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lunes, 24 de marzo de 2025

EJERCICIOS DE ESCRITURA 4

En este nuevo ejercicio tiene una sola consigna. Una vieja cabina telefónica en la estación. Su teléfono que suena y alguien que atiende. Ese es el disparador. ¿Quién llama? ¿Por qué? Tomado como siempre de la web  de Literautas


                   Ten cuidado con lo que deseas 



—Te dije mil veces que esa manía tuya te iba a terminar metiendo en un lío —dijo Martha a su hijo Joaquín—. No podés ser tan, tan… quisquilloso. 
—Caray, madre, hubiera jurado que vos me entenderías —se quejó el aludido—. Mi jefe es insoportable. Suspenderme dos días solo por atender su teléfono. ¡Llevaba media hora sonando! ¡No podía soportarlo más! 
No era la primera vez que Joaquín se metía en problemas por atender teléfonos ajenos. Una vez atendió una llamada del novio de su prima al móvil de ésta y casi ocasiona que suspendan la boda. Por suerte se aclaró la confusión. Aunque nunca lo perdonaron y no lo invitaron al casamiento.
 Otra vez lo sacaron a patadas de una oficina donde había ido a hacer un trámite, y respondió el teléfono de la mujer que lo estaba atendiendo. Vaya atrevimiento.

 Podría seguir relatando los mil y un problemas causados por su incapacidad de oír sonar un teléfono más de tres veces sin atenderlo. Incluso estuvo a punto de caer preso por querer hacerlo en una comisaría.
 Su madre le sugirió visitar a un psicólogo, pero luego de tres sesiones le declararon un caso perdido. Mientras aguardaba en la sala de espera había atendido una llamada «porque la secretaria estaba en el baño y el aparato no paraba de sonar». 
«Desearía estar en un lugar donde no existiesen los teléfonos», pensaba a menudo. Su madre le sugirió la selva o el desierto, pero tampoco soportaba los mosquitos ni el calor. 
     —Aprovechando que no trabajás, podrías hacerme un mandado —sugirió su madre—. Necesito que levantes un paquete en la vieja estación del tren.
 —Mamá, en la vieja estación de trenes no hay nada. ¿Me estás tomando el pelo? —Ay, hijo, siempre tan distraído. La oficina de correos aún funciona, aunque no haya trenes. ¿Podés hacerme ese favor, o no? 
De mala gana respondió que sí. Al menos allí habría poca gente molestando con sus teléfonos. ¿Acaso no podrían usar los móviles en silencio? Porque hasta el zumbido de la vibración le molestaba. 
Para su desgracia, el lugar estaba muy concurrido ese día y no tuvo otro remedio que hacer cola. La gente iba y venía entregando paquetes, hablando por celular y el sonido lo estaba volviendo loco. 
De repente, un ruido antiguo llamó su atención. Parecía un aparato de los viejos, con campanillas metálicas y un llamador estridente. No paraba de sonar. Volteó para ubicar y rezongar al dueño. No era ningún móvil. Era el teléfono público de la vieja cabina, aparentemente abandonada hacía años, desde que los trenes habían dejado de correr.
 Ni siquiera recordaba haberla visto antes. No quería perder su lugar en la cola, pero su manía era demasiado fuerte y no se pudo resistir. Se metió en la cabina y levantó el tubo. 
Antes que pudiera decir palabra, una extraña voz sonó en el auricular. 
—Hola, Joaquín, pensé que nunca ibas a atender. Colgó tan rápido que casi hace saltar la horquilla. Apenas lo hizo empezó a sonar de nuevo. Y otra vez no pudo evitar atenderlo. 
—Hola, ¿quién habla? —preguntó con voz temblorosa.
 —Mi nombre no importa —dijo la voz al otro lado—. Estoy aquí para cumplirte un deseo. Pero ten cuidado con lo que pides. Porque te lo voy a hacer realidad.
 —Claro, un bromista. 
—¿Un bromista sabría tu nombre? Tienes diez segundos para formular tu deseo. Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cin… 
—¡Nunca más quiero escuchar sonar un teléfono! —gritó, interrumpiendo la cuenta atrás. —Tú lo has pedido. Desde ahora tu deseo se ha cumplido. 
—Hola, hola, hola. Maldito bromista. Ya cortó —dijo al no escuchar la voz al otro lado.
                                               ...

