jueves, 25 de junio de 2026

EL PAQUETE

 Una corta historia sobre las consecuencias de la curiosidad excesiva.


                                            El paquete


Juan se despertó sin tener idea de donde estaba. El dolor en su boca era muy fuerte y con la lengua podía sentir el gusto a sangre y el hueco entre los dientes. Casi arrastrándose llego al baño y se asustó al ver su aspecto. Aparte de la ausencia de varias piezas dentales, tenía la boca hinchada, un ojo negro y hematomas por todo el cuerpo. 
  Mecánicamente se metió en la ducha para dejar correr el agua por su cuerpo, sin animarse a más nada. Se sentía como si le hubieran dado una gran paliza y las huellas en su cuerpo así lo denotaban.
  Sin embargo, no podía recordar como había llegado hasta allí. Era incapaz de reconocer el lugar donde estaba, pero estaba seguro de no haber perdido la memoria. 
  Revisó su billetera para comprobar si su identidad coincidía con la que recordaba. 
«Juan Antonio López Salvo» era el nombre que figuraba en el documento de identidad y el de la foto sin duda era él. Las tarjetas de crédito y el dinero estaban allí, por lo tanto no lo habían robado. Trató de recordar el día anterior. Había ido a trabajar como hacía siempre. Llegó a la oficina temprano, preparó café y se sentó frente a su computadora. Atendió varias llamadas de clientes, preparó un par de presupuestos y a mediodía fue a almorzar al bar de siempre. Solo, como hacía cada día. Volvió a la oficina y…..
  Ahí aparecía un hueco. Le costó recordar lo que hizo después del almuerzo. Por lo general sentía sueño tras la comida y solía dormitar un rato frente al ordenador mientras no entraba ninguna llamada. No sin dificultad recordó que su jefe lo llamó para hacerle un encargo, algo sobre entregar un paquete en una dirección cercana. Recordó haber dicho que él no era cadete y la sonrisa macabra de su jefe alegando que pronto habría un ascenso en la empresa, pero no para la gente que ponía peros a todo. «No es un encargo que le pueda dar a un cadete» habría dicho su jefe y nada más. 
¿Había entregado el paquete? ¿Cómo era? ¿Grande, pequeño, pesado, liviano? ¿Peligroso o inofensivo?
Nada. No había caso. Desde el momento en que tocó el paquete su mente estaba en blanco. ¿Lo había tocado realmente? ¿Aquello era todo una maldita pesadilla? 
 Aparte de su ropa ensangrentada, encontró ropa de mujer tirada por el piso. Colillas de cigarrillos con el filtro coloreado. Él no fumaba. Y esas prendas femeninas no podían ser de su esposa. Más bien correspondían a una mujer delgada, de pies pequeños y a juzgar por el largo de las pantimedias no podía medir más de un metro con cincuenta.
  ¿Acaso había ido a entregar esa ropa? No tenía mucho sentido. La ropa tenía olores consistentes con haber sido usada. Sin embargo, la mujer no estaba ahí. ¿Estaría soñando acaso?
Se tiró en la cama y cerró con fuerza los ojos, confiado en que despertaría en la suya. 
  El ruido de la puerta abriéndose cuando aún no había conseguido dormirse lo despabiló.
   La mujer era muy atractiva y le sonrió tras cerrar.
   —He traído todo para curarte, cariño—dijo luego de besarlo con pasión en la boca, haciéndole gritar de dolor.
  —Lo siento, es que eres irresistible —dijo ella—. Y encima me esperas como Dios te trajo al mundo. 
Juan se puso un boxer y la dejó hacer. Ella le pasó una pomada por los golpes y le limpió la sangre en la boca. Él no podía dejar de mirar su senos, más generosos de los que anunciaba el sostén que había visto tirado. En lo que sí había acertado en la estatura y la delgadez general de la mujer.
  —¿Quién sos? —preguntó cuando ella hubo terminado su labor y él se terminó de vestir de manera adecuada.
  —¿Tan pronto te olvidaste de mí? —se quejó la mujer.
  —No puedo recordar nada. Desde ayer a la tarde. Sé quién soy, donde vivo y donde trabajo. Pero las últimas horas se me han borrado. Y vos no sos mi esposa.
  —Vaya que te ha dejado mal la paliza. Quizás tengas una conmoción cerebral. Tendremos que ir al hospital. Eso pasa por no hacer caso a tu jefe. Hablando de eso. Tenemos que deshacernos del...
  —¿Qué tiene que ver mi jefe……..? ¡El paquete! Ahora recuerdo. Me lo hizo traer acá y que lo esperara. Y eso fue lo que hice.
  —Hiciste algo más que no te dijo. Cediste a la tentación de abrirlo. Tu maldita costumbre de hacer lo que se te antoja. Te dijo bien claro que no intentaras abrirlo. Te lo dijo.


—Bajo ninguna circunstancia  lo vayas a abrir. Ni te separes de él. Es muy importante que hagas todo como te dije —le indicó el jefe a Juan la tarde anterior.
   —No entiendo nada, jefe— protestó Juan —¿para qué quiere que lleve el paquete si usted va a ir después? ¿Y si se lo dejo ahí y me voy? ¿O esta es la única llave del apartamento?
  —¿Querés el ascenso o no lo querés? —replicó el jefe molesto—. Mirá que hay varios candidatos. Si seguís con vueltas se lo doy a otro.
  —De ninguna manera— respondió Juan tomando el envoltorio. Pese al pequeño tamaño, era bastante pesado—. Yo me ocupo de llevarlo.
  Juan puso el encargo en el asiento de acompañante de su viejo coche. Tentado estuvo de abrirlo varias veces durante el viaje. A duras penas consiguió resistir la tentación. Se distrajo pensado con alegría que, gracias al ascenso, al fin podría cambiar ese cascajo de cuatro ruedas por un coche nuevo.
   Abrió el apartamento sin encender la luz y para su sorpresa, una joven mujer le esperaba allí para lanzarse a sus brazos y llevarlo a la cama sin que pudiera (ni quisiera) resistirse. Ella se quedó dormida luego del sexo y Juan se sentó en lo cama mirando el paquete. Fue a la cocina a buscar un cuchillo para abrirlo. La mujer era muy hermosa y no se había molestado en vestirse al despertar.
  Ella le contó que su jefe la había contratado para entretenerlo y que no abriese el paquete.
  Juan estalló de rabia. Nunca le había sido infiel a su mujer en veinte años. ¿Y si ella se enteraba?
Aquello podía arruinar su matrimonio.
  —Si cree que una prostituta va a frenarme, está muy equivocado.
  Su jefe entró mientras Juan peleaba con la dura cinta que cerraba el paquete. El primer golpe le bajó dos dientes. El segundo casi le fractura varias costillas. Luego el ojo. Y otra vez más dientes volaron de su boca. Más por instinto que por conciencia, uso el cuchillo para defenderse con tanta puntería que su jefe dejó de golpearlo de inmediato. Lo había matado. Acto seguido, se desmayó.

Juan se despertó sin tener idea de donde estaba.  El dolor en su boca era muy fuerte…….

martes, 16 de junio de 2026

LA COMETA Y EL TREN

 Este es un recuerdo de la infancia, teñido por el paso del tiempo y la nostalgia. Pero es por lo menos un noventa por ciento real.



Corría el año 1973. El barrio Capurro miraba a la bahía desde su playa arruinada por los efluentes de ANCAP, que convirtieron sus hermosas aguas en una ciénaga de la que salíamos con un pegote negro muy difícil de remover de nuestra piel.
  Su hermoso parque aún no había sido víctima del inexorable alcance del progreso, ni del trazado de los accesos a Montevideo que le robarían una buena parte de su extensión.
   En ese hermoso barrio de cara al Río de la Plata, transcurrió nuestra infancia pobre pero feliz.
   Aquellos niños que fuimos mis hermanos y yo, ignorábamos los complicados momentos que se vivían en el el país, cuidada nuestra inocencia por los adultos que formaban parte de nuestro entorno más cercano: nuestros abuelos maternos, Miguel y Élida; papá y mamá, cuyos nombres de pila ignoraba yo en aquellos tiempos. 
    Jugar en la calle era habitual en una época de tránsito más bien escaso y donde el consumo de drogas y la delincuencia todavía no habían causado estragos entre la población, cuando podíamos estar seguros en el exterior. Nuestras diversiones eran las de cualquier niño de entonces. Los varones con el trompo, la pelota y las bolitas.  Las niñas con sus muñecas, sus juegos de té y la cuerda para saltar. Juegos diferenciados por género, algo habitual antaño.
  Sin embargo, la primavera traía un entretenimiento que solía ser más igualitario: remontar las cometas. Para los niños de ahora, acostumbrados a comprar las cosas hechas, resultaría difícil imaginar todo el trabajo previo a ese instante donde el viento se convertía en cómplice de nuestro juego, elevando nuestras cometas hasta llenar el cielo formando un mosaico multicolor y cambiante.
   Aunque la confección casi siempre era tarea exclusiva de los varones, siempre había que recurrir a nuestras madres y abuelas para pedir retazos de tela y formar esa larga cola que impedía que nuestros ingenios voladores aterrizaran de cabeza aún antes de despegarse mucho del suelo.
   La primera parte consistía en cortar longitudinalmente las cañas (en esos años aún no se usaba madera), tarea exclusiva de los adultos ante la posibilidad de lastimarnos la mano, y por un tema de fuerza física también. Se le hacían unas muescas en ambas puntas de las tiras, a veces un pequeño agujero en el centro de las mismas y, mediante la unión con el famoso hilo de cometa, se formaba el esqueleto que variaba de acuerdo al diseño de la misma, que podía ser un barco, un pájaro, una estrella y todo aquello que la imaginación y los principios físicos que gobernaban su vuelo permitieran.
   Aquella tarde, papá junto a nuestro tío Miguel habían armado el necesario esqueleto para crear una estrella. Mi hermano menor y yo pegamos con goma y mucho cuidado los pedazos del papel cometa para rellenar aquella estructura de hilo y cañas, mitad azul y mitad roja. Después, con unas tiritas más pequeñas y de otros colores, alegramos los bordes de nuestra cometa con cientos de flecos. Mamá le colocó una larga cola hecha con retazos de sábanas; papá los tiros y un hilo largo que envolvió con habilidad en un pedacito de madera, mientras los niños veíamos con ojos asombrados como el ovillo crecía a gran velocidad.
  Si algo no ha cambiado en el carácter de los niños, es lo insoportable que se ponen cuando quieren algo, ignorando por completo las razones aducidas por los adultos ante sus por qué; discusión que se solía zanjar con un contundente «Por que lo digo yo, y chau»
  Ahí solo quedaba acatar. Pero aquella hermosa tarde de primavera, nuestra insistencia tuvo su premio y conseguimos convencer a papá de que nos llevara al Parque Capurro a remontar nuestra recién creada estrella voladora. Mi hermana no quiso ir, quizás porque a sus diez casi once años no le pareció apropiado dedicarse a «juegos de niños». Yo, con mis ocho años recién cumplidos y mi hermano a un mes de llegar a los siete, nos alegramos; íbamos a tener más tiempo para remontar nosotros.
    En la rambla frente al estadio de Fénix, comenzamos con el clásico ritual. Papá sostuvo la cometa en alto y yo corrí unos cuantos metros, hasta que nuestra multicolor estrella comenzó a elevarse hacia el límpido cielo. Siguiendo las instrucciones del viejo, soltando y recogiendo el hilo según el viento requería, la cometa se elevaba rauda, haciéndose cada vez más pequeña.
  Nos fuimos turnando con mi hermano en el control de la piola, disputando los tiempos que nos correspondían a cada uno, con algunas discusiones que papá sabía zanjar con aquella frase lapidaria: —Si se siguen peleando nos vamos para casa—. Santo remedio.
    Nuestra feliz tarde tuvo un final inesperado y que no he conseguido borrar de mi memoria  a pesar de los años transcurridos. De los pocos recuerdos de ese tiempo que me quedaron grabados a fuego.
   Mientras disfrutaba de mi turno remontando, mi hermano, juntando cosas que nunca supe que eran, se fue arrimando a la vía sin darse cuenta que el tren de ANCAP venía desde la zona portuaria hacia la planta ubicada en la teja.
   Segundos más tarde, todo pareció suceder en cámara lenta, como si de una película se tratara. Papá que le pegó el grito a mi hermano y corrió a atajarlo antes de que llegara a la vía. Yo, asustado, que solté el palito que me ataba a nuestro pájaro de papel. La cometa que se elevaba aún más hacia el azul infinito, libre ya de ataduras terrenales. Y el tren, el maldito tren, el insensible tren, el odioso tren, que pasó junto a mis seres queridos cuando ya estaban a una distancia segura y enganchó el hilo de la cometa, cuya libertad de volar dejó de ser tal, y la clavó en la copa de un árbol altísimo en el medio del Parque Capurro, donde se quedaría hasta que el tiempo y la erosión hicieran su trabajo.
  Más de cincuenta años después, me parece verla aún entre esas ramas, perdido para siempre su sueño de vagar entre las nubes.

martes, 26 de mayo de 2026

RENACIMIENTO

 El presente relato nos invita a padecer una de las peores pesadillas para quienes amamos los libros: un mundo donde la gente ya ni siquiera sabe leer. Aunque al final aparece un pequeño rayo de esperanza para devolvernos nuestra humanidad. 

Me encantaría recibir comentarios de los lectores. Es bueno saber que hay seres humanos del otro lado.



   Miro con orgullo el retrato de mi abuelo, una rareza en este mundo hecho trizas. Sentado frente a la chimenea encendida, sosteniendo con mano firme “El Decamerón” de Boccaccio, rezuma el aire intelectual de una época perdida a causa de nuestra propia estupidez.
    Ya nadie lee. Pero eso no es lo peor. Lo más terrible es que nadie sabe hacerlo ni le interesa aprender. Bueno, casi nadie. Un supuesto grupo rebelde reclama su dominio sobre el arte de la lectura. Ni siquiera creemos que dicho grupo exista.
  No sabemos todavía cómo pasó. O sí. Primero fue la calculadora, ese inocente aparatito que nos ahorró el trabajo de hallar una raíz cuadrada o resolver una ecuación diferencial. Después, llegaron las computadoras que nos evitaban horas de trabajo, mas no eran accesibles a todos. Mi abuelo las odiaba.
   Los teléfonos inteligentes, pequeñas computadoras de mano, pusieron al alcance de casi todo el mundo las maravillas de la tecnología. Solo quién viviera en la pobreza extrema no podía acceder a uno, pero tampoco a una educación formal. 
  En el segundo cuarto del siglo veintiuno, la inteligencia artificial comenzó a avanzar a un ritmo vertiginoso, un crecimiento exponencial que, según creo, fue la peor condena para nuestra cada vez más idiota y dependiente humanidad.
  No, no vino Schwarzenegger a exterminarnos. No. Las máquinas nos esclavizaron de un modo mucho más sutil. Nos convirtieron en sirvientes que hacían los que éstas ordenaban, sin preocuparse de entender el porqué.
  Los audiolibros, esa maravilla creada para que personas no videntes pudieran acceder a la cultura, fueron desplazando al libro impreso hasta convertirlo en una reliquia. Los escritores fueron muy pronto sustituidos por máquinas que creaban historias sosas y repetitivas que exigían poco del oyente, pero aumentaban sus niveles de dopamina en segundos.
   Las máquinas terminaron con la sordera, la ceguera, el cáncer, el parkinson y casi todas las enfermedades. También con el delito y la corrupción. Sin querer, destruyeron al hacerlo eso que nos hacía humanos. El amor, la empatía, el deseo de crear y compartir. La necesidad de ser.
  Nos dieron todo digerido, pronto para consumir. Todas las artes humanas desaparecieron. Libros, películas, música, pintura; todo se volvió artificial. Sin darnos cuenta, fueron ocupando nuestro lugar y nos convirtieron en artefactos orgánicos carentes de alma. En sus aparatos.
    Ya no había artistas sobre un escenario a los que premiar con los aplausos. Todos los viejos museos habían sido convertidos en recorridos virtuales por un mundo que había dejado de existir y por el que nadie se interesaba.
   Sin embargo, hubo algo que las máquinas no pudieron prever. La apatía fue ganando a la humanidad hasta el punto que dejamos de reproducirnos; ya nadie quería tener hijos a los que no podría criar. Ese fue otro punto de quiebre. Nuestro amos cibernéticos no se dieron cuenta del problema hasta que empezó a escasear la mano de obra. No fue un inconveniente para ellos. Fabricaron más y más robots humanoides. Pronto descubrieron que podían prescindir de nosotros y nos dejaron abandonados a nuestra suerte.
    Los suicidios masivos diezmaron la ya reducida población humana. Le habíamos vendido nuestras almas a un Dios hecho de cables y silicio, que no dudó en expulsarnos del paraíso.
   Tengo que dejar la casa antes de que vengan a tirarla abajo. Necesitan mi terreno cercano al río para sus centros de datos. Quisiera llevarme el cuadro del abuelo, pero es demasiado grande y no sé cuanto deberé pedalear hasta encontrar el asentamiento humano. Cargar la poca comida que aún me queda es mi única prioridad.
    Subo a la bicicleta y comienzo mi camino con una nueva sensación en el corazón. Mis ojos están húmedos, gotean. ¿Lágrimas? Quizás. ¿Esto es la tristeza? Tantos años viviendo como un autómata, sin pensar, criado en una “granja de humanos”, para servir a esos amos inhumanos que ya no me necesitan. Tras una vida entera de inconsciente esclavitud, la libertad se siente más como una carga que como un privilegio. Ahora entiendo eso a lo que llaman miedo… 

Llevo dos meses en el campamento. Los rebeldes existen y han tomado el control. Nos están enseñando a leer y escribir. Es muy difícil, pero cuando consigo entender tres palabras seguidas, siento algo llamado felicidad.
   Cultivamos nuestros alimentos. Somos apenas unos cuantos centenares, pero pronto seremos más. Ya hay algunas mujeres encintas. 
   María tiene más o menos mi edad y me mira con ojos brillantes. Voy a hablar con nuestro líder. Necesito saber qué es y cómo decirle lo que siento a esta mujer. Creo que estoy empezando a ser humano.

lunes, 11 de mayo de 2026

PAPI

 Natalia y Jorge se criaron en el mismo barrio. Sus casas, unidas y separadas por un muro bajito. Ambos hijos únicos, forjaron una amistad casi simbiótica, pese a las diferencias sociales. 

     La madre de Jorge había heredado la casa de un tío lejano, en una zona donde su situación económica nunca se lo hubiera permitido.

   Los padres de la muchacha, pese a ser de clase acomodada, nunca se opusieron a esa amistad que con los años se convirtió en una relación de pareja devenida en matrimonio. 

   Era muy gracioso ver a Jorge decirle “papi” a don Germán, el padre de Natalia.

   Cuando lo llevó a trabajar con él en su empresa, le advirtió dos cosas: iba a tener que ganarse los ascensos cómo cualquier otro empleado. Lo principal, que no le dijera papi en la oficina. Allí sería el Sr. Gutierréz. A veces, sin embargo, se le escapaba el apelativo cuando estaban solos en la oficina de su suegro, quién afectuosamente le recordaba no hacerlo.

  —Usted no ha escuchado eso —le indicó Germán a Graciela, la secretaria de su yerno, cuando se le filtró la dichosa palabra en medio de una conversación.

 —No escuché nada, señor—respondió muy seria.

 —Más le vale, señorita.

  Jorge se aplicó mucho al trabajo y ascendió rápido. Graciela subía con él. Porque era muy eficiente. Y porque además...


  Graciela, fascinada con el paisaje en su primera travesía en avión, casi no le prestaba atención a Jorge.

  —Es la tercera vez que te la pido. Dame la tarjeta, por favor.

  Ella se la entregó sin mirarlo. Jorge la guardó y sonrió con astucia.

« Por suerte el estado bancario me llega al email privado, Natalia nunca va a saber que viajo acompañado»

    Había dejado su cuenta al borde del vacío, pero valdría la pena. Dos semanas lejos de todo, con aquella mujer a la que todo lo que le faltaba de cerebro, le sobraba de pasión y sexualidad. 

   Su esposa… bueno, era una gran mujer, hermosa, sexy, compañera como pocas. Mas con los años, los hijos, las responsabilidades y el trabajo, la pasión había decaído hasta convertir el sexo en una casi placentera rutina.

  Jorge  era incapaz de reconocer su parte de culpa. Lo poco que ayudaba en casa, la escasa atención que le prestaba, el casi exiguo tiempo dedicado a su relación. El encuentra sexual carecía del juego previo que antes tanto disfrutaban; las caricias, los besos, el franeleo, todo había desaparecido. Solo cuando su miembro no aguantaba dentro del bóxer, la buscaba para ir derecho al coito sin importarle si ella quería. ¡Y ay de que le reclamara su actitud! 

Ya no somos dos gurises, decía. Estoy cansado. ¡Cómo se nota que vos no trabajás!

  Imposible qué Jorge entendiera todo lo que ella hacía. Ocuparse de la casa, la comida, llevar a sus hijos a sus múltiples actividades, ayudarlos con los deberes, escucharlos cuando necesitaban hablar, cuidarlos. Todo eso la agotaba. Y sin embargo, siempre lo esperaba con su mejor sonrisa y el hogar sin rastros del caos vivido a lo largo del día.

  Con el tiempo, ella empezó a hablar en voz baja, casi en susurros, solo cuando estaba con él. Para que forzar la garganta. Sabía que Jorge la escuchaba con la misma atención con que un ciego miraría la caída del sol. Cuando le informó del viaje al que no la llevaría, ella supo lo que tenía que hacer. No dijo una palabra, no hubo ningún reproche. “La fruta cae cuando está madura”—pensó Natalia.


   En el hotel, el recepcionista le devolvió la tarjeta con una sonrisa.

   —Su jefe debe apreciarlo mucho para pagarle este hotel de lujo —dijo sorprendido.

  —¿Qué? Sí, claro —respondió sin prestar atención. Su bragueta ya no resistía la presión. El deseo incontrolable hizo que las palabras del recepcionista atravesaran sus oídos.

   Dos horas más tarde, saciados ya sus más básicos instintos, abrió la valija para buscar su  exclusivo jabón de baño. 

  —¡Qué suerte tienes de trabajar para tu padre! ¡Puedes tomarte vacaciones cuando quieras!-dijo Graciela.

«Maldita tonta. Aún no entiende que Germán es mi sue...» 

  Su pensamiento se interrumpió por un terror atávico. Sobre su ropa, un sobre con la letra de Natalia. No podía ser bueno. O sí. Una carta de amor quizás. «Pobre tonta» pensó desdeñoso.

   No había carta. Del sobre cayeron pedacitos de un plástico que reconoció enseguida.

  Sacó la tarjeta corporativa del bolsillo del saco y ahora sí las palabras del recepcionista cobraron sentido. Aquellas fueron las peores vacaciones de su vida.