miércoles, 23 de septiembre de 2026

NO SE ACEPTAN DEVOLUCIONES

 Creo que todos hemos recibido alguna vez en nuestro hogar la visita de los "amigos de lo ajeno". No hay reja, alarma o seguridad que no sean capaces de burlar. Pero... ¿Qué puede impulsar a un ratero a retornar a una casa para devolver algo de lo robado? En esta historia, conocerás a Rafa, un ladrón que trata de deshacer un robo y descubre que, en esa casa, no se aceptan devoluciones.



Rafa abrió la ventana con cuidado, tratando de no hacer ruido. Pese al crudo invierno, el sudor que bajaba por su frente le hacía escocer los ojos. Una vez dentro, caminó en puntillas y dejó el objeto que llevaba en la bolsa sobre el dintel de la chimenea.
    A punto estuvo de infartar cuando la luz de la sala se encendió y unos lentos aplausos comenzaron a crecer a sus espaldas. Se volteó despacio, controlando a duras penas el temblor inesperado de sus piernas.
 ­—Bienvenido a mi humilde hogar, jovencito —dijo el hombre viejo sentado en una reposera junto a la mesa. Aparentaba unos setenta años, demasiado delgado y ojeroso, demasiado muerto para estar vivo.
  —Ven, toma asiento y comparte una copa conmigo. Nadie viene ya por aquí —agregó alzando su vaso—. ¿Solo o con hielo?
   Rafa se acercó despacio y dejó caer sus posaderas en la silla. Sus piernas se sentían con la misma consistencia que un flan.
  —So… solo, gracias —respondió. El corazón le latía a más pulsaciones por minuto de las que creía posible. Tomó el vaso con ambas manos y lo bebió de un solo trago.
 —Ah, no, mi amigo. ¡Así no se toma un güisqui de doce años! —protestó el dueño de casa—. Y puedes calmarte. No llamé a la policía ni tengo un arma. Solo quiero hablar.
  Miró al joven ladrón con una sonrisa. Era como él cuando robó el objeto.
  Rafa, envalentonado por la bebida y la aparente fragilidad del hombre, lo miró desafiante.
  —¿Y si lo mato ahora? ¿No tiene miedo? Se enfrenta a un delincuente y… y… y…
 El viejo lo interrumpió alzando una mano con lentitud.
  —No me asustas. Eres un ladrón de poca monta, como lo fui yo en mi juventud, no hace tanto tiempo. No traes armas ni eres violento. Solo has tenido mala suerte. Además, si acabaras con mi vida ahora me harías un favor.
   Rafa se rascó la cabeza y frunció el ceño. Abrió la boca y levantó un dedo, pero fue incapaz de conectar el aparato fonador con su cerebro.
  —Cuando robé eso, pensé que me volvería rico y famoso. ¿Por qué? No sabía ni sé qué es, y supongo que tú tampoco. Pero la atracción que ejerció sobre mí apenas entré a robar en aquella casa fue imposible de ignorar. Supongo que te pasó lo mismo. Y aquí me ves, apenas sobreviviendo. ¿El güisqui? Un regalo del anterior dueño de ese esotérico imán. En aquel momento no pude entender su alegría.  
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 —No me lo pienso llevar otra vez. Es suyo.
 —No, no lo es. Tú lo robaste, ahora es tuyo. Y lo sabes.
  Sus miradas se cruzaron por un largo instante. En los ojos del hombre mayor había paz. Y pena.  En los de Rafa empezaba a dibujarse el terror. 
 —Cuéntame qué cosas has hecho para deshacerte de ese enigma informe. ¿Lo tiraste a la basura? ¿En el drenaje en medio de una tormenta? ¿En una gran fogata? ¿Qué más? Puedes dejarlo aquí, no me importa. Cuando llegues a tu casa te estará esperando. Vayas a donde vayas, te seguirá. 
Rafa miraba el piso, cómo buscando un lugar por donde huir de esa maldita pesadilla. Sin embargo, estaba seguro de que aquello no era un sueño.
  —¿Qué demonios es esa cosa? Quise buscarla con la aplicación de imágenes del celular. Casi me explota el teléfono en la mano.
  —¿Quién lo sabe? Un hombre místico me dijo que hay un demonio encerrado en ella. Otro, que la habitaba un santo dedicado a torturar a los ladrones. ¿Importa acaso qué es? No. Lo importante es que no te deja dormir con sus gritos desgarradores a mitad de la noche. Aleja a tus amigos. A tu familia. Atrae la mala suerte. Todo te sale mal. Lo siento por ti. Así será el resto de tu vida a menos que…
  —A menos que alguien me lo robe, supongo —completó la frase Rafa.
  —¡Vaya, para ser un tonto eres bastante inteligente! Lo bueno, es que la agonía no será muy larga. Esa maldita cosa te va chupando la energía vital muy, muy rápido. Lo sé. Tenía veinte años cuando lo robé. ¿Quieres saber cuántos años tengo ahora?












