miércoles, 25 de febrero de 2026

LA CULPA

 ¿Puede existir una emoción más inútil y corrosiva que la culpa? En este fantasmagórica historia, un hombre busca expiar la suya para poder dormir en paz, confrontando a quién, según él,  fue el verdadero causante de una horrible tragedia. ¿Podrá conseguirlo?

 

—¿Cuántos años lleva cerrado el parque? Está bien conservado.
  La pregunta del comprador le pilla desprevenido. Jorge piensa antes de contestar.
  —Seis o siete. No más que eso. Por dos no llegó a los noventa años ininterrumpidos. Me ocupo de mantenerlo en buenas condiciones. Cada tanto enciendo las máquinas. Si lo compra tendrá que actualizar las habilitaciones. 
  El hombre recorre los juegos mecánicos y las tiendas. Se detiene en el tiro al blanco y pide para probar suerte. Jorge accede.
  —Tiene que esperar unos minutos para que el compresor cargue los rifles. 
  El comprador parece un niño con juguete nuevo. No erra un solo tiro. Le pide que duplique la velocidad de giro. Que la triplique. Es infalible.
  —Vaya puntería. Se llevaría todos los premios.
  Siguen caminando. El hombre mira varias veces su reloj.
  —Si no tiene tiempo ahora, lo podemos dejar para otro momento. Sr… ¿Me dijo su nombre?
    Lo mira y, ¿sonríe? A jorge no le gusta nada su expresión. Le recuerda a Jack Nicholson en El resplandor.
  —Me preocupa la demora de mi escribano. Para firmar los papeles. Alguien tiene que certificar su confesión. 
  —¿Mi… qué?
  —Su confesión de cómo mató a mi hermano. Soy Alberto Gómez. Hermano de Adrián.
  Recién entonces ve la pistola que apunta derecho a su cabeza. No sabe de armas. Pero está seguro que ese artefacto puede acabar con el poco cerebro que le queda.
  —No sé de qué habla.
  —Pronto lo sabrá.
   Es lo último que escucha antes del culatazo que lo sume en las tinieblas.
   

«Acabo de despertar de una maldita pesadilla. ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy sentado y atado a una silla? ¿Acaso no estaba soñando?» piensa Jorge.
 El dolor de cabeza y su cuerpo atrapado le confirman que no. Entre la bruma que empaña sus ojos, ve al comprador parado frente a él. Le cuesta demasiado enfocar. Empieza a recordar. Las palabras, el golpe. El gesto del psicópata.
   La mesa de oficina del parque donde están encerrados, está llena de papeles, fotos, recortes de periódicos. En un alarde de mal gusto Alberto ha ampliado la del muchacho con la cabeza destrozada por la caída.
  —¿Lo reconoce ahora? Fue un par de años antes de cerrar el parque. Usted manejaba la rueda gigante —afirma con una calma que no coincide con  su lenguaje corporal. Se pasea por la pieza con pasos largos, furiosos, mientras blande su arma frente a Jorge. Es un animal enjaulado con su presa indefensa.
  Jorge asiente con la cabeza.
 —¿Va a negar que fue su culpa? 
—¿Mi culpa? Fue un suicidio. La policía lo confirmó. Antes de subir a la rueda se bebió un frasco de veneno. Lo tenía con él. Por qué saltó antes, nadie lo sabe. 
  —Claro, claro, ¡Su tío comisario lo hizo para salvarlo.
  —¿Mi tío? Oiga, que tenga el mismo ape… ¡Ay!
  El puñetazo le arranca dos dientes. Empieza a llorar y reír a la vez.
  —¿De qué se ríe, imbécil? ¿No se da cuenta que si no confiesa va a morir aquí?
  A Jorge le cuesta responder. El golpe le descolocó la mandíbula. Siente el calor de la sangre en su boca.
  —Ambos moriremos aquí, ambos. Esa puerta, la única salida, solo yo puedo abrirla con mi huella y desde afuera. ¿Por qué cree que estaba abierta? Trate de abrirla, vamos. A ver quién es el imbécil.
 Recién entonces el falso comprador nota que la puerta no tiene pestillo, ni cerradura. La embiste con fuerza. Nada. Como si estuviera soldada. Busca una ventana. No la hay. Toma un extintor y comienza a golpear las paredes, luego vuelve a atacar la puerta. Nada. Transpirando a mares, toma a Jorge por las solapas.
  —Te voy a soltar y vas a abrir la maldita puerta —dice al borde de la desesperación. 
  —No puedo. Nadie puede —responde Jorge sonriente. Acto seguido comienza a reír a carcajadas. Acaba de recordar algo importante. ¿Cuánto tiempo lleva muerto? Alberto le mete una bala entre ceja y ceja, pero Jorge se sigue riendo. Se levanta de la silla y mira al otro directo a los ojos.
 —Si no fueras tan homofóbico, si hubieras aceptado su opción sexual, nada de esto hubiese pasado. Ahora, te has condenado como nos condenaste a nosotros. Yo me suicidé una semana después. Por tu culpa. No quería vivir sin él. Adiós.
  El fantasma de Jorge atraviesa la puerta. Alberto, desesperado, mete el arma en su boca y cuando está por disparar, la habitación, el parque; todo desaparece. 
Menos la culpa. Esa crece cada día, y no desaparecerá ni con su propia muerte.
 
