "El nieto del dictador".  Podrán notar la heterogeneidad de temas entre los diferentes relatos del mismo. Espero que lo disfruten y se puedan tomar un minuto para comentar. 


—Así es, querida nieta, yo aún puedo verlos por las noches —insistió el abuelo.

A sus casi noventa años, las huellas del sufrimiento se dejan ver en su triste mirada y su rostro colmado de arrugas. Una burda cicatriz cruza su mejilla, producto de aquella vez que quiso saltar el muro para reencontrarse con su hermano y terminó con una bala que le rasgó la cara.

La niña lo mira con los ojos grandes de admiración. Ama a su abuelo, pero le cuesta aceptar que en pleno siglo veintiuno alguien crea todavía en esas cosas. Sin embargo, lo escucha con la fascinación propia de sus ocho años, que hacen que vea en el viejo a un gigante. El abuelo ya no puede cargarla sobre sus hombros, pero le encanta caminar de su mano y escuchar sus historias, aunque sean fantasías sobre un muro que dividía la ciudad y unos ángeles que ayudaron a derrumbarlo, y aunque a veces le cuente cosas sobre la guerra que su inocencia no alcanza a comprender.

El abuelo, sentando en el banco de la plaza, la mira con ojos rebosantes de ternura, mientras la niña intenta dominar el giro con los patines. Cuando ella se cansa, vuelve a sentarse junto a él y le da un beso tan grande que el corazón del viejo amenaza con derretirse.

—Abuelo, tu dijiste que los ángeles vinieron a romper el muro, ¿por qué todavía están aquí?

El viejo medita la respuesta. No puede explicarle a una niña que el odio que levantó esa pared creó, a su vez, un muro invisible en el alma de la gente; ni mencionar la vieja locura y los nacionalismos radicales que cada tanto resurgían y le traían los más tristes recuerdos.

—Quizás se encariñaron con nosotros —dice mientras le guiña un ojo.

La respuesta parece calmar su curiosidad. Pero, ¿no será que de verdad existen?

—Abuelo, ¿tú crees que yo también podré verlos algún día? —pregunta, pícara.

El abuelo, sonriente, contesta convencido:

—Si crees en ellos, podrás ver que, aún hoy, vuelan los ángeles sobre Berlín.

domingo, 14 de diciembre de 2025

EL NIETO DEL DICTADOR (CUENTO COMPLETO)

 Este cuento es el que da título a mi único libro publicado hasta la fecha. He decidido brindarlo completo por este medio. Espero que lo disfruten. Me gustaría mucho recibir sus comentarios.


El nieto del dictador (El hueco en la paradoja del abuelo)

—Pero, entonces, ¿sí hubo una dictadura? —preguntó por tercera vez Laura, totalmente desconcertada.

—Sí —respondí algo ofuscado.

Ella se miró las uñas, pensativa. Sus ojos color aceituna me miraron con una mezcla de odio y fascinación.

—¿Y tu padre, ese señor que saludé hace cinco minutos, llevaría ya cinco años muerto?

—Así es.

Ella comenzó a reír a carcajadas.

—Y yo era un señor viejo, gordo, de barba y anteojos, ¿no? —preguntó divertida.

Su risa me hizo aflojar la tensión y reírme también.

—No, no es lo que recuerdo. Creo que siempre fuiste una hermosa chica. Y también una muchacha muy inteligente.

Mi decisión de contarle todo flaqueaba de a ratos. Llevábamos tres años de casados y nos conocíamos desde la escuela. Amaba a esa mujer y la sabía capaz de entender lo sucedido, aunque a mí mismo me costara creerlo.

Yo era el único que lo recordaba, porque para todos los demás jamás había sucedido. Ni la dictadura, ni el terror, ni la guerra civil que, tras largos años y muchísima sangre derramada, no logró derribar al gobierno de facto. Todos esos hechos que habían marcado mi infancia y adolescencia quedarían para siempre grabados a fuego en mi alma y, a pesar de lo reales que eran para mí, nadie tenía el más minino recuerdo de ellos.

