Recuerdos de mi lejana infancia. De aquella vecindad de puertas abiertas y manos extendidas. Una mujer que dejó una marca imborrable en mi vida. Ejemplo de generosidad y valentía. Una de esas tantas mujeres anónimas que si no existieran, habría que inventarlas.
Recordando a Doña Chola.
Vecina solidaria, amiga de la familia en general pero más que nada de mamá, doña Chola fue una presencia constante durante mi infancia y fundamental en la consecución de mi primer trabajo fuera de casa. El primero fue como aprendiz de hojalatero con mi querido abuelo Miguel en la casa donde me crie, en el barrio Capurro de Montevideo.
Mi tarea consista en lavar botellas de vidrio que su hijo usaba para envasar productos de limpieza fabricados por él de manera artesanal, en los comienzos de una pequeña fábrica que con los años crecería hasta hacerse un lugar en el mercado capitalino.
En una pileta doble de lavar ropa, ella ponía en remojo las botellas que tenían etiqueta para facilitar su retiro, un par de horas antes de mi llegada. Yo trabajaba seis horas de lunes a viernes en un ambiente donde tanto Chola como su familia me trataban como si fuera un miembro más de la misma.
El dinero que ganaba no era mucho, pero me servía para pagarme mis estudios de dibujo por correspondencia e ir al estadio todos los fines de semana, además de comprar algo de ropa y ayudar con los gastos de la casa.
Todo esta cháchara no es más que una excusa para recordar a esta querida vecina, que cuando tenía que quedarme un rato más trabajando me preparaba un refuerzo con queso y dulce de membrillo acompañado de una taza de cocoa, fría en verano, caliente en invierno y me obligaba a sentarme a merendar. Que siempre estaba para dar una mano cuando alguien estaba enfermo o precisaba ayuda. Que siempre tenía abiertas de par en par las puertas de su casa.
Que se preocupaba cuando el agua de lavar estaba muy fría y se ocupaba de hervir agua en una olla para templar el contenido de la pileta. Que me alcanzaba una fruta a media tarde para obligarme a hacer una pequeña pausa en mi tarea. No sea cosa que un jovencito de quince años se cansara mucho por estar algunas horas parado.
Cuando no tenía clientes en su pequeño quiosco ni estaba muy ocupada con las tareas del hogar, se acercaba a acompañarme un rato, para preguntar si no precisaba nada, si estaba tomando suficiente agua o precisaba ir al baño.
La vida no fue muy amable con ella y le tocó sufrir algunas pérdidas de esas que por absurdas e inesperadas, son aún más dolorosas. Sin embargo, ella siguió adelante con la frente en alto y regalando esa sonrisa y bondad que la caracterizaban.
Tenía algo más de ochenta años cuando la muerte se la llevó de manera insólita e inesperada. Mientras esperaba para cruzar la calle, un camión marcha atrás la golpeó en la cabeza, terminando con su vida. Aún recuerdo la tristeza de mamá (y la mía) cuando me comunicó su partida.
Congoja que me asalta mientras plasmo estos recuerdos en el papel. Trato de recrear en mi mente aquella sonrisa cálida con que me recibía cada día cuando llegaba a trabajar. Es la mejor manera de recordarla.