El tiempo no deja de ser una subjetiva creación humana —dijo el Doctor Marcio Gómez a su discípulo—. No es algo tangible que se pueda manipular a discreción.
Manuel Urrutia torció la boca con desagrado. Su profesor era un hombre brillante pese a no ser alguien de mente abierta.
—Piense, profesor —dijo con el entusiasmo propio de su juventud—. ¿Acaso la dilatación cuando viajamos cerca de la velocidad de la luz no es real? Piense todo lo que se podría lograr si consiguiéramos detener el tiempo. Las posibilidades son infinitas.
—Supongamos que lograras hacerlo. ¿Cómo evitarías que no se detuviera también para vos? ¿Cuánto espacio abarcaría la parada? ¿Esta pieza? ¿Esta ciudad? ¿Una persona?
—Empezaríamos por algo simple —dijo Manuel—. Una persona sola. O mejor aún. Una parte del cuerpo. Supongamos que me corto un dedo, no paro de sangrar y estoy solo. Detengo el tiempo para la mano, mientras espero que llegue alguien o llamo para pedir ayuda. ¡Sería genial!
El doctor Gómez sonrió ante la ingenuidad de su alumno.
—Entonces la sangre dejaría de circular por tu brazo. ¿O pensás que va a encontrar un camino alternativo para esquivar la parte congelada en el tiempo? No sería una solución muy brillante. Terminarías perdiendo todo el brazo si demorás mucho. O muriendo. Por algo ya no se usan los torniquetes. No soy médico, pero podemos preguntarle a uno si quieres.
Manuel no se iba a a rendir así nomás. Necesitaba el apoyo de su profesor para la máquina que había inventado. La había nombrado pomposamente “Urrutia’s time sttoper”. ¿Por qué en inglés? Quizás porque sonaba más impresionante que “La máquina de detener el tiempo de Urrutia”. Además de ser mucho más corto.
—A lo mejor tiene razón en lo del dedo. Pero, con todo respeto, tengo un ratón dentro de mi máquina hace tres semanas y no se le mueve ni el bigote. Está detenido en el tiempo.
—¿Qué tenés un ratón detenido..? ¿Dónde?
—En la “Urrutia’s time sttoper”. Como le dije, lleva tres semanas y no se le mueve ni el bigote.
—Eso tengo que verlo. Pero te advierto, jovencito, que vas a tener que dar muchas explicaciones. De dónde salió el dinero, quién te autorizó a hacerlo y si hay alguien más implicado.
—El dinero lo puse yo. Y nadie me autorizó ni me ayudó. El mérito es todo mío. Venga conmigo, por favor.
Manuel guió al profesor a un viejo edificio de la facultad que no se utilizaba hacía tiempo. Destapó una caja transparente sin tapa, de unos treinta por cincuenta centímetros, rodeados por una gran cantidad de aparatos que el brillante doctor en física fue incapaz de reconocer. El ratón estaba a medio camino de una caída, con el terror reflejado en sus ojos y las patas delantera estiradas como tratando de amortiguar el golpe. Le separaban escasos diez centímetros de piso de la caja. Gómez buscó los hilos invisibles u ocultos, y estudió al roedor para ver si se trataba de un juguete o un ratón embalsamado.
—¿Qué le parece? —preguntó ufano el joven estudiante—. ¿Me cree ahora?
—Creo que es un truco excelente, pero aún no lo descubro.
—No hay truco, profesor. Esto es ciencia pura. Dentro de la caja el tiempo no avanza. Si se fija bien, incluso podrá ver las motas de polvo suspendidas en el aire.
Gómez se acercó a la caja y observó con detenimiento. O su alumno era el mejor ilusionista sobre la tierra, o el físico más brillante y talentoso de todos los tiempos.
—¡¿Qué demonios?! —exclamó azorado—. ¿Cómo diablos lo lograste?
—Ya se lo dije, profe. Ciencia aplicada. Debería estar orgulloso de ser mi mentor. Y ahora, si me permite, volveré a nuestro involuntario colaborador a la vida.
Manuel se acercó a la pantalla táctil del aparato, digitó hábilmente los controles y el ratón culminó con éxito su viaje hacia el suelo, recuperando su vitalidad. Sacó al roedor de la caja y lo llevó a un intrincado laberinto. El animalito lo recorrió a una velocidad sorprendente, sin dudar nunca el rumbo a tomar. Llegó al queso, lo comió con desesperación, y segundos después, cayó muerto.
—Efectos secundarios —apuntó el joven—. El anterior había estado seis días y murió antes de llegar al piso de la caja. Una colega de veterinaria le hizo la autopsia. Mostraba un crecimiento desmesurado del cerebro, lleno de sinapsis nuevas. El que murió ahora nunca había estado en el laberinto. Y usted vio lo rápido que resolvió el camino. Como si se hubiese vuelto más inteligente. Necesito seguir modificando mi invento. Necesito armar una máquina donde puede meter a un ser humano que pueda contarnos lo que siente, si la mente sigue activa o es como un sueño profundo. Para eso se necesitan más recursos. ¿Está dispuesto a trabajar conmigo, profesor?
—¡Por supuesto que no! —bramó el aludido—. Esto es una locura. ¿Has pensado en las implicaciones morales y éticas de tu invento? Estás experimentando con seres vivos, encima sin autorización. ¿No se te ocurrió probar con una fruta, por ejemplo?