—Hacé como si lo que te estoy narrando fuera un cuento y trata de no interrumpirme demasiado. No es fácil para mí, pero necesito descargarme. Ya no soporto más la culpa y el secreto. De más está decirte que todo lo que te cuente debe quedar entre nosotros dos. Hace cuatro años ya que guardo el secreto y hay noches en que la culpa no me deja dormir. Por lo general estoy convencido de que lo que hice fue lo correcto. Y los hechos finalmente me dan la razón. Esta paz, este progreso, esta libertad. Esta sociedad llena de vida y solidaridad hace cinco años era inconcebible. Y aunque lo que hice iba en contra de todas mis convicciones, sé que fue lo correcto.

—¿Y qué hiciste, tan malo? —preguntó entre desconcertada y sarcástica—. Si se puede saber.

—Asesiné a mi abuelo, no una sino dos veces —le espeté.

Sus hermosos ojos se abrieron como platos, echó la cabeza hacia atrás y luego, cerrando los ojos como si hurgara en su memoria, acertó a decir con una voz apenas audible:

—Pero no, no puede ser. Es una muy mala broma. Tu abuelo lleva muchos años muerto. ¿Cuántos años tenías cuando pasó?, ¿seis, siete, ocho? ¿Quién sos, Billy el niño?

—No lo maté cuando era un niño. Ya te dije que todo esto pasó hace cuatro años.

Laura se levantó sin decir palabra y fue hasta la cocina. Diez minutos después volvió con el mate en una mano y el termo en la otra.

—Parece que esto va a ser largo y complicado —se justificó—. Empezá a explicar desde el principio, porque, o tú te volviste loco, o soy yo la que está loca.

«Esto no va ser fácil», pensé. Si bien Laura era muy inteligente, más que el promedio, no era una persona muy imaginativa o de mente abierta. Y tampoco era una científica. Lo suyo era el arte.

—Viajé al pasado y lo hice, una vez y otra vez más. Ya te lo dije.

—Entonces, la paradoja del abuelo no es correcta —afirmó.

—¿Conocés la paradoja…? ¡Me dejás anonadado!

—Lo leí por casualidad en unos de tus libros. Pero si lo mataste y estás aquí, eso quiere decir que la paradoja no es tal.

—En cierta forma. Conocíamos la paradoja, y su lógica es tan clara como real. Pero le encontramos un hueco. Dame un mate, por favor, tengo la boca seca.

Sorbí el mate hasta casi hacer subir la yerba por la bombilla.

—Te decía, la paradoja tiene un hueco y nosotros se lo encontramos. En la línea temporal…, vigente…, sí, vigente antes del asesinato, yo era un científico subversivo disfrazado de buen ciudadano. A pesar de mi juventud, era profesor de ciencias físicas en la Universidad de la República y tenía todo el laboratorio a mi disposición. No te olvides de que era el único nieto del dictador. Con Roberto trabajábamos en un proyecto secreto del gobierno militar, relacionado con los viajes en el tiempo. Los progresos eran lentos y el presupuesto poco, pero…

—¿Qué Roberto? —me interrumpió, a pesar de mi pedido—. ¿Tu amigo?, ¿el loco de la motoneta? No te lo creo.

—Sí, ese Roberto. Creeme, en la línea temporal precedente nunca se había pegado la piña con la moto y era un verdadero genio. Es una de las cosas que me duelen mucho y me hacen sentir culpable. Pienso cuántas vidas pueden haber cambiado para mal como la suya y qué derecho tenía yo a hacerlo. Pero luego veo a mi padre y pienso en las otras vidas que cambiaron para bien (la gran mayoría) y sé que al final la balanza siempre tiende a equilibrarse. Dejame seguir, por favor. Te decía que trabajamos en ese proyecto del gobierno avanzando a pasos de tortuga, hasta que una tarde nos llegó una inspiración impresionante e hicimos un progreso tan grande como inesperado. Conseguimos ver el pasado. Era como un mundo de fantasmas, no podíamos interactuar con las personas ni con el entorno, pero era genial. Fue un descubrimiento tan rápido y fundamental que Roberto y yo decidimos ocultarlo. No queríamos darle ese poder a un gobierno absolutista. Podrían ver a los rebeldes que se habían escapado, por ejemplo, y saber para dónde iban. No, no era bueno que lo supieran.

