miércoles, 4 de marzo de 2026

HOBBY DOGGING

 Hay una nueva moda en europa llamada "hobby Dogging" donde la gente sale a pasear mascotas inexistentes, e incluso forman clubes y entrenan sus mascotas imaginarias en circuitos para perros reales. La capacidad de asombro se pone a prueba día a día.



VALIENTE

 Una historia sencilla sobre un caballo y su dueño, inspirado en un cuadro de Pedro Figari.


     Resoplé, cansado de cabalgar por la pampa, rumbo al añoso ombú por tercera vez en cuatro días. A pesar de que el sol brillaba tenue en un nuevo atardecer, la transpiración me provocaba un intenso ardor en la vista, como si exudara jugo de limón en lugar de sudor.
     Mis intentos por tratar de convencer a la patrona de que no me mandara otra vez a buscar al caballo arisco, habían resultado inútiles. Ella no entendía que el pobre animal no quería dejar de ir al lugar donde cada tarde llevaba al patrón a descansar tocando la guitarra hasta que la noche los invitaba a volver.
   Don Rudecindo, mi querido patrón, había fallecido pocos días atrás de un repentino fallo cardíaco. Y es que el hombre rebosaba salud por todos los poros, pese a haber pasado largamente la octava década desde su alumbramiento, ocurrido justo en el mismo momento que nacía un nuevo siglo. Una larga vida dedicada al trabajo del campo, noble, duro, sacrificado. Nunca se había quejado. Su espalda doblada por años de labor parecía desconocer el dolor. 
   Sus callosas manos acariciaban las cuerdas de la vihuela con maestría, y su hermoso corcel lo escuchaba como hipnotizado. El patrón decía (y yo creo que era cierto) que el animal bailaba al ritmo de la música, como si fuera capaz de percibir los matices del tono y la melodía.
    No tenía buena voz. Sin embargo, el canto surgía tan de lo profundo de su alma, que aquel detalle carecía de importancia. Era poesía pura, muchas veces improvisada, declamando su profundo amor a la tierra y sus bellezas naturales.
    Luego de las exequias fúnebres, que duraron dos días, la dolida viuda notó que el caballo de su marido no estaba. Y siendo yo el capataz, debí salir en su búsqueda. Una, dos, tres veces.
  No era difícil encontrarlo. Muchas veces había acompañado a Don Rudecindo en sus excursiones vespertinas hasta el ombú, viendo como Valiente, su caballo, hacía el recorrido de memoria, sin necesidad de que el hombre lo guiara.
   «El hombre es un animal de costumbres», me dijo el patrón pocos días antes de emprender el viaje sin retorno. « Pero no sólo el hombre, también mi querido valiente lo es». «Si hasta parece humano», agregó enseguida. Se le iluminaban los ojos cada vez que hablaba de su caballo.
  Cuánta razón tenía. A veces creo que el animal seguía escuchando en su interior las desafinadas notas que el don compartía con él todas las tardes.
   Porque no era un caballo cualquiera. Era el último hijo de la yegua favorita del patrón. Había nacido el día de su cumpleaños número sesenta. Y por eso se ocupó de Valiente personalmente. Era “su caballo”, ese y ningún otro. El hijo macho que la naturaleza le había negado a la pareja, bendecida con cuatro hermosas mujeres, había llegado en un formato diferente, pero tan bello como sus mozas.
   Un animal noble, fuerte, leal como pocos hombres, valiente como su nombre, dueño de una estampa impresionante, que enamoraba al instante a quién lo veía. 
   Cuentan algunos, y yo doy fe de ello, que en una ocasión, en medio de una feroz tormenta, salió con el patrón a buscar algunas vacas asustadas. Durante el regreso, Valiente evitó que la furia de la crecida arrastrara a don Rudecindo a una muerte segura, cuando este cayó de su silla a las embravecidas aguas, sujentándolo del cinto con sus potentes mandíbulas para luego lanzarlo de nuevo sobre su lomo y cargarlo casi inconsciente hasta las casas.
    Eran uña y carne. Un alma en dos cuerpos. Estaba seguro que Valiente no iba a durar mucho tras la muerte de su dueño y amigo. De su hermano. La patrona, una mujer estudiada y mucho más racional que yo, me decía que no hablara pavadas. Que un caballo era eso y nada más. Un caballo.
   Ella no entendía esa hermandad entre el hombre y la bestia. Bastaba con verlos cabalgar para saber lo que cada uno significaba para el otro. Hay cosas que no se estudian en ningún lado. Te las enseña la vida. El instinto. El corazón.
      Cuando llegué a pocos metros del ombú, la mirada de Valiente me dijo sin palabras lo que en mi fuero íntimo yo ya sabía.
    Que no iba a volver. Que si su otra mitad se había ido, él también lo haría. Que lo iba a esperar al pie de su árbol, para marchar juntos al paraíso.
Casi me caigo al bajar de mi propio caballo, sintiendo que me fallaban las piernas.
  Me acerqué tembloroso, acaricié por última vez su lomo, besé su frente y le dije al oído que estaba bien, que era su derecho. Si la patrona no lo entendía, allá ella. No había fuerza humana que lo obligara a salir de allí. Ni yo estaba dispuesto a intentarlo.
  Me alejé despacio, casi arrastrando mis vacilantes pasos. Antes de montar para emprender el regreso, volví la vista atrás. Nuestras miradas coincidieron por última vez, y vi como en su boca se dibujaba una sonrisa. 
   Valiente volvió a mirar adelante, hacia el ombú, donde con seguridad el alma de Don Rudecindo lo estaba llamando, cantando esa hermosa canción que había compuesto para él.
  Aunque  no soy un tipo sensible, no pude evitar lagrimear al ver al caballo echarse por última vez junto al árbol. Juro que escuché la voz del patrón, fuerte, segura, feliz, dando la bienvenida a su amado amigo de cuatro patas. Lo juro por mis hijos. Por los doce.