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martes, 11 de agosto de 2026

MI AMIGO AGUSTÍN

 Un visitante de una instalación llena de "obras de arte", se quitó una zapatillas y minutos después, se llenó de personas mirando el calzado y debatiendo sobre el significado de la falsa obra. Una banana pegada con cinta pato a la pared y una base que contenía "La nada misma" se vendieron por altos precios. Yo no soy especialista, pero me niego a considerar arte verdadero semejantes extremos. En esta historia ficticia, un pintor dotado de un talento y una sensibilidad exquisitos, llega a ser famoso vendiendo mamarrachos nacidos como.... Bueno, no nos adelantemos. Al final de este cuento sabrán de qué estoy hablando.




Agustín López García fue un pintor del montón durante los primeros veinte años de carrera. Dueño de una técnica y sensibilidad exquisitas, con trazos super expresivos y paletas de colores plenas de belleza y significado, no conseguía destacar frente a otros artistas plásticos mediocres y con mucho marketing.
   Cuando me faltaba un año aún para terminar la carrera de ciencias de la comunicación, me crucé por casualidad con algunas de sus obras. Mariana, una sobrina suya con quién salí durante un corto período, era una gran admiradora de su arte.
   —Me da tanta rabia que nadie se dé cuenta del tremendo artista que es —me confesó un día—. ¿No te gustaría conocerlo y ver sus cuadros?
   Siempre me interesó la pintura, de hecho yo mismo había intentado tiempo atrás jugar con los pinceles y el lienzo, con resultados nada alentadores. Así que acepté su propuesta sin dudarlo. No solo por curiosidad. También quería ganar puntos con ella para que me diera la chance de irnos a la cama. Esto último nunca pasó.
   Cuando por fin conocí a Agustín quedé fascinado por su arte y su don de gente. Contrario a muchos artistas que no lograban transcender, él no se sentía frustrado ni enojado con la sociedad que no lo comprendía. Incluso me regaló una de las pinturas que no podía dejar de mirar. Eran increíbles.
   —Esa la pinté cuando nació mi primer hijo —comentó al ver mi fascinación—. Le tengo un cariño especial y me encantaría saber que está colgada en un lugar donde quién la posea sepa apreciarla y que muchos la puedan ver. ¿Te gustaría tenerla? Te la puedo regalar.
   Por ese entonces, yo vivía en un hogar estudiantil con siete estudiantes más y mucha gente iba y venía todos los días. Acepté sin dudarlo.
     Soy incapaz de expresar con palabras lo que sentía cada vez que me paraba frente a esa pintura. Emoción pura. Era cómo estar reviviendo la felicidad de ese padre primerizo convertida en una obra
de arte intemporal. Un especialista en el tema quizá pudiera hablar del estilo, del valor del trazo y la gama de colores, la composición y un montón de cosas más. Yo solo era capaz de hablar de sensaciones muy profundas.
    Con Mariana rompimos al poco tiempo. Me encontró a los besos con una compañera de facultad y la marca de sus dedos en mi cachete demoró algunos días en irse. Pero con Agustín nos hicimos amigos.
   Él fue mi proyecto de fin de curso. Su obra. La indiferencia de los críticos y las puertas cerradas de todas las galerías donde quiso exhibir su obra. Su trabajo como docente de arte y el apoyo incondicional de su esposa primero y de sus tres hijos después. Su sueño de llegar a exponer algún día.
     El extenso reportaje que realicé con él me ganó las felicitaciones de mis profesores y terminó siendo publicado en una revista especializada con mi autorización. Me alegró pensar que eso ayudaría en su carrera.
     Al principio pareció ser todo lo contrario. Notas con títulos altisonantes: “Cuando alguien que no sabe de arte entrevista a un artista mediocre” en el periódico de mayor circulación. “Un artista del montón entrevistado por un futuro ¿periodista? ”, se preguntaba el editor de la revista de arte más prestigiosa del país. Y todo así.