 Los médicos que lo vieron fueron incapaces de explicar su repentina sordera. No encontraron causas físicas, y Joaquín nunca quiso contar la historia. Volvió varias veces a la estación, con la esperanza de revertir el deseo, pero la cabina ya no estaba. Cuando preguntó dónde la habían llevado, le explicaron como pudieron que nunca había existido tal cosa ahí. Se resignó. La culpa era solo suya, por no hacer caso a la advertencia de la voz, cuando le dijo que pensara bien su deseo. Aunque tampoco le dio mucho tiempo para pensar. Una maldita jugarreta. Sin embargo, no podía negar que su deseo se había cumplido. ¿Acaso podía quejarse?

sábado, 15 de marzo de 2025

Más allá de miradas y silencios

 Más allá de miradas y silencios


Pude ver más allá de las miradas

y escuchar más allá de los silencios

a la voz y la imagen del futuro

a la voz y la imagen de otros cielos


Pude ver mundos nuevos y fraternos

con justicia y en paz, siempre sonriendo

Pude oír los lamentos de otras tierras

arrasadas por muertes y tormentos


Pude ver las galaxias colapsando

y mil soles flotando en el silencio

y escuché decir a mis hermanos

que la tierra agoniza sin remedio


Que la selva sin árboles hoy llora

por su flora depredada y su vacío

por el hombre, que tonto enceguecido

va marchando camino del suicidio


Hoy he visto los anillos de Saturno

que bailaban al son del universo

y a mí tierra, que triste y aburrida

se dejaba caer en el infierno


Los volcanes responden con enojo

y arrojan hacia el cielo sus lamentos

y los sabios alertas nos predicen

los males del efecto invernadero


Pude ver el futuro de un sistema

de planetas y sol surcando el cielo

y el tercero, por culpa del humano

tan solo convertido en cementerio









viernes, 28 de febrero de 2025

EJERCICIOS DE ESCRITURA 3

Otra vez de la mano de literautas , llega un nuevo desafío de 750 palabras con una consigna obligatoria y una opcional, La frase "Había una grieta en la pared" debía aparecer tal cual en el texto. Lo opcional era usar el narrador testigo. Todo un desafío para mí, amante de escribir en primera persona. Espero les guste.

LA GRIETA

—Había una grieta en la pared —afirmó el comisario Enzo Flores. De eso puedo dar fe.

El forense se rascó la cabeza y pasó la mano enguantada por la pared.

—Eso es imposible —replicó el perito—. Esta pared está demasiado perfecta. Ni siquiera tiene pintura descascarada ni retoques frescos.

—Mi ayudante también la vio.¿No es así, cabo?

—Sí, señor comisario —contestó veloz como el rayo.

El forense me hizo apagar la luz y revisó todo con el foco ultravioleta.

—Nada en la pared, nada en el piso,nada de nada en ningún lado. Como broma ya es suficiente —protestó Julio, el perito forense—. Me hacés venir hasta acá en el medio de la peor tormenta en años para tomarme el pelo. ¿Qué hay del otro lado de esta pared?

—Supongo que el patio trasero. No hay más habitaciones para allá —informó el comisario.

—Deberías salir a ver y confirmarlo.

—Cabo Reyes, vaya a ver —ordenó Flores.

El cabo fue presto a cumplir la orden y volvió empapado y tembloroso.

—No hay nada señor comisario —apuntó. Puros yuyos y barro.

—Supongo que revisaste la pared del lado de afuera.

El cabo no contestó y salió corriendo. Volvió un minuto después. 

—La pared está muy mojada, pero no tiene grietas —dijo al regresar.

El pobre cabo temblaba de frío. El forense se volvió hacia mí.

—¿Y usted qué hace acá?

—Solo observo —contesté lacónico. Soy el cerrajero.

—¿Vio la grieta usted también?

—La vi. Iba de abajo arriba ensanchándose.

Julio caminó de un lado a otro de la pieza.«No entiendo que hacemos acá» dijo a modo de protesta. 

—Llamó una vecina —aclaró el comisario—. Ruidos, golpes, luces y la familia que desapareció. Según ella. Pero la mesa está servida.

—Pueden haber salido de apuro —sugirió con timidez el cabo. No hay ningún auto en el garaje.

—Y la grieta, ¿desapareció de golpe? —preguntó Julio.

El comisario se rascó la cabeza.

—Puede ser. Salimos a hablar con la vecina que vino corriendo apenas llegamos. A los pocos minutos entramos y ya no estaba.