Laura me pasó el mate y aprovechó para preguntar:

—¿Y cómo hiciste para ocultarlo?

—Abusé de la confianza del presidente. No te olvides de que yo era su único nieto, y el amor que me tenía, o que yo pensé que me tenía, era su único rasgo de humanidad. Estaba a punto de ascender a general en jefe cuando lo maté y seis meses después derrocaría al gobierno para convertirse en un dictador cruel e inhumano. Al niño que fui aún le cuesta creer que su dulce abuelo era un reverendo hijo de puta. Perdón. Déjame seguir. Luego de ese avance empezamos a progresar muy rápido, las ideas nos llegaban en torbellino y dos meses más tarde Roberto viajó hasta el día de su nacimiento, se vio a sí mismo e incluso felicito a sus padres por tan hermoso bebé. Esas fueron sus palabras al volver, «un hermoso bebé». Luego hicimos un pequeño gran experimento. A dos cuadras de la Universidad había una casa que llevaba más de veinte años abandonada. Tras asegurarnos de que no habría nadie, entre a ella diez años en el pasado y la prendí fuego. Fue un incendio famoso. Y fue genial. Habíamos logrado cambiar el pasado y también el presente. Roberto, aun sabiendo que yo lo había ocasionado, tenía el recuerdo de él mismo y de su madre viéndolo en el noticiero. Sólo yo no lo recordaba. Y entonces las cosas se complicaron. Alguien me había fotografiado saliendo del incendio, diez años atrás. No sé cómo ni por qué esa foto llegó a manos de mi abuelo y me puso entre la espada y la pared: «Mirá, sos mi único nieto y por eso esto queda entre nosotros. Pero esto prueba que han avanzado mucho más de lo que dicen. Mañana voy a volver con mis asesores y nos van a contar todo lo que hicieron. Y tu amigo se va detenido con nosotros. Si apreciás tu vida y la suya, tratá de tener todo pronto mañana a primera hora». Sabía que mi amigo no iba a pasar la noche y, lo que es peor, lo iban a torturar hasta matarlo. Entonces se me pudrió el mate. Decidí matarlo esa misma noche, pero no entonces, sino en el pasado, antes de que se convirtiera en la basura que era ahora. No era fácil de hacer. No puedo explicártelo ahora, yo mismo no lo tengo claro, pero hay que ser muy cuidadoso con los puntos temporales a los que uno viaja. Mi mejor oportunidad para hacerlo era cuando mi abuela llevaba tres meses embarazada de mi madre. Ellos vivían en esta misma casa. Conseguí un arma, viajé al pasado y, cuando él salía de su casa rumbo al trabajo, a las seis de la mañana, le vacié medio cargador en la cabeza. Me aseguré de que ya no respirara y volví al laboratorio lleno de remordimiento y dolor. Todo estaba igual. Entré a Internet para ver los diarios en línea y en primera plana estaba la foto del dictador anunciando un nuevo golpe a los rebeldes comunistas. Mi abuelo estaba vivo. No tenía mucho tiempo de averiguar qué había fallado. Según la computadora, en esa nueva línea temporal yo no llegaba a nacer nunca. Por alguna razón el hueco en la paradoja parecía no existir. El siguiente punto clave para entrar al tiempo y cumplir mi cometido se ubicaba justo en el día de mi sexto cumpleaños y en la puerta de mi propia casa. Asesiné a mi abuelo segundos antes de que levantara su mano para tocar el timbre. Lo malo es que aún recuerdo la cara de horror de mi madre al abrir la puerta y verlo muerto a medio metro de un enmascarado que desapareció segundos después, al igual que el arma homicida. Sé el dolor que le causé, mi abuelo parecía ser entonces un hombre común y es otro de los motivos que me impulsaron a contarte todo esto. El peso de su mirada me estaba matando. Pero este mundo de libertad y bienestar no existiría si no hubiese hecho lo que hice. Ahora vos también lo sabés. Lo siento. No quería asustarte.