   Cuando lo llamé para disculparme, en lugar de mandarme al diablo me invitó a comer a su casa.
 Dudé en aceptar. Sin embargo, una semana más tarde toqué el timbre de su casa esperando que no me envenenaran la comida o algo así. Qué idiota fui.
   Me sentaron en una de las cabeceras de la mesa como si fuera un invitado de honor, luego de recibir besos y abrazos de toda la familia. Yo estaba azorado. No me dejó hablar más allá de los saludos.
  —Antes de nada, no voy a aceptar tus disculpas. No hay razón para pedirlas.
  —Pero, yo...
  —Tú lo hiciste con la mejor intención. Y no me salgas con esos lugares comunes de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones y bla, bla, bla. Te voy a contar algo. Desde que tu nota apareció y pese a las críticas inhumanas de esos artistas frustrados que hablan de arte sin vivirlo, he vendido más cuadros que en veinte años de carrera. No me mires así.
  —O sea que... al final salió bien —dije en un susurro, como si pensara en voz alta.
  — Sí. Y algo más. Voy a exhibir en una galería, no solo mis cuadros viejos, si no algunos que no conoces. Y quiero que tú estés ahí para hacer una nota de prensa. Para este portal—agregó a la vez que me entregaba una tarjeta.
   Asentí con la cabeza.
   —Al director de ese medio digital le gustó tu estilo. Te quiere contratar, si te interesa. Es algo pequeño por ahora, pero tiene futuro.
    Claro que me interesaba. No estudié comunicación para estar años atendiendo la caja en un supermercado. Una oportunidad que no iba a desperdiciar.
   Cuando terminamos de comer me llevó a su estudio. Quedé mudo al ver su nueva producción.
   —No entiendo nada —dije tratando de comprender qué diablos sucedía con sus cuadros. Llenaban los lienzos puras manchas informes, colores mezclados sin criterio alguno. Imposible saber que quería decir con esas pinturas.
  —Ni yo. Aunque cueste creerlo, al dueño de la galería que vino por un paisaje le encantaron. Puso como condición cinco de esos por cada tres de mis viejas pinturas. Dijo que no voy a necesitar seguir dando clases. No lo voy a dejar, al menos por ahora. Amo enseñar. Y voy a continuar pintando igual que siempre, intercalando alguno de esos mamotretos para complacer al marchand.
  —¿Cómo llegaste a esto?
  — Algún día te lo contaré. Por ahora llamémosle casualidad. O causalidad.
    Habían pasado treinta años desde aquel día. Agustín López García se convirtió en un artista reconocido a nivel internacional, especialmente por su “nuevo estilo”, descrito casi en forma unánime como una innovadora forma de expresión plástica, dinámica, vibrante, envolvente y muchos adjetivos más. Por supuesto que siguió pintando la clase de cuadros que tanta emoción me provocaban, y años después abandonó su nueva y “revolucionaria” forma de expresión plástica.
    Las notas se multiplicaban; entrevistas en radio y televisión, sesudos análisis de aquellos mamarrachos que de ninguna manera me atrevería a usar para engalanar las paredes de mi estudio, mucho menos de mi hogar.
   Por suerte nuestra amistad se mantuvo en el tiempo. Tengo muchos cuadros suyos repartidos entre mi estudio y mi casa. Incluso hizo para mí algo que nunca había realizado antes salvo para su familia; un retrato familiar con mi hermana y mis padres. Me hubiera hecho uno con mi esposa si no fuera que nunca me casé ni creo que lo haga.
    Parado frente a la puerta de su casa con el corazón estrujado, vacilé antes de llevar mi mano hacia el timbre. Agustín estaba enfermo y los médicos no le daban más de dos semanas, con suerte tres. Por eso él me mandó llamar.
   Su esposa me recibió con un cálido abrazo.