—Capaz que la grieta era un portal interdimensional —dijo el imberbe cabo.

—No diga pavadas muchacho. Tanto leer esos libros raros le hacen creer cualquier cosa.

—Las grietas normales no se cierran solas —apuntó con firmeza el cabo.

El comisario abrió la boca pero no llegó a decir nada. Tomó una manzana de la mesa y le clavó los dientes.

—¡La puta madre, me arranqué un diente! —gritó molesto.

El cabo Reyes se acercó a la mesa y revisó la comida.

—Parecen ser de utilería señor comisario.¡La grieta, apareció de nuevo!¡Ay mamita!

Luego todo pasó demasiado rápido. El comisario disparó contra la grieta haciendo un agujero en la pared. La puerta principal se abrió  y un nuevo disparo pasó zumbando junto al recién llegado, que se tiró al piso. Yo no podía creer lo que veía. Tarros de pintura y pinceles rodaron por el suelo frente al hombre. El pobre no entendía nada.

—¿Quién es usted?¿De dónde viene? ¿Qué hizo con la familia López? ¿Adónde lleva esa grieta?—preguntó Flores mientras le apuntaba nervioso.

—Si guarda el arma le cuento. Por favor. Se le va escapar un tiro.

Enzo Flores guardó la pistola y tomó asiento. El cabo estaba revisando la grieta.

—Caray, es una….. ¿proyección? —preguntó rascándose la cabeza. 

—Lo es—respondió el recién llegado. Y esta casa es un set de cine por un par de semanas. La familia está en un hotel pagado por la productora. La proyección no queda bien en cámara, así que voy a pintar la falsa grieta de verde para crearla después. Con la computadora—aclaró.

—Mirá vos—dijo Flores—. Casi te pego un tiro. El bobo del cabo me puso nervioso con sus inventos. Portales dimensionales. Familias secuestradas.

Pero, espere, la mujer que llamó dijo que vio luces raras y escuchó gritos. 

El hombre apretó un botón en lo que parecía ser un control remoto y la habitación fue un caos de luces y gritos durante unos segundos.

—Efectos especiales—dijo dándose aires de superioridad.

—Bueno, es hora de irnos—dijo aliviado el comisario—. Julio, cabo, cerrajero. Ni una palabra a nadie de esto. No quiero ser el hazmerreír del pueblo. ¿Está claro, no?

No respondí y procedí a colocar la nueva cerradura mientras el hombre de los efectos pintaba. Lo que no le dije a nadie era que además de cerrajero era un periodista en ciernes. Y no iba a desperdiciar una historia tan jugosa. Ni loco que estuviera.


miércoles, 19 de febrero de 2025

ERA ÉL

         Alma estaba radiante. Sus ojos, tantas veces opacados por las lágrimas. eran el más fiel reflejo de su felicidad. Mi corazón se estrujaba al pensar en la tristeza que mi confesión le provocaría , pero no podía postergarlo más. No era justo.

      Conocí a Alma seis meses atrás, en la unidad de trasplantes del hospital , donde firmaba la autorización para disponer de los órganos  de su esposo, fallecido en un accidente de transito. Ojos, hígado, riñones, incluso  los pulmones habían quedado intactos, pero no su corazón. Estalló como una bomba de tiempo mal ajustada. El auto se movió suavemente, sin golpear a nadie más, hasta detenerse solo. Un milagro.

      No quería perder el duende de su sonrisa, pero la culpa me estaba matando. 

Ese día en el hospital, su voz firme y serena me impresionó. Mis ojos, casi inútiles desde la cuna, esperaban el milagro de un doble trasplante , que llegó de la mano con su viudez.

     - Sé que tienes sus ojos- me dijo sin perder la sonrisa-pero no eres él. Y no me enamoré de ti por eso, ni siento que él me mire. Son sus ojos, pero no es mirada.  Esos ojos no me miran con rencor, no me maltratan.

     Incapaz de disimular mi sorpresa, solo atiné a besarla con ternura.

-Fue un doble milagro , cariño.  O triple. Porque yo iba a morir ese día y en realidad volví a nacer. El café envenenado era para mí, no soportaba más el maltrato y no sabía como salir. Nadie me creía. Para los demás era un hombre ejemplar. Él nunca tomaba café, pero ese día me quitó el mío de las manos y me tiró al piso. Le dije que no lo tomara. Pero como él era quién mandaba. Era él.