Salí al patio a tiempo de ver caer el sol tras el horizonte, feliz de haber hablado y de saber que esa realidad global que ahora disfrutábamos era mejor —mucho mejor— que ese horrible lugar donde mi abuelo era un déspota homicida y mi país un lugar donde los derechos humanos no existían.

Laura salió diez minutos más tarde y se sentó a mi lado, aferrada de mi brazo.

—Te casaste con un loco, ¿eh? —dije—. ¿No te arrepentís?

—Un loco valiente y adorable —contestó—. ¿Sabés? Hay algo que no entiendo. Vos creaste la máquina porque tu abuelo te dio el proyecto y te puso en la Universidad, pero si él nunca existió como presidente…

—Vaya —dije, sorprendido—, veo que tenés un buen pensamiento circular. No sé explicarlo del todo, pero por alguna razón la máquina y yo al movernos en el tiempo quedamos por fuera de su flujo normal y de los cambios. Por eso mis recuerdos son diferentes de los del resto del mundo. La realidad donde Roberto y yo creamos la máquina sigue siendo mi única realidad. El proceso que llevó a su creación sólo existe en mi memoria. No hay documentos, registros, nada de nada.

—¿Y dónde está ahora la máquina del tiempo? ¿Qué hiciste con ella?

—La usé por última vez y luego la destruí. Es demasiado peligrosa.

—Le salvaste la vida a tu padre y luego…

—No, no —respondí sonriendo ante su lógica—. Lo de papá es casual, una de las tantas variables sucedidas al modificar la línea temporal, igual que el choque de Roberto en la moto. Usé la máquina para ver qué diablos había fallado la primera vez.

—¿Y lo descubriste?

—Lamentablemente sí, porque descubrí que mi adorable abuela, mi correcta y moralista hasta la médula abuela, mi super religiosa abuela, al verse sola tras la muerte de mi abuelo, había matado a mi madre: con cuatro meses de embarazo, se hizo practicar un aborto.


Nota final


Varios lectores me han hecho saber que no entendían bien el cuento. Tal vez, dado mi afición a las novelas de ciencia ficción y sus convenciones, pensé que era fácil de comprender.

Las acciones del protagonista en el pasado, repercuten en los hechos que suceden a partir del momento de su intervención. No se crean líneas temporales paralelas, cómo esos multiversos tan de moda hoy por hoy.

Por eso, el segundo viaje consigue el efecto deseado de evitar la dictadura al eliminar a su principal gestor. Sé que suena simplista, y reconozco que lo es, ya que hay muchos más factores, y que el solo hecho de eliminar a su abuelo no sería suficiente para evitar lo que pasó. Sin embargo, se trata de un cuento y en el terreno de la fantasía todo es posible, incluso verosímil. El primer viaje falla a causa de la insólita decisión de la abuela al realizarse un aborto, algo imposible de concebir dadas sus creencias religiosas y los frenos morales de la sociedad.  

Esa línea temporal fallida, desaparece, aunque deja un rastro que permite a nuestro protagonista, ya no influir en ésta, pero sí observarla como si fuera un país de fantasmas (concepto vertido por Isaac Asimov en su novela “El fin de la eternidad” ), y así saber en qué había fallado ese primer intento, ya que al no nacer su madre, él no existiría y no podría haber creado la máquina del tiempo. Por tanto, ese primer viaje no hubiera sido posible.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

EL TALLER DE MURGA Y YO

 En febrero de 2022, tuve la "desgracia" de quedarme sin trabajo con cincuenta y seis años. Pese a tener mi oficio, demoré un año en conseguir trabajo, gracias a gente que conocía de antes. Ese mismo año, llegó al Centro Cultural Julia Arévalo un taller de murga de esquinas de la cultura. Siempre amé la murga, pero no me sentía capaz de sumarme a una profesional por varias razones, entre ellas mi voz cascada y unos nódulos en las cuerdas vocales que ningún tratamiento pudo curar. Así fue qué, con mucha ilusión me anoté al taller, gracias a la mala suerte de haberme quedado desocupado. Esta es mi historia murguera.