   —Gracias por venir, Martín —me dijo con esa voz apagada por la tristeza—. Él no quería que lo vieras así. Sé que ustedes tienen una conversación pendiente. Te espera en el estudio.
   Caminé vacilante. Encontré a mi amigo sentado en una silla de ruedas, con un pincel en la mano y un atril adaptado a su nueva condición. Su rostro chupado y macilento, sus brazos débiles y flacos, y unas piernas que ya no eran capaces de sostenerlo en pie. Sin embargo, el maldito cáncer diagnosticado demasiado tarde para hacer algo más que atenuar su dolor, no fue capaz de apagar el fuego de sus ojos ni su pasión por el arte.
    Lo abracé con los ojos llenos de lágrimas. Parecía mentira, él muriéndose y teniendo que consolar a un cincuentón lleno de vida.
   —Gracias por venir, amigo. No llores. Tuve una buena vida. Pude criar mis hijos y conocer mis primeros nietos. Y dedicarme a pintar muchísimos años gracias a ti.
   Su voz no tenía la firmeza de antaño, mas sí su calidez.—Gracias a tu talento. Yo solo hice un trabajo de grado que casi destruye tu carrera.
   Su cara se iluminó con una sonrisa pícara.
   —Y desde que se publicó mi vida cambió para bien. Lo que te voy a contar solo lo sabe Laura. Si querés lo podés contar el día que publiques mi biografía. Tu editor me dijo que estás trabajando en ella. Me llenas de orgullo.
  —Ese maldito me arruinó la sorpresa —protesté.
  —No importa. A lo mejor no me llegaba a enterar. Y no, no la pienso revisar. Confío en tu capacidad y en el cariño que sé que me tienes.
   Noté que le costaba hablar. Se agitaba mucho. Comenzó a toser muy fuerte. Le alcancé el oxígeno.
  —Solo dos minutos, necesito seguir hablando —murmuró.
   En realidad fueron casi diez. Aún así no pudo llegar a contarme nada. La ambulancia llegó media hora después, cuando ya su corazón había dado el último latido.
    En medio del dolor por su pérdida tan repentina, quedarme sin saber lo que me iba a confesar esa tarde hacía que la tristeza fuera aún mayor. No tenía valor para preguntarle a la viuda cuál era ese secreto tan importante que trató de entregar con su último aliento.
   Tres días después, cuando con su familia terminamos de soltar sus cenizas frente al Parque Capurro en el Río de la Plata, Laura me entregó un sobre cerrado con mi nombre escrito en él.
  —Agustín tenía miedo de no llegar a contarte su gran secreto. Y yo juré no hacerlo. No te olvides de nosotros. Eres parte de esta familia.
   Tres días tuve la carta sobre mi escritorio sin animarme a abrirla. Me carcomía la curiosidad pero a la vez me daba tiempo a tejer distintas teorías. Al cuarto día ya no aguanté. Lo que leí me dejó tan sorprendido que repasé la misiva tres veces. Voy a dejar que él lo cuente en sus propias palabras, querido lector, mientras seco mis lágrimas, extraña mezcla de risa y tristeza.
  “Querido amigo:
   Nunca fui de valorar mi trabajo en base a opiniones ajenas. Pero las crueles
críticas que aparecieron tras la publicación de tu gran reportaje me golpearon en lo más hondo de
mi corazón. Tuve un ataque de rabia como nunca antes en mi vida. No contigo, tranquilo.
    Siempre puse mi alma y mi pasión en las pinturas, y esa valoración malintencionada, llena de veneno y envidia me sacó de quicio. Empecé a arrojar los tubos de pintura abiertos contra los lienzos, a exprimirlos y refregar un lienzo contra otro. Cuatro lienzos vírgenes convertidos en mamarrachos. “Furia salvaje” se podría haber llamado esa serie de cuadros. Estaba por tirarlos a la basura cuando el marchand llegó y quedó fascinado. Así nació mi estilo “innovador”. Rabia pura
disfrazada de arte moderno. Nunca lo voy a entender. Aunque gracias a eso pude tener una carrera en el arte. Gracias a vos y a los hijos de puta de esos críticos, incapaces de trazar una sola línea con el pincel.”