—Fue lo primero que hice. Una manzana. Tres semanas en la máquina y ni siquiera empezó a machucarse. Pero tenía un gusto horrible y me provocó diarrea. Por suerte le dí solo un mordisco pequeño.
El doctor Gómez no podía dar crédito a lo que escuchaba. Era insólito que su alumno fuera tan inteligente para algunas cosas y tan estúpido para otras.
—¿No se te ocurrió hacerla analizar antes? Ahora recuerdo, el olor a podrido en el laboratorio de ciencias. La maldita manzana, ¿o me equivoco?
—Eran mis gases por culpa de la manzana. La tiré por esa ventana para afuera. Creo que un perro se la comió. Debe haberse cagado parado, ja, ja.
El profesor a duras penas podía contener las ganas de acogotar a ese idiota.
—¡Imbécil! —bramó—. Mataste a Clara, la perra del director. ¡Tan brillante qué parecés! ¡Dios mío! ¡Con razón no pudieron salvarla, pobrecita! Vas a tener que dejar de jugar con el tiempo. Voy a hablar con el decano y aconsejarle que te expulse de la facultad.
—No lo creo, querido profesor —ironizó Manuel sacando un arma de entre sus ropas—. Se convierte en mi aliado o se muere —agregó mientras amartillaba el arma.
Gómez pensó en lanzarse encima de su loco alumno, pero si fallaba nadie podría detenerlo. No le quedaba más remedio que jugar su juego.
—Ahora que nos entendemos, profesor, vamos a comprobar mi pequeño experimento de la mano y la sangre. Aunque solo fue una estupidez que usé para ver su reacción, se me antoja comprobar que tan cierta es su teoría. Hay una tijera de podar en esa mesa. La iba a usar para probar con una flor, pero ahora usted la va a tomar y se va a cortar la punta de un dedo.
Sabiendo que era imposible razonar con el enajenado joven, hizo lo que le ordenó, tratando de no gritar. La sangre empezó a brotar de su despuntado índice.
Manuel activó la máquina y le señaló que metiera la mano. Cuando su dedo pasó la mitad de la caja, la sangre se detuvo. Sin embargo, el resto de su mano se sentía normal. El campo temporal parecía no abarcar la mitad superior de la caja.
— ¡Lo sabía, lo sabía, soy un maldito genio! —gritó Manuel enfervorizado—. ¡Yo debería ser el profesor y usted mi tonto alumno, ja, ja!
Empezó a bailar girando y tirando papeles hacia arriba. Comenzó a dar vueltas alrededor de la máquina. Gómez aprovechó a hacerle una zancadilla cuando pasó junto a él, derribándolo. Sacó la mano del cubo y se lanzó encima de Manuel. El arma voló lejos. La juventud de Manuel no era rival para la corpulencia y buen estado físico del maestro, que lo tiró al suelo con un puñetazo y fue a buscar el arma. Al darse vuelta hacia Manuel, la sangre se le heló en las venas. Porque el joven se metió de cabeza en la caja sin que pudiera evitarlo.
Gómez no sabía como apagar la máquina y pronto Manuel empezó a convulsionar. Corrió al tablero y bajó todos interruptores. Por suerte la luz natural era buena.
Mientras trataba sin éxito de sacar la cabeza de su joven alumno de la máquina, este abrió los ojos y comenzó a reír a carcajadas.
—No se moleste, profesor, puedo sacar la cabeza cuando quiera. Pero ahora voy a continuar con mi experimento. Observe.
Ante la atónita mirada del profesor, el arma voló a la mano de Manuel.
—Podría matarlo ahora, pero quiere un testigo de cómo aumenta mi inteligencia. No intente detenerme. Mi mente no se detuvo un segundo. Ahora soy mucho más inteligente que antes. Pero no es suficiente. Voy a reactivar la máquina con mi poderoso cerebro, y usted no podrá evitarlo. Mire y aprenda.
Gómez retrocedió con espantoy cayó sentado. Los interruptores qué había apagado empezaron a subir uno a uno, como movidos por una mano invisible y la máquina se encendió de nuevo.
—¡A máxima potencia! —gritó enfervorizado. Fueron sus últimas palabras. Su cuerpo volvió a convulsionar, esta vez con mucho más violencia hasta quedar exánime.
No precisó acercarse para saber que el muchacho estaba muerto. Volvió a cortar la corriente a la máquina. Lo único que le quedaba por hacer era destruirla y rezar por que nadie encontrara los planos. Estaba seguro que su ahora ex alumno los tendría en su laptop protegidos por varias contraseñas. No iba a correr riesgos. Pese a lo impactado que estaba, aún le quedaron fuerzas para encender algunos de los muchos papeles desparramados por el desaforado baile del genio loco. Esperó que el fuego llegara a su infortunado alumno y salió en silencio.
Cuando llegó a su oficina, el viejo laboratorio ardía junto con los sueños y la locura de Urrutia. Tentado estuvo de revisar el laptop que el muchacho había dejado en su oficina. Resistió la tentación. Sacó el disco duro y lo frió en el microondas, entre chispazos y explosiones. Recién cuando hubo terminado, se dio cuenta lo extraño que se veía su dedo y se asustó. Pensó en como justificar ese estado y tomó una dolorosa decisión. Fue hasta su auto, abrió la puerta y la cerró de golpe sobre su maltratado índice. El grito se escuchó en todo el edificio.