SE AGRADECEN LOS COMENTARIOS, ES BUENO SABER QUE HAY GENTE REAL DEL OTRO LADO Y NO SOLO BOTS.

  A mediados de marzo, aparecí en el taller con mi inseguridad y timidez a cuestas. Mis actuales compañeros, los que no me conocieron desde el principio, les cuesta creer que yo fuera así. Pero lo era.

El taller me cambió para bien. Me dio seguridad para subirme a un escenario, cantar y moverme dentro de mis limitaciones, pero dejando de lado algo que era una mochila bastante pesada: la vergüenza y el miedo de sentirme ridículo.

Siento que he crecido como persona y como artista. He aprendido a respirar para cantar, a mejorar la métrica de los textos, a moverme, a actuar, a no temer al micrófono. A sentirme seguro a la hora de hacer un solo, a la hora de hablar en público. A  trabajar la creación grupal, donde todos aportamos nuestros textos e ideas para el espectáculo.

Nico Hugo, nuestro segundo tallerista, en una de las primeras sesiones, leyó un texto que hablaba de la voz como una huella personal y característica de cada persona. No recuerdo si se lo dije, pero esas palabras  me ayudaron a querer mi voz, cascada, ronca, a mi gusto bastante fea, pero única.

Estamos terminando nuestro cuarto año. Del primero quedamos solo tres, aunque quizás el próximo haya algunos retornos. Ha sido un proceso largo, enriquecedor, mientras mi vida personal seguía con sus vaivenes, sus alegrías y tristezas, sus logros y fracasos, sus ganancias y pérdidas.

Esas dos horas semanales son, y seguirán siendo, una terapia grupal gratuita y un aprendizaje continuo. Dos horas donde todo queda afuera para concentrarse y vivir el momento, compartiendo  con compañeros y compañeras que hoy son amigos. Con profesores generosos y comprometidos, tremendos artistas y personas. En un lugar cálido, con sentido de pertenencia, comprometido con su labor cultural y comunitaria.

Un capítulo aparte son las actuaciones. Subir a un escenario para doscientas o más personas, o en una plaza pública para veinte a nivel de piso, o en un encuentro de talleres o en nuestro centro cultural. Siempre se disfruta. Sin presiones. Con mucha alegría.

Hay quiénes dicen que la cultura es un gasto. Llevar la cultura desde y hacia los barrios, es un ejercicio de democracia plena y participativa. No depender de medios económicos para ser parte es un acto de justicia. Todos tenemos derecho a disfrutar de un derecho humano fundamental: el acceso a los bienes culturales, a consumirlos y a crearlos, sin depender de cuanto dinero hay en nuestros bolsillos. Que así siga siendo.

domingo, 26 de octubre de 2025

UNA HISTORIA DE FANTASMAS

 Se viene una fiesta foránea como muchas, pero que ya se ha hecho tradicional en nuestra ciudad, donde los niños salen a pedir golosinas disfrazados de lo más espantoso que puedan. En consonancia con esa fecha de brujas, espectros y monstruos varios, se me ocurrió que era un buen momento para contar...

                   UNA HISTORIA DE FANTASMAS

SE AGRADECEN LOS COMENTARIOS, ES BUENO SABER QUE HAY SERES HUMANOS DEL OTRO LADO DE LA PANTALLA

Lunes 5 de agosto

Querido diario:

                      Ese maldito fantasma no se cansa nunca de fastidiarme. Mi familia cree que estoy loco o que tengo «pérdidas de memoria temporales»

Que yo mismo me escondo las cosas o las pierdo por distraído. Que me levanto sonámbulo y arrojo cosas al piso solo para molestarlos y no dejar que duerman tranquilos. Incluso, hace dos noches, me culparon de romper el vidrio de mi ventana solo para jorobar.

   En castigo no me han repuesto el vidrio aún y entre el frío y el maldito espectro no pude dormir en casi toda la noche. Hoy me dormí en el liceo y me castigaron sin salir del cuarto en todo el día. Voy a aprovechar a investigar cómo hago para vengarme de ese fantasma.

 

Martes 6 de agosto

Querido diario:

                       Mi amigo Juan dijo que vino a estudiar a casa hoy. Esa fue las excusa para nuestros respectivos padres. Vino a instalar una cámara especial para grabar al fantasma. El sabe mucho de esas cosas. Vio las películas de cazafantasmas tantas veces que ya se las sabe de memoria. Y aunque son muy fantasiosas, mi super inteligente amigo dice que la justificación teórica de muchas cosas es real y que con los filtros de su cámara vamos a poder grabarlo. A veces pienso que Juan está poseído por un anciano sabio. No puede saber tantas cosas con dieciséis años. Pero es el único que me cree y no se burla de mí.


Miércoles 7 de agosto

Querido diario:

                        Me suspendieron cuatro días en el liceo por agarrarme a las piñas. Ya no aguanté más que se burlaran de mí. El idiota de Carlos me quiso asustar con una sábana agujereada, cómo si yo fuera un bebé y los fantasmas se vieran así. Estoy podrido de que me agarren para el churrete. Re-podrido. Yo no elegí ser petiso, gordo, con pecas y que encima el fantasma de algún maldito bromista haya elegido mi cuarto. Juan iba a venir a ver si habíamos podido grabarlo, pero el también está castigado por defenderme. Igual nos conectamos por el teléfono. El fantasma se ve clarito y me recuerda a alguien. Se acercó a la cámara y hablaba haciendo gestos con las manos. Parecía hablar en lengua de señas. Lo único que pude entender es que quería que lo ayudara. O sea que todo lo que hacía era para llamar mi atención. 

Le dije a mamá que viniera, apenas empezó a mirar se puso a llorar y bajó a buscar algo. Yo quería que me ayudara con mi plan para castigar al fantasma, pero ahora sentía que mi venganza sería un error. 

  Mamá volvió al rato con una libreta y fotos; ¡el fantasma era mi abuelo! 

Me pidió que pusiera el vídeo desde el principio, escribió lo que decía el fantasma y se fue sin mostrarme nada. Solo me dijo que el abuelo ya no me iba a molestar y que hablaba así porque era sordomudo. Le pregunté por qué no me escribía. Resultó que mi abuelo era analfabeto además.


Viernes 9 de agosto

Querido diario:

                         Hoy vinieron a cambiar el vidrio roto. Ya no entra frío. Cómo dijo mamá, el abuelo no me volvió a molestar. Le mandé el vídeo a Juan. Él me dijo que con un programa de inteligencia artificial iba a hacer hablar al fantasma. Que era muy fácil. Para él que es un genio, todo es sencillo. Me estaba matando la duda de que le había dicho a mamá, aunque ella decía que era mejor no saber. Lo único que me explicó es que entre ella y el abuelo había quedado algo pendiente, algo que cuando fuera más grande me lo contaría. Por eso el fantasma del abuelo no podía irse. No lo creí nada.


Domingo 11 de agosto

Querido diario:

                       Mamá tenía razón. No estaba listo para conocer la verdad. Pero ya es tarde. Mi amigo me mandó el vídeo con la advertencia de que no lo viera. No le hice caso. Ahora los dos llevamos cuarenta y ocho horas sin dormir. Voy a tener que decirle a mamá que lo vi, que necesito su ayuda. Estoy muerto de miedo. ¿Por qué no le habré hecho caso?¿Por qué?