jueves, 25 de junio de 2026

EL PAQUETE

 Una corta historia sobre las consecuencias de la curiosidad excesiva.


                                            El paquete


Juan se despertó sin tener idea de donde estaba. El dolor en su boca era muy fuerte y con la lengua podía sentir el gusto a sangre y el hueco entre los dientes. Casi arrastrándose llego al baño y se asustó al ver su aspecto. Aparte de la ausencia de varias piezas dentales, tenía la boca hinchada, un ojo negro y hematomas por todo el cuerpo. 
  Mecánicamente se metió en la ducha para dejar correr el agua por su cuerpo, sin animarse a más nada. Se sentía como si le hubieran dado una gran paliza y las huellas en su cuerpo así lo denotaban.
  Sin embargo, no podía recordar como había llegado hasta allí. Era incapaz de reconocer el lugar donde estaba, pero estaba seguro de no haber perdido la memoria. 
  Revisó su billetera para comprobar si su identidad coincidía con la que recordaba. 
«Juan Antonio López Salvo» era el nombre que figuraba en el documento de identidad y el de la foto sin duda era él. Las tarjetas de crédito y el dinero estaban allí, por lo tanto no lo habían robado. Trató de recordar el día anterior. Había ido a trabajar como hacía siempre. Llegó a la oficina temprano, preparó café y se sentó frente a su computadora. Atendió varias llamadas de clientes, preparó un par de presupuestos y a mediodía fue a almorzar al bar de siempre. Solo, como hacía cada día. Volvió a la oficina y…..
  Ahí aparecía un hueco. Le costó recordar lo que hizo después del almuerzo. Por lo general sentía sueño tras la comida y solía dormitar un rato frente al ordenador mientras no entraba ninguna llamada. No sin dificultad recordó que su jefe lo llamó para hacerle un encargo, algo sobre entregar un paquete en una dirección cercana. Recordó haber dicho que él no era cadete y la sonrisa macabra de su jefe alegando que pronto habría un ascenso en la empresa, pero no para la gente que ponía peros a todo. «No es un encargo que le pueda dar a un cadete» habría dicho su jefe y nada más. 
¿Había entregado el paquete? ¿Cómo era? ¿Grande, pequeño, pesado, liviano? ¿Peligroso o inofensivo?
Nada. No había caso. Desde el momento en que tocó el paquete su mente estaba en blanco. ¿Lo había tocado realmente? ¿Aquello era todo una maldita pesadilla? 
 Aparte de su ropa ensangrentada, encontró ropa de mujer tirada por el piso. Colillas de cigarrillos con el filtro coloreado. Él no fumaba. Y esas prendas femeninas no podían ser de su esposa. Más bien correspondían a una mujer delgada, de pies pequeños y a juzgar por el largo de las pantimedias no podía medir más de un metro con cincuenta.
  ¿Acaso había ido a entregar esa ropa? No tenía mucho sentido. La ropa tenía olores consistentes con haber sido usada. Sin embargo, la mujer no estaba ahí. ¿Estaría soñando acaso?
Se tiró en la cama y cerró con fuerza los ojos, confiado en que despertaría en la suya. 
  El ruido de la puerta abriéndose cuando aún no había conseguido dormirse lo despabiló.
   La mujer era muy atractiva y le sonrió tras cerrar.
   —He traído todo para curarte, cariño—dijo luego de besarlo con pasión en la boca, haciéndole gritar de dolor.
  —Lo siento, es que eres irresistible —dijo ella—. Y encima me esperas como Dios te trajo al mundo. 
Juan se puso un boxer y la dejó hacer. Ella le pasó una pomada por los golpes y le limpió la sangre en la boca. Él no podía dejar de mirar su senos, más generosos de los que anunciaba el sostén que había visto tirado. En lo que sí había acertado en la estatura y la delgadez general de la mujer.
  —¿Quién sos? —preguntó cuando ella hubo terminado su labor y él se terminó de vestir de manera adecuada.
  —¿Tan pronto te olvidaste de mí? —se quejó la mujer.
  —No puedo recordar nada. Desde ayer a la tarde. Sé quién soy, donde vivo y donde trabajo. Pero las últimas horas se me han borrado. Y vos no sos mi esposa.
  —Vaya que te ha dejado mal la paliza. Quizás tengas una conmoción cerebral. Tendremos que ir al hospital. Eso pasa por no hacer caso a tu jefe. Hablando de eso. Tenemos que deshacernos del...
  —¿Qué tiene que ver mi jefe……..? ¡El paquete! Ahora recuerdo. Me lo hizo traer acá y que lo esperara. Y eso fue lo que hice.
  —Hiciste algo más que no te dijo. Cediste a la tentación de abrirlo. Tu maldita costumbre de hacer lo que se te antoja. Te dijo bien claro que no intentaras abrirlo. Te lo dijo.


—Bajo ninguna circunstancia  lo vayas a abrir. Ni te separes de él. Es muy importante que hagas todo como te dije —le indicó el jefe a Juan la tarde anterior.
   —No entiendo nada, jefe— protestó Juan —¿para qué quiere que lleve el paquete si usted va a ir después? ¿Y si se lo dejo ahí y me voy? ¿O esta es la única llave del apartamento?
  —¿Querés el ascenso o no lo querés? —replicó el jefe molesto—. Mirá que hay varios candidatos. Si seguís con vueltas se lo doy a otro.
  —De ninguna manera— respondió Juan tomando el envoltorio. Pese al pequeño tamaño, era bastante pesado—. Yo me ocupo de llevarlo.
  Juan puso el encargo en el asiento de acompañante de su viejo coche. Tentado estuvo de abrirlo varias veces durante el viaje. A duras penas consiguió resistir la tentación. Se distrajo pensado con alegría que, gracias al ascenso, al fin podría cambiar ese cascajo de cuatro ruedas por un coche nuevo.
   Abrió el apartamento sin encender la luz y para su sorpresa, una joven mujer le esperaba allí para lanzarse a sus brazos y llevarlo a la cama sin que pudiera (ni quisiera) resistirse. Ella se quedó dormida luego del sexo y Juan se sentó en lo cama mirando el paquete. Fue a la cocina a buscar un cuchillo para abrirlo. La mujer era muy hermosa y no se había molestado en vestirse al despertar.
  Ella le contó que su jefe la había contratado para entretenerlo y que no abriese el paquete.
  Juan estalló de rabia. Nunca le había sido infiel a su mujer en veinte años. ¿Y si ella se enteraba?
Aquello podía arruinar su matrimonio.
  —Si cree que una prostituta va a frenarme, está muy equivocado.
  Su jefe entró mientras Juan peleaba con la dura cinta que cerraba el paquete. El primer golpe le bajó dos dientes. El segundo casi le fractura varias costillas. Luego el ojo. Y otra vez más dientes volaron de su boca. Más por instinto que por conciencia, uso el cuchillo para defenderse con tanta puntería que su jefe dejó de golpearlo de inmediato. Lo había matado. Acto seguido, se desmayó.

Juan se despertó sin tener idea de donde estaba.  El dolor en su boca era muy fuerte…….

martes, 16 de junio de 2026

LA COMETA Y EL TREN

 Este es un recuerdo de la infancia, teñido por el paso del tiempo y la nostalgia. Pero es por lo menos un noventa por ciento real.



Corría el año 1973. El barrio Capurro miraba a la bahía desde su playa arruinada por los efluentes de ANCAP, que convirtieron sus hermosas aguas en una ciénaga de la que salíamos con un pegote negro muy difícil de remover de nuestra piel.
  Su hermoso parque aún no había sido víctima del inexorable alcance del progreso, ni del trazado de los accesos a Montevideo que le robarían una buena parte de su extensión.
   En ese hermoso barrio de cara al Río de la Plata, transcurrió nuestra infancia pobre pero feliz.
   Aquellos niños que fuimos mis hermanos y yo, ignorábamos los complicados momentos que se vivían en el el país, cuidada nuestra inocencia por los adultos que formaban parte de nuestro entorno más cercano: nuestros abuelos maternos, Miguel y Élida; papá y mamá, cuyos nombres de pila ignoraba yo en aquellos tiempos. 
    Jugar en la calle era habitual en una época de tránsito más bien escaso y donde el consumo de drogas y la delincuencia todavía no habían causado estragos entre la población, cuando podíamos estar seguros en el exterior. Nuestras diversiones eran las de cualquier niño de entonces. Los varones con el trompo, la pelota y las bolitas.  Las niñas con sus muñecas, sus juegos de té y la cuerda para saltar. Juegos diferenciados por género, algo habitual antaño.
  Sin embargo, la primavera traía un entretenimiento que solía ser más igualitario: remontar las cometas. Para los niños de ahora, acostumbrados a comprar las cosas hechas, resultaría difícil imaginar todo el trabajo previo a ese instante donde el viento se convertía en cómplice de nuestro juego, elevando nuestras cometas hasta llenar el cielo formando un mosaico multicolor y cambiante.
   Aunque la confección casi siempre era tarea exclusiva de los varones, siempre había que recurrir a nuestras madres y abuelas para pedir retazos de tela y formar esa larga cola que impedía que nuestros ingenios voladores aterrizaran de cabeza aún antes de despegarse mucho del suelo.
   La primera parte consistía en cortar longitudinalmente las cañas (en esos años aún no se usaba madera), tarea exclusiva de los adultos ante la posibilidad de lastimarnos la mano, y por un tema de fuerza física también. Se le hacían unas muescas en ambas puntas de las tiras, a veces un pequeño agujero en el centro de las mismas y, mediante la unión con el famoso hilo de cometa, se formaba el esqueleto que variaba de acuerdo al diseño de la misma, que podía ser un barco, un pájaro, una estrella y todo aquello que la imaginación y los principios físicos que gobernaban su vuelo permitieran.
   Aquella tarde, papá junto a nuestro tío Miguel habían armado el necesario esqueleto para crear una estrella. Mi hermano menor y yo pegamos con goma y mucho cuidado los pedazos del papel cometa para rellenar aquella estructura de hilo y cañas, mitad azul y mitad roja. Después, con unas tiritas más pequeñas y de otros colores, alegramos los bordes de nuestra cometa con cientos de flecos. Mamá le colocó una larga cola hecha con retazos de sábanas; papá los tiros y un hilo largo que envolvió con habilidad en un pedacito de madera, mientras los niños veíamos con ojos asombrados como el ovillo crecía a gran velocidad.
  Si algo no ha cambiado en el carácter de los niños, es lo insoportable que se ponen cuando quieren algo, ignorando por completo las razones aducidas por los adultos ante sus por qué; discusión que se solía zanjar con un contundente «Por que lo digo yo, y chau»
  Ahí solo quedaba acatar. Pero aquella hermosa tarde de primavera, nuestra insistencia tuvo su premio y conseguimos convencer a papá de que nos llevara al Parque Capurro a remontar nuestra recién creada estrella voladora. Mi hermana no quiso ir, quizás porque a sus diez casi once años no le pareció apropiado dedicarse a «juegos de niños». Yo, con mis ocho años recién cumplidos y mi hermano a un mes de llegar a los siete, nos alegramos; íbamos a tener más tiempo para remontar nosotros.
    En la rambla frente al estadio de Fénix, comenzamos con el clásico ritual. Papá sostuvo la cometa en alto y yo corrí unos cuantos metros, hasta que nuestra multicolor estrella comenzó a elevarse hacia el límpido cielo. Siguiendo las instrucciones del viejo, soltando y recogiendo el hilo según el viento requería, la cometa se elevaba rauda, haciéndose cada vez más pequeña.
  Nos fuimos turnando con mi hermano en el control de la piola, disputando los tiempos que nos correspondían a cada uno, con algunas discusiones que papá sabía zanjar con aquella frase lapidaria: —Si se siguen peleando nos vamos para casa—. Santo remedio.
    Nuestra feliz tarde tuvo un final inesperado y que no he conseguido borrar de mi memoria  a pesar de los años transcurridos. De los pocos recuerdos de ese tiempo que me quedaron grabados a fuego.
   Mientras disfrutaba de mi turno remontando, mi hermano, juntando cosas que nunca supe que eran, se fue arrimando a la vía sin darse cuenta que el tren de ANCAP venía desde la zona portuaria hacia la planta ubicada en la teja.
   Segundos más tarde, todo pareció suceder en cámara lenta, como si de una película se tratara. Papá que le pegó el grito a mi hermano y corrió a atajarlo antes de que llegara a la vía. Yo, asustado, que solté el palito que me ataba a nuestro pájaro de papel. La cometa que se elevaba aún más hacia el azul infinito, libre ya de ataduras terrenales. Y el tren, el maldito tren, el insensible tren, el odioso tren, que pasó junto a mis seres queridos cuando ya estaban a una distancia segura y enganchó el hilo de la cometa, cuya libertad de volar dejó de ser tal, y la clavó en la copa de un árbol altísimo en el medio del Parque Capurro, donde se quedaría hasta que el tiempo y la erosión hicieran su trabajo.
  Más de cincuenta años después, me parece verla aún entre esas ramas, perdido para siempre su sueño de vagar entre las nubes.