   
 

viernes, 20 de febrero de 2026

Y me preguntas por qué



Me preguntas por qué escribo,

(por qué necesito hacerlo)

para qué lo hacés, me dices

si quizás nadie te lea

y si te lee no entienda

y si lo entiende se burle

te diga que porquería

cuantas palabras gastadas

y al final, la nadería


Me preguntas por qué escribo

si leer pasó de moda

si hacer tiktok es más fácil

mucha más gente los mira

aunque teniendo esa cara

y esa voz de porquería

que a duras penas se entiende

entiendo que no lo harías


Me lo preguntas de nuevo

¿no te sirve mi respuesta?

¿No entendés que necesito

hacerlo aunque no se venda?

Que las palabras del alma

se agolpan contra mi puerta

porque me duele la vida

porque me mata la guerra

y necesito sacarlas

gritarlas aunque me duela

pues si quedan adentro

el alma se me envenena


Ya no preguntes, so necio

yo no espero que lo entiendas

igual que yo no comprendo

tu pasión por la riqueza

que todo midas en plata

tu amor por acumular

nada te vas a llevar

cuando dejes este mundo

bien ligeros de equipaje

la parca nos llevará

y de nada servirá

todo eso que ganaste

solo el amor que sembraste

para siempre vivirá


miércoles, 11 de febrero de 2026

DOÑA CHOLA

 Recuerdos de mi lejana infancia.  De aquella vecindad de puertas abiertas y manos extendidas. Una mujer que dejó una marca imborrable en mi vida. Ejemplo de generosidad y valentía. Una de esas tantas mujeres anónimas que si no existieran, habría que inventarlas.


 Recordando a Doña Chola.


Vecina solidaria, amiga de la familia en general pero más que nada de mamá, doña Chola fue una presencia constante durante mi infancia y fundamental en la consecución de mi primer trabajo fuera de casa. El primero fue como aprendiz de hojalatero con mi querido abuelo Miguel en la casa donde me crie, en el barrio Capurro de Montevideo.

  Mi tarea consista en lavar botellas de vidrio que su hijo usaba para envasar productos de limpieza fabricados por él de manera artesanal, en los comienzos de una pequeña fábrica que con los años crecería hasta hacerse un lugar en el mercado capitalino.

  En una pileta doble de lavar ropa, ella ponía en remojo las botellas que tenían etiqueta para facilitar su retiro, un par de horas antes de mi llegada. Yo trabajaba seis horas de lunes a viernes en un ambiente donde tanto Chola como su familia me trataban como si fuera un miembro más de la misma.

   El dinero que ganaba no era mucho, pero me servía para pagarme mis estudios de dibujo por correspondencia e ir al estadio todos los fines de semana, además de comprar algo de ropa y ayudar con los gastos de la casa.