miércoles, 25 de febrero de 2026

LA CULPA

 ¿Puede existir una emoción más inútil y corrosiva que la culpa? En este fantasmagórica historia, un hombre busca expiar la suya para poder dormir en paz, confrontando a quién, según él,  fue el verdadero causante de una horrible tragedia. ¿Podrá conseguirlo?

 

—¿Cuántos años lleva cerrado el parque? Está bien conservado.
  La pregunta del comprador le pilla desprevenido. Jorge piensa antes de contestar.
  —Seis o siete. No más que eso. Por dos no llegó a los noventa años ininterrumpidos. Me ocupo de mantenerlo en buenas condiciones. Cada tanto enciendo las máquinas. Si lo compra tendrá que actualizar las habilitaciones. 
  El hombre recorre los juegos mecánicos y las tiendas. Se detiene en el tiro al blanco y pide para probar suerte. Jorge accede.
  —Tiene que esperar unos minutos para que el compresor cargue los rifles. 
  El comprador parece un niño con juguete nuevo. No erra un solo tiro. Le pide que duplique la velocidad de giro. Que la triplique. Es infalible.
  —Vaya puntería. Se llevaría todos los premios.
  Siguen caminando. El hombre mira varias veces su reloj.
  —Si no tiene tiempo ahora, lo podemos dejar para otro momento. Sr… ¿Me dijo su nombre?
    Lo mira y, ¿sonríe? A jorge no le gusta nada su expresión. Le recuerda a Jack Nicholson en El resplandor.
  —Me preocupa la demora de mi escribano. Para firmar los papeles. Alguien tiene que certificar su confesión. 
  —¿Mi… qué?
  —Su confesión de cómo mató a mi hermano. Soy Alberto Gómez. Hermano de Adrián.
  Recién entonces ve la pistola que apunta derecho a su cabeza. No sabe de armas. Pero está seguro que ese artefacto puede acabar con el poco cerebro que le queda.
  —No sé de qué habla.
  —Pronto lo sabrá.
   Es lo último que escucha antes del culatazo que lo sume en las tinieblas.
   

«Acabo de despertar de una maldita pesadilla. ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy sentado y atado a una silla? ¿Acaso no estaba soñando?» piensa Jorge.
 El dolor de cabeza y su cuerpo atrapado le confirman que no. Entre la bruma que empaña sus ojos, ve al comprador parado frente a él. Le cuesta demasiado enfocar. Empieza a recordar. Las palabras, el golpe. El gesto del psicópata.
   La mesa de oficina del parque donde están encerrados, está llena de papeles, fotos, recortes de periódicos. En un alarde de mal gusto Alberto ha ampliado la del muchacho con la cabeza destrozada por la caída.
  —¿Lo reconoce ahora? Fue un par de años antes de cerrar el parque. Usted manejaba la rueda gigante —afirma con una calma que no coincide con  su lenguaje corporal. Se pasea por la pieza con pasos largos, furiosos, mientras blande su arma frente a Jorge. Es un animal enjaulado con su presa indefensa.
  Jorge asiente con la cabeza.
 —¿Va a negar que fue su culpa? 
—¿Mi culpa? Fue un suicidio. La policía lo confirmó. Antes de subir a la rueda se bebió un frasco de veneno. Lo tenía con él. Por qué saltó antes, nadie lo sabe. 
  —Claro, claro, ¡Su tío comisario lