viernes, 20 de febrero de 2026

Y me preguntas por qué



Me preguntas por qué escribo,

(por qué necesito hacerlo)

para qué lo hacés, me dices

si quizás nadie te lea

y si te lee no entienda

y si lo entiende se burle

te diga que porquería

cuantas palabras gastadas

y al final, la nadería


Me preguntas por qué escribo

si leer pasó de moda

si hacer tiktok es más fácil

mucha más gente los mira

aunque teniendo esa cara

y esa voz de porquería

que a duras penas se entiende

entiendo que no lo harías


Me lo preguntas de nuevo

¿no te sirve mi respuesta?

¿No entendés que necesito

hacerlo aunque no se venda?

Que las palabras del alma

se agolpan contra mi puerta

porque me duele la vida

porque me mata la guerra

y necesito sacarlas

gritarlas aunque me duela

pues si quedan adentro

el alma se me envenena


Ya no preguntes, so necio

yo no espero que lo entiendas

igual que yo no comprendo

tu pasión por la riqueza

que todo midas en plata

tu amor por acumular

nada te vas a llevar

cuando dejes este mundo

bien ligeros de equipaje

la parca nos llevará

y de nada servirá

todo eso que ganaste

solo el amor que sembraste

para siempre vivirá


miércoles, 11 de febrero de 2026

DOÑA CHOLA

 Recuerdos de mi lejana infancia.  De aquella vecindad de puertas abiertas y manos extendidas. Una mujer que dejó una marca imborrable en mi vida. Ejemplo de generosidad y valentía. Una de esas tantas mujeres anónimas que si no existieran, habría que inventarlas.


 Recordando a Doña Chola.


Vecina solidaria, amiga de la familia en general pero más que nada de mamá, doña Chola fue una presencia constante durante mi infancia y fundamental en la consecución de mi primer trabajo fuera de casa. El primero fue como aprendiz de hojalatero con mi querido abuelo Miguel en la casa donde me crie, en el barrio Capurro de Montevideo.

  Mi tarea consista en lavar botellas de vidrio que su hijo usaba para envasar productos de limpieza fabricados por él de manera artesanal, en los comienzos de una pequeña fábrica que con los años crecería hasta hacerse un lugar en el mercado capitalino.

  En una pileta doble de lavar ropa, ella ponía en remojo las botellas que tenían etiqueta para facilitar su retiro, un par de horas antes de mi llegada. Yo trabajaba seis horas de lunes a viernes en un ambiente donde tanto Chola como su familia me trataban como si fuera un miembro más de la misma.

   El dinero que ganaba no era mucho, pero me servía para pagarme mis estudios de dibujo por correspondencia e ir al estadio todos los fines de semana, además de comprar algo de ropa y ayudar con los gastos de la casa.

     Todo esta cháchara no es más que una excusa para recordar a esta querida vecina, que cuando tenía que quedarme un rato más trabajando me preparaba un refuerzo con queso y dulce de membrillo acompañado de una taza de cocoa, fría en verano, caliente en invierno y me obligaba a sentarme a merendar. Que siempre estaba para dar una mano cuando alguien estaba enfermo o precisaba ayuda. Que siempre tenía abiertas de par en par las puertas de su casa.

   Que se preocupaba cuando el agua de lavar estaba muy fría y se ocupaba de hervir agua en una olla para templar el contenido de la pileta. Que me alcanzaba una fruta a media tarde para obligarme a hacer una pequeña pausa en mi tarea. No sea cosa que un jovencito de quince años se cansara mucho por estar algunas horas parado.

    Cuando no tenía clientes en su pequeño quiosco ni estaba muy ocupada con las tareas del hogar, se acercaba a acompañarme un rato, para preguntar si no precisaba nada, si estaba tomando suficiente agua o precisaba ir al baño.

    La vida no fue muy amable con ella y le tocó sufrir algunas pérdidas de esas que por absurdas e inesperadas, son aún más dolorosas. Sin embargo, ella siguió adelante con la frente en alto y regalando esa sonrisa y bondad que la caracterizaban.

   Tenía algo más de ochenta años cuando la muerte se la llevó de manera insólita e inesperada.  Mientras esperaba para cruzar la calle, un camión marcha atrás la golpeó en la cabeza, terminando con su vida. Aún recuerdo la tristeza de mamá (y la mía) cuando me comunicó su partida.

   Congoja que me asalta mientras plasmo estos recuerdos en el papel. Trato de recrear en mi mente aquella sonrisa cálida con que me recibía cada día cuando llegaba a trabajar. Es la mejor manera de recordarla.

    

domingo, 1 de febrero de 2026

CAMBIO DE CUERPO

 Un cuento bien corto y quizá bastante tonto. Pero a veces la creatividad nos lleva por caminos muy extraños. ¿Qué pasaría si un día te despertaras en un cuerpo que no es el tuyo?

¿NO NOTÁS NADA RARO?

 Bajé de la cama con una facilidad extraña, como lo hacía muchos años atrás. Los huesos de mi espalda baja, esos que me impedían agacharme, se sentían super flexibles. 
  Medio dormido aún, observé las paredes de mi cuarto para asegurarme que no estaba soñando. Sin duda ese era mi dormitorio, esa era mi cama, pero algo no cuadraba. 
  En un gesto típico cuando me sentía desconcertado, llevé mi mano a mi calva y, ¡oh, sorpresa!, mis dedos se enredaron en una maraña de pelo ensortijado. ¿Me había puesto una peluca acaso? Había quedado calvo muy joven, y siempre había bromeado con comprar una. Tironeé  para sacarla y el dolor me hizo lanzar una interjección.
  —¡Maldición. Esta cosa está pegada!
Acaricié mi panza cervecera, y casi me desmayo. La grasa abdominal había desaparecido. Mis manos se veían demasiado delgadas. Mis piernas igual. Y largas además.
  Corrí hacia el baño, desesperado. Me golpeé la cabeza con el marco de la puerta y el espejo me devolvió la imagen de un joven alto y delgado, con abundante pelo y al menos con veinte años menos. Cuando escuché que mi esposa se levantaba, tranqué la puerta del baño. Ella golpeó.
 —No puedo abrir ahora —respondí con una voz demasiado aflautada para ser la mía.
 —Por favor, abre. Me estoy meando.
Sin saber qué decir abrí la puerta. Ella me saludó con su habitual beso matutino.
 —¿Te pasa algo? —preguntó —. No tienes buena cara.
 —¿No notás nada raro? —pregunté, al borde de la locura.
Ella me miró de arriba abajo. Luego dijo, tratando de aguantar la risa:
  —Te pusiste dos medias de distinto color. Cambiate antes de ir al trabajo. Qué después te quejás que te agarran de punto.

lunes, 26 de enero de 2026

CARTA DE UN HIJO ADOPTIVO A SU PADRE

 Cuando escribí estos versos, desconocía el hecho de que un querido amigo era adoptado. Cuando leyó el poema se conmovió y me contó su historia. Él lo supo desde pequeño y lo vivió de la forma más  natural. Incluso pensó que yo sabía sobre su adopción, o que su madre me lo había contado. Ni lo uno ni lo otro. ¿Casualidad? No creo en las casualidades. Espero que lo disfruten.

   CARTA DE UN HIJO ADOPTIVO A SU PADRE


Padre:

¡Qué momento tan difícil

el de enfrentar la verdad

esa que tanto guardaste

que bien supiste ocultar!


Esa verdad que conozco

que llevo siempre contigo;

lo soy desde muy pequeño,

yo soy tu hijo adoptivo


¿Te sorprende que lo sepa

mi muy querido papá?

No sé por qué lo he callado

no te lo puedo explicar


Tal vez tuviera temor

de confirmar la verdad,

Pero, vos, ¿por qué callaste,

no vale más tu amistad?


¿No vale más tu cariño

que un documento arrugado?

¿O vos tenías temor

de sentirte rechazado?


¡Qué importa si por mis venas

no corre tu sangre, amigo

si mi vida ha navegado

por el mar de tu cariño!


Papá y mamá son ustedes

que me dieron un hogar

dos fantásticos hermanos

y me enseñaron a amar


Lea esta carta y medita

piensa papá, viejo amigo

que tan solo soy tu hijo,

olvida lo de adoptivo


Cuando volvamos a vernos

solo una cosa te pido

un abrazo silencioso

con tu hijo, el elegido.