     Todo esta cháchara no es más que una excusa para recordar a esta querida vecina, que cuando tenía que quedarme un rato más trabajando me preparaba un refuerzo con queso y dulce de membrillo acompañado de una taza de cocoa, fría en verano, caliente en invierno y me obligaba a sentarme a merendar. Que siempre estaba para dar una mano cuando alguien estaba enfermo o precisaba ayuda. Que siempre tenía abiertas de par en par las puertas de su casa.

   Que se preocupaba cuando el agua de lavar estaba muy fría y se ocupaba de hervir agua en una olla para templar el contenido de la pileta. Que me alcanzaba una fruta a media tarde para obligarme a hacer una pequeña pausa en mi tarea. No sea cosa que un jovencito de quince años se cansara mucho por estar algunas horas parado.

    Cuando no tenía clientes en su pequeño quiosco ni estaba muy ocupada con las tareas del hogar, se acercaba a acompañarme un rato, para preguntar si no precisaba nada, si estaba tomando suficiente agua o precisaba ir al baño.

    La vida no fue muy amable con ella y le tocó sufrir algunas pérdidas de esas que por absurdas e inesperadas, son aún más dolorosas. Sin embargo, ella siguió adelante con la frente en alto y regalando esa sonrisa y bondad que la caracterizaban.

   Tenía algo más de ochenta años cuando la muerte se la llevó de manera insólita e inesperada.  Mientras esperaba para cruzar la calle, un camión marcha atrás la golpeó en la cabeza, terminando con su vida. Aún recuerdo la tristeza de mamá (y la mía) cuando me comunicó su partida.

   Congoja que me asalta mientras plasmo estos recuerdos en el papel. Trato de recrear en mi mente aquella sonrisa cálida con que me recibía cada día cuando llegaba a trabajar. Es la mejor manera de recordarla.

    

domingo, 1 de febrero de 2026

CAMBIO DE CUERPO

 Un cuento bien corto y quizá bastante tonto. Pero a veces la creatividad nos lleva por caminos muy extraños. ¿Qué pasaría si un día te despertaras en un cuerpo que no es el tuyo?

¿NO NOTÁS NADA RARO?

 Bajé de la cama con una facilidad extraña, como lo hacía muchos años atrás. Los huesos de mi espalda baja, esos que me impedían agacharme, se sentían super flexibles. 
  Medio dormido aún, observé las paredes de mi cuarto para asegurarme que no estaba soñando. Sin duda ese era mi dormitorio, esa era mi cama, pero algo no cuadraba. 
  En un gesto típico cuando me sentía desconcertado, llevé mi mano a mi calva y, ¡oh, sorpresa!, mis dedos se enredaron en una maraña de pelo ensortijado. ¿Me había puesto una peluca acaso? Había quedado calvo muy joven, y siempre había bromeado con comprar una. Tironeé  para sacarla y el dolor me hizo lanzar una interjección.
  —¡Maldición. Esta cosa está pegada!
Acaricié mi panza cervecera, y casi me desmayo. La grasa abdominal había desaparecido. Mis manos se veían demasiado delgadas. Mis piernas igual. Y largas además.
  Corrí hacia el baño, desesperado. Me golpeé la cabeza con el marco de la puerta y el espejo me devolvió la imagen de un joven alto y delgado, con abundante pelo y al menos con veinte años menos. Cuando escuché que mi esposa se levantaba, tranqué la puerta del baño. Ella golpeó.
 —No puedo abrir ahora —respondí con una voz demasiado aflautada para ser la mía.
 —Por favor, abre. Me estoy meando.
Sin saber qué decir abrí la puerta. Ella me saludó con su habitual beso matutino.
 —¿Te pasa algo? —preguntó —. No tienes buena cara.
 —¿No notás nada raro? —pregunté, al borde de la locura.
Ella me miró de arriba abajo. Luego dijo, tratando de aguantar la risa:
  —Te pusiste dos medias de distinto color. Cambiate antes de ir al trabajo. Qué después te quejás que te agarran de punto.