martes, 26 de mayo de 2026

RENACIMIENTO

 El presente relato nos invita a padecer una de las peores pesadillas para quienes amamos los libros: un mundo donde la gente ya ni siquiera sabe leer. Aunque al final aparece un pequeño rayo de esperanza para devolvernos nuestra humanidad. 

Me encantaría recibir comentarios de los lectores. Es bueno saber que hay seres humanos del otro lado.



   Miro con orgullo el retrato de mi abuelo, una rareza en este mundo hecho trizas. Sentado frente a la chimenea encendida, sosteniendo con mano firme “El Decamerón” de Boccaccio, rezuma el aire intelectual de una época perdida a causa de nuestra propia estupidez.
    Ya nadie lee. Pero eso no es lo peor. Lo más terrible es que nadie sabe hacerlo ni le interesa aprender. Bueno, casi nadie. Un supuesto grupo rebelde reclama su dominio sobre el arte de la lectura. Ni siquiera creemos que dicho grupo exista.
  No sabemos todavía cómo pasó. O sí. Primero fue la calculadora, ese inocente aparatito que nos ahorró el trabajo de hallar una raíz cuadrada o resolver una ecuación diferencial. Después, llegaron las computadoras que nos evitaban horas de trabajo, mas no eran accesibles a todos. Mi abuelo las odiaba.
   Los teléfonos inteligentes, pequeñas computadoras de mano, pusieron al alcance de casi todo el mundo las maravillas de la tecnología. Solo quién viviera en la pobreza extrema no podía acceder a uno, pero tampoco a una educación formal. 
  En el segundo cuarto del siglo veintiuno, la inteligencia artificial comenzó a avanzar a un ritmo vertiginoso, un crecimiento exponencial que, según creo, fue la peor condena para nuestra cada vez más idiota y dependiente humanidad.
  No, no vino Schwarzenegger a exterminarnos. No. Las máquinas nos esclavizaron de un modo mucho más sutil. Nos convirtieron en sirvientes que hacían los que éstas ordenaban, sin preocuparse de entender el porqué.
  Los audiolibros, esa maravilla creada para que personas no videntes pudieran acceder a la cultura, fueron desplazando al libro impreso hasta convertirlo en una reliquia. Los escritores fueron muy pronto sustituidos por máquinas que creaban historias sosas y repetitivas que exigían poco del oyente, pero aumentaban sus niveles de dopamina en segundos.
   Las máquinas terminaron con la sordera, la ceguera, el cáncer, el parkinson y casi todas las enfermedades. También con el delito y la corrupción. Sin querer, destruyeron al hacerlo eso que nos hacía humanos. El amor, la empatía, el deseo de crear y compartir. La necesidad de ser.
  Nos dieron todo digerido, pronto para consumir. Todas las artes humanas desaparecieron. Libros, películas, música, pintura; todo se volvió artificial. Sin darnos cuenta, fueron ocupando nuestro lugar y nos convirtieron en artefactos orgánicos carentes de alma. En sus aparatos.
    Ya no había artistas sobre un escenario a los que premiar con los aplausos. Todos los viejos museos habían sido convertidos en recorridos virtuales por un mundo que había dejado de existir y por el que nadie se interesaba.
   Sin embargo, hubo algo que las máquinas no pudieron prever. La apatía fue ganando a la humanidad hasta el punto que dejamos de reproducirnos; ya nadie quería tener hijos a los que no podría criar. Ese fue otro punto de quiebre. Nuestro amos cibernéticos no se dieron cuenta del problema hasta que empezó a escasear la mano de obra. No fue un inconveniente para ellos. Fabricaron más y más robots humanoides. Pronto descubrieron que podían prescindir de nosotros y nos dejaron abandonados a nuestra suerte.
    Los suicidios masivos diezmaron la ya reducida población humana. Le habíamos vendido nuestras almas a un Dios hecho de cables y silicio, que no dudó en expulsarnos del paraíso.
   Tengo que dejar la casa antes de que vengan a tirarla abajo. Necesitan mi terreno cercano al río para sus centros de datos. Quisiera llevarme el cuadro del abuelo, pero es demasiado grande y no sé cuanto deberé pedalear hasta encontrar el asentamiento humano. Cargar la poca comida que aún me queda es mi única prioridad.
    Subo a la bicicleta y comienzo mi camino con una nueva sensación en el corazón. Mis ojos están húmedos, gotean. ¿Lágrimas? Quizás. ¿Esto es la tristeza? Tantos años viviendo como un autómata, sin pensar, criado en una “granja de humanos”, para servir a esos amos inhumanos que ya no me necesitan. Tras una vida entera de inconsciente esclavitud, la libertad se siente más como una carga que como un privilegio. Ahora entiendo eso a lo que llaman miedo… 

Llevo dos meses en el campamento. Los rebeldes existen y han tomado el control. Nos están enseñando a leer y escribir. Es muy difícil, pero cuando consigo entender tres palabras seguidas, siento algo llamado felicidad.
   Cultivamos nuestros alimentos. Somos apenas unos cuantos centenares, pero pronto seremos más. Ya hay algunas mujeres encintas. 
   María tiene más o menos mi edad y me mira con ojos brillantes. Voy a hablar con nuestro líder. Necesito saber qué es y cómo decirle lo que siento a esta mujer. Creo que estoy empezando a ser humano.

lunes, 11 de mayo de 2026

PAPI

 Natalia y Jorge se criaron en el mismo barrio. Sus casas, unidas y separadas por un muro bajito. Ambos hijos únicos, forjaron una amistad casi simbiótica, pese a las diferencias sociales. 

     La madre de Jorge había heredado la casa de un tío lejano, en una zona donde su situación económica nunca se lo hubiera permitido.

   Los padres de la muchacha, pese a ser de clase acomodada, nunca se opusieron a esa amistad que con los años se convirtió en una relación de pareja devenida en matrimonio. 

   Era muy gracioso ver a Jorge decirle “papi” a don Germán, el padre de Natalia.

   Cuando lo llevó a trabajar con él en su empresa, le advirtió dos cosas: iba a tener que ganarse los ascensos cómo cualquier otro empleado. Lo principal, que no le dijera papi en la oficina. Allí sería el Sr. Gutierréz. A veces, sin embargo, se le escapaba el apelativo cuando estaban solos en la oficina de su suegro, quién afectuosamente le recordaba no hacerlo.

  —Usted no ha escuchado eso —le indicó Germán a Graciela, la secretaria de su yerno, cuando se le filtró la dichosa palabra en medio de una conversación.

 —No escuché nada, señor—respondió muy seria.

 —Más le vale, señorita.

  Jorge se aplicó mucho al trabajo y ascendió rápido. Graciela subía con él. Porque era muy eficiente. Y porque además...


  Graciela, fascinada con el paisaje en su primera travesía en avión, casi no le prestaba atención a Jorge.

  —Es la tercera vez que te la pido. Dame la tarjeta, por favor.

  Ella se la entregó sin mirarlo. Jorge la guardó y sonrió con astucia.

« Por suerte el estado bancario me llega al email privado, Natalia nunca va a saber que viajo acompañado»

    Había dejado su cuenta al borde del vacío, pero valdría la pena. Dos semanas lejos de todo, con aquella mujer a la que todo lo que le faltaba de cerebro, le sobraba de pasión y sexualidad. 

   Su esposa… bueno, era una gran mujer, hermosa, sexy, compañera como pocas. Mas con los años, los hijos, las responsabilidades y el trabajo, la pasión había decaído hasta convertir el sexo en una casi placentera rutina.

  Jorge  era incapaz de reconocer su parte de culpa. Lo poco que ayudaba en casa, la escasa atención que le prestaba, el casi exiguo tiempo dedicado a su relación. El encuentra sexual carecía del juego previo que antes tanto disfrutaban; las caricias, los besos, el franeleo, todo había desaparecido. Solo cuando su miembro no aguantaba dentro del bóxer, la buscaba para ir derecho al coito sin importarle si ella quería. ¡Y ay de que le reclamara su actitud! 

Ya no somos dos gurises, decía. Estoy cansado. ¡Cómo se nota que vos no trabajás!

  Imposible qué Jorge entendiera todo lo que ella hacía. Ocuparse de la casa, la comida, llevar a sus hijos a sus múltiples actividades, ayudarlos con los deberes, escucharlos cuando necesitaban hablar, cuidarlos. Todo eso la agotaba. Y sin embargo, siempre lo esperaba con su mejor sonrisa y el hogar sin rastros del caos vivido a lo largo del día.

  Con el tiempo, ella empezó a hablar en voz baja, casi en susurros, solo cuando estaba con él. Para que forzar la garganta. Sabía que Jorge la escuchaba con la misma atención con que un ciego miraría la caída del sol. Cuando le informó del viaje al que no la llevaría, ella supo lo que tenía que hacer. No dijo una palabra, no hubo ningún reproche. “La fruta cae cuando está madura”—pensó Natalia.


   En el hotel, el recepcionista le devolvió la tarjeta con una sonrisa.

   —Su jefe debe apreciarlo mucho para pagarle este hotel de lujo —dijo sorprendido.

  —¿Qué? Sí, claro —respondió sin prestar atención. Su bragueta ya no resistía la presión. El deseo incontrolable hizo que las palabras del recepcionista atravesaran sus oídos.

   Dos horas más tarde, saciados ya sus más básicos instintos, abrió la valija para buscar su  exclusivo jabón de baño. 

  —¡Qué suerte tienes de trabajar para tu padre! ¡Puedes tomarte vacaciones cuando quieras!-dijo Graciela.

«Maldita tonta. Aún no entiende que Germán es mi sue...» 

  Su pensamiento se interrumpió por un terror atávico. Sobre su ropa, un sobre con la letra de Natalia. No podía ser bueno. O sí. Una carta de amor quizás. «Pobre tonta» pensó desdeñoso.

   No había carta. Del sobre cayeron pedacitos de un plástico que reconoció enseguida.

  Sacó la tarjeta corporativa del bolsillo del saco y ahora sí las palabras del recepcionista cobraron sentido. Aquellas fueron las peores vacaciones de su vida.

viernes, 24 de abril de 2026

CUESTIÓN DE TIEMPO

  El tiempo no deja de ser una subjetiva creación humana —dijo el Doctor Marcio Gómez a su discípulo—. No es algo tangible que se pueda manipular a discreción. 

Manuel Urrutia torció la boca con desagrado. Su profesor era un hombre brillante pese a no ser alguien de mente abierta.

—Piense, profesor —dijo con el entusiasmo propio de su juventud—. ¿Acaso la dilatación cuando viajamos cerca de la velocidad de la luz no es real? Piense todo lo que se podría lograr si consiguiéramos detener el tiempo. Las posibilidades son infinitas.

  —Supongamos que lograras hacerlo. ¿Cómo evitarías que  no se detuviera también para vos? ¿Cuánto espacio abarcaría la parada? ¿Esta pieza? ¿Esta ciudad? ¿Una persona?

—Empezaríamos por algo simple —dijo Manuel—. Una persona sola. O mejor aún. Una parte del cuerpo. Supongamos que me corto un dedo, no paro de sangrar y estoy solo. Detengo el tiempo para la mano, mientras espero que llegue alguien o llamo para pedir ayuda. ¡Sería genial!

El doctor Gómez sonrió ante la ingenuidad de su alumno.

—Entonces la sangre dejaría de circular por tu brazo. ¿O pensás que va a encontrar un camino alternativo para esquivar la parte congelada en el tiempo? No sería una solución muy brillante. Terminarías perdiendo todo el brazo si demorás mucho. O muriendo. Por algo ya no se usan los torniquetes. No soy médico, pero podemos preguntarle a uno si quieres.

Manuel no se iba a a rendir así nomás. Necesitaba el apoyo de su profesor para la máquina que había inventado. La había nombrado pomposamente “Urrutia’s time sttoper”. ¿Por qué en inglés? Quizás porque sonaba más impresionante que “La máquina de detener el tiempo de Urrutia”. Además de ser mucho más corto.

—A lo mejor tiene razón en lo del dedo. Pero, con todo respeto, tengo un ratón dentro de mi máquina hace tres semanas y no se le mueve ni el bigote. Está detenido en el tiempo.

—¿Qué tenés un ratón detenido..? ¿Dónde?

—En la “Urrutia’s time sttoper”. Como le dije, lleva tres semanas y no se le mueve ni el bigote.

—Eso tengo que verlo. Pero te advierto, jovencito, que vas a tener que dar muchas explicaciones. De dónde salió el dinero, quién te autorizó a hacerlo y si hay alguien más implicado.

—El dinero lo puse yo. Y nadie me autorizó ni me ayudó. El mérito es todo mío. Venga conmigo, por favor.

  Manuel guió al profesor a un viejo edificio de la facultad que no se utilizaba hacía tiempo. Destapó una caja transparente sin tapa, de unos treinta por cincuenta centímetros, rodeados por una gran cantidad de aparatos que el brillante doctor en física fue incapaz de reconocer. El ratón estaba a medio camino de una caída, con el terror reflejado en sus ojos y las patas delantera estiradas como tratando de amortiguar el golpe. Le separaban escasos diez centímetros de piso de la caja. Gómez buscó los hilos invisibles u ocultos, y estudió al roedor para ver si se trataba de un juguete o un ratón embalsamado.

—¿Qué le parece? —preguntó ufano el joven estudiante—. ¿Me cree ahora?

—Creo que es un truco excelente, pero aún no lo descubro.

—No hay truco, profesor. Esto es ciencia pura. Dentro de la caja el tiempo no avanza. Si se fija bien, incluso podrá ver las motas de polvo suspendidas en el aire.

Gómez se acercó a la caja y observó con detenimiento. O su alumno era el mejor ilusionista sobre la tierra, o el físico más brillante y talentoso de todos los tiempos.

—¡¿Qué demonios?! —exclamó azorado—. ¿Cómo diablos lo lograste?

—Ya se lo dije, profe. Ciencia aplicada. Debería estar orgulloso de ser mi mentor. Y ahora, si me permite, volveré a nuestro involuntario colaborador a la vida.

Manuel se acercó a la pantalla táctil del aparato, digitó hábilmente los controles y el ratón culminó con éxito su viaje hacia el suelo, recuperando su vitalidad. Sacó al roedor de la caja y lo llevó a un intrincado laberinto. El animalito lo recorrió a una velocidad sorprendente, sin dudar nunca el rumbo a tomar. Llegó al queso, lo comió con desesperación, y segundos después, cayó muerto.

—Efectos secundarios —apuntó el joven—. El anterior había estado seis días y murió antes de llegar al piso de la caja. Una colega de veterinaria le hizo la autopsia. Mostraba un crecimiento desmesurado del cerebro, lleno de sinapsis nuevas. El que murió ahora nunca había estado en el laberinto. Y usted vio lo rápido que resolvió el camino. Como si se hubiese vuelto más inteligente. Necesito seguir modificando mi invento. Necesito armar una máquina donde puede meter a un ser humano que pueda contarnos lo que siente, si la mente sigue activa o es como un sueño profundo. Para eso se necesitan más recursos. ¿Está dispuesto a trabajar conmigo, profesor?

—¡Por supuesto que no! —bramó el aludido—. Esto es una locura. ¿Has pensado en las implicaciones morales y éticas de tu invento? Estás experimentando con seres vivos, encima sin autorización. ¿No se te ocurrió probar con una fruta, por ejemplo?

—Fue lo primero que hice. Una manzana. Tres semanas en la máquina y ni siquiera empezó a machucarse. Pero tenía un gusto horrible y me provocó diarrea. Por suerte le dí solo un mordisco pequeño.

 El doctor Gómez no podía dar crédito a lo que escuchaba. Era insólito que su alumno fuera tan inteligente para algunas cosas y tan estúpido para otras.

—¿No se te ocurrió hacerla analizar antes? Ahora recuerdo, el olor a podrido en el laboratorio de ciencias. La maldita manzana, ¿o me equivoco?

—Eran mis gases por culpa de la manzana. La tiré por esa ventana para afuera. Creo que un perro se la comió. Debe haberse cagado parado, ja, ja.

El profesor a duras penas podía contener las ganas de acogotar a ese idiota.

—¡Imbécil! —bramó—. Mataste a Clara, la perra del director. ¡Tan brillante qué parecés! ¡Dios mío! ¡Con razón no pudieron salvarla, pobrecita! Vas a tener que dejar de jugar con el tiempo. Voy a hablar con el decano y aconsejarle que te expulse de la facultad.

—No lo creo, querido profesor —ironizó Manuel sacando un arma de entre sus ropas—. Se convierte en mi aliado o se muere —agregó mientras amartillaba el arma.

Gómez pensó en lanzarse encima de su loco alumno, pero si fallaba nadie podría detenerlo. No le quedaba más remedio que jugar su juego.

—Ahora que nos entendemos, profesor, vamos a comprobar mi pequeño experimento de la mano y la sangre. Aunque solo fue una estupidez que usé para ver su reacción, se me antoja comprobar que tan cierta es su teoría. Hay una tijera de podar en esa mesa. La iba a usar para probar con una flor, pero ahora usted la va a tomar y se va a cortar la punta de un dedo. 

Sabiendo que era imposible razonar con el enajenado joven, hizo lo que le ordenó, tratando de no gritar. La sangre empezó a brotar de su despuntado índice.          

Manuel activó la máquina y le señaló que metiera la mano. Cuando su dedo pasó la mitad de la caja, la sangre se detuvo. Sin embargo, el resto de su mano se sentía normal. El campo temporal parecía no abarcar la mitad superior de la caja.

— ¡Lo sabía, lo sabía, soy un maldito genio! —gritó Manuel enfervorizado—. ¡Yo debería ser el profesor y usted mi tonto alumno, ja, ja!

 Empezó a bailar girando y tirando papeles hacia arriba. Comenzó a dar vueltas alrededor de la máquina. Gómez aprovechó a hacerle una zancadilla cuando pasó junto a él, derribándolo. Sacó la mano del cubo y se lanzó encima de Manuel. El arma voló lejos. La juventud de Manuel no era rival para la corpulencia y buen estado físico del maestro, que lo tiró al suelo con un puñetazo y fue a buscar el arma. Al darse vuelta hacia Manuel, la sangre se le heló en las venas. Porque el joven se metió de cabeza en la caja sin que pudiera evitarlo. 

Gómez no sabía como apagar la máquina y pronto Manuel empezó a convulsionar. Corrió al tablero y bajó todos interruptores. Por suerte la luz natural era buena.

Mientras trataba sin éxito de sacar la cabeza de su joven alumno de la máquina, este abrió los ojos y comenzó a reír a carcajadas.

—No se moleste, profesor, puedo sacar la cabeza cuando quiera. Pero ahora voy a continuar con mi experimento. Observe.

Ante la atónita mirada del profesor, el arma voló a la mano de Manuel.

—Podría matarlo ahora, pero quiere un testigo de cómo aumenta mi inteligencia. No intente detenerme. Mi mente no se detuvo un segundo. Ahora soy mucho más inteligente que antes. Pero no es suficiente. Voy a reactivar la máquina con mi poderoso cerebro, y usted no podrá evitarlo. Mire y aprenda.

Gómez retrocedió con espantoy cayó sentado. Los interruptores qué había apagado empezaron a subir uno a uno, como movidos por una mano invisible y la máquina se encendió de nuevo.

—¡A máxima potencia! —gritó enfervorizado. Fueron sus últimas palabras. Su cuerpo volvió a convulsionar, esta vez con mucho más violencia hasta quedar exánime.

No precisó acercarse para saber que el muchacho estaba muerto. Volvió a cortar la corriente a la máquina. Lo único que le quedaba por hacer era destruirla y rezar por que nadie encontrara los planos. Estaba seguro que su ahora ex alumno los tendría en su laptop protegidos por varias contraseñas. No iba a correr riesgos. Pese a lo impactado que estaba, aún le quedaron fuerzas para encender algunos de los muchos papeles desparramados por el desaforado baile del genio loco. Esperó que el fuego llegara a su infortunado alumno y salió en silencio. 

Cuando llegó a su oficina, el viejo laboratorio ardía junto con los sueños y la locura de Urrutia. Tentado estuvo de revisar el laptop que el muchacho había dejado en su oficina. Resistió la tentación. Sacó el disco duro y lo frió en el microondas, entre chispazos y explosiones. Recién cuando hubo terminado, se dio cuenta lo extraño que se veía su dedo y se asustó. Pensó en como justificar ese estado y tomó una dolorosa decisión. Fue hasta su auto, abrió la puerta y la cerró de golpe sobre su maltratado índice. El grito se escuchó en todo el edificio.



martes, 21 de abril de 2026

¿NO LE PARECE, DOCTOR? (CUENTO COMPLETO)

 ¿Puede un golpe de suerte convertirse en una desgracia? Al protagonista de esta historia, la fortuna repentina se apresta a jugarle una mala carta. ¿Podrá salir bien librado? O acaso....


Tal vez usted pueda comprenderlo, doctor, aunque hasta a mí me cueste creerlo. Fue hace tanto, tanto tiempo. Todos creen que estoy loco, doctor, pero le juro por lo más sagrado que todo no fue otra cosa que un maldito accidente. Esto que voy a contarle no lo sabe nadie, ni mi mujer ni mis más íntimos amigos. Espero que pueda entenderme, doctor. Yo siempre fui un tipo muy tranquilo, ¿sabe?, sin mayores ambiciones, y era feliz con mi casita, mi trabajo, monótono, sí, pero seguro, los viernes de fútbol cinco con mis amigos, el almuerzo familiar de los domingos, ir al cine cada tanto con mi gente, en fin… Verdaderamente disfrutaba las cosas simples de la vida, la familia, los amigos, los paseos. Hasta aquella tarde que…

Discúlpeme la pausa tan extensa, pero trato de recordar los hechos lo más fielmente posible. Le decía, doctor, que llevaba la vida con alegría y tranquilidad, hasta que camino al trabajo el ómnibus se rompió y, por no esperar el siguiente, arranqué caminando. Entonces la vi. Solita. Abandonada. Apoyada contra el árbol, como esperando el camión de la basura. No soy un requechero, no vaya a creer. Pero estaba nuevita y me pareció una lástima no llevarla. Al levantarla se abrió de un costado y un billete salió volando por ahí. Era de cien dólares. Le juro, doctor, que nunca me interesó el dinero, pero miré el interior de la valija y vi que estaba llena de billetes. Ese día no llegué a trabajar. Me senté en un murito, con la valija a mi lado, turbado, confundido, deseando a la vez que el dueño viniera a buscarla y que nadie apareciera. No sabía qué hacer. A la hora habitual regresé a casa, comprobé que la valija sólo contenía dinero y no había documentación alguna que me permitiera saber de quién era ese dineral, y la escondí en el ropero.
     Esa noche no dormí. Mire, doctor, yo siempre pensé que era el tipo más honesto del mundo. Pero tenía en mi casa una valija llena de dólares que no me pertenecían, aunque una parte de mí me decía que sí y ponía mis principios del lado más débil de la balanza. Finalmente, luego de largo tiempo con la cabeza a doscientos por hora, llegué a un acuerdo entre mi hasta entonces única parte, la honesta, y mi recién descubierta ambición. Guardaría el dinero sin tocarlo durante un tiempo prudencial y si nadie reclamaba la valija y justificaba su calidad de propietario alegaría un golpe de fortuna y comenzaría a gastarlo de a poco. Si hubiese sacado, digamos, el Cinco de Oro, mi súbito enriquecimiento no despertaría ninguna clase de suspicacias.  
    Pasó bastante tiempo, le juro. Dos, tres, quizás cuatro meses, sin que nada sucediera. Y cuando por fin me decido a empezar a gastarlo, ¡zas! ¡Primera plana en todos los diarios! Veo los titulares enormes como si los tuviera frente a mí en este momento. Importante ejecutivo de una mega-empresa despedido y encarcelado por un brutal desfalco de casi cien mil dólares. Misterio absoluto con respecto al paradero del dinero. El reo que alega no recordar qué hizo con el dinero mal habido. ¿No escuchó del caso? Sí, sí, tiene que haber oído. Fue un caso muy sonado. Ah, sí, le sigo contando. Imagínese mi desilusión y mi miedo. Pensé que si me aparecía por la comisaría con el dinero iban a pensar que era cómplice del tipo y el terror me paralizó. En todos lados veía sicarios del ladrón y el solo hecho de ver un patrullero me provocaba pánico. El tipo ese, el ladrón, dejaba desamparados a una joven mujer y tres pequeños niños. Y aunque yo no tenía culpa de su deshonestidad, cada vez que la mujer aparecía en la televisión me hacía sentir terriblemente mal. Ahora lo recuerda, ¿verdad? Bien, como le decía, tanto ruido hizo la mujer que al final le dedicaron más de un programa especial en la tele. Su sufrida imagen apareció una y otra vez rogando a quien hubiera encontrado una valija negra llena de billetes, o sea, yo, que por favor la devolviera, que su marido no había robado el dinero, que había ido a depositar al banco y al sentirse mal lo había perdido, olvidándolo en algún lado. Que si la valija aparecía la empresa retiraba la denuncia y ellos podrían volver a empezar. Que quien la devolviera no tuviera temor a represalias, que la policía mantendría su identidad en secreto y, además, recibiría una importante gratificación por parte de la empresa y la satisfacción de haber evitado la desintegración de una familia. 
  Le juro, doctor, que pocas decisiones en mi vida me resultaron tan difíciles como esta. Al final, llamé desde un teléfono público a la seccional, pregunté de cuánto era la recompensa y acordamos que llevaría el dinero a una casilla que el comisario tenía en el correo central. Retiré la parte del dinero que me correspondía y el resto lo puse en una bolsa de residuos negra, la que cerré escrupulosamente con cinta adhesiva gruesa. Puse la valija bajo la cama, la bolsa en mi mochila y partí rumbo a la central de correos. Caminé apurado, ansioso, deseando terminar de una vez por todas con ese enojoso asunto, y salí del correo con la íntima satisfacción de haber cumplido con lo que consideraba era mi deber. ¡Qué sé yo! Recuerdo haber estado horas bebiendo en un bar, aunque nunca suelo hacerlo.     Doctor, se lo juro, pero me sentía extraño, triste y feliz a la vez. No llegué a emborracharme, pero tampoco salí del bar en mis cinco sentidos, usted me entiende. Quizá si no hubiera prendido el televisor, si me hubiese acostado a dormir, no sé, si mi mujer hubiese estado esa noche en casa, si no tuviera la maldita costumbre de ver todas las noches el informativo, nada de esto hubiera pasado. Pero lo vi y, a pesar de no estar cien por ciento en mis cabales, recuerdo con meridiana claridad cada palabra que dijo el locutor: «Insólito vuelco en el caso de los cien mil dólares robados por el ejecutivo del banco internacional». Casi en el mismo minuto en que la policía informaba a la prensa de la devolución del dinero por parte de alguien que no se había identificado, un comando detuvo en el aeropuerto a la mujer del ejecutivo, que pretendía huir con el botín hacia el extranjero. Tras ser detenida y comprobarse que llevaba más de cien mil dólares escondidos en el equipaje, la mujer confesó que en todo momento había tenido el dinero en su poder y que pensaba reunirse con su esposo una vez que el abogado consiguiera sacarlo de la cárcel. Lo que desconcertaba a las autoridades y también al periodismo en general era saber de dónde habían salido los noventa mil dólares devueltos por un anónimo ciudadano.
    Vio cómo son las emociones fuertes, doctor. No podía entender nada. Recuerdo claramente que reía y lloraba a la vez, y que me sentía terriblemente idiota por haberme conmovido y devuelto el dinero.         Saqué la valija, la abrí arriba de la cama y la revisé una y otra vez. Y, por un rato, enloquecí. Sólo por un rato. Agarré la valija a patadas, deseando destruirla. Y como no lo conseguía, la prendí fuego. No estaba consciente de lo que hacía, doctor, se lo juro. Cuando quise acordar, la cama ardía, segundos después las cortinas y al poco rato toda la casa era una inmensa fogata…

   Ah, sí. Usted se pregunta por qué cuando llegó mi mujer yo reía como un loco picando los pocos billetes que aún me quedaban. Claro, por eso me encerraron acá. Por eso pensaron que estaba loco. ¿Sabe qué pasó? No, claro, cómo lo va a saber si no se lo digo. Mire, doctor, yo le dije que al principio me sentí un idiota por haber devuelto el dinero. Pero más tarde, mientras el fuego consumía mi casa y los bomberos corrían de un lado para otro, un desconocido se me acercó y después de decir «¡Qué incendio!», comentó: «¿Vio la plata que le devolvieron a la policía? ¡Era falsa! Parece que el pobre tipo se cobró su recompensa de ahí. ¡Qué tarado, qué tarado!».
  ¿Comprende ahora, doctor, mi momentánea locura? Tantos problemas, tantas dudas, tanto pelear con mi conciencia, tantos miedos, para al final terminar incendiando mi casa, para perderlo todo y todo eso… por unos p… billetes falsos. ¡Qué ironía! ¿No le parece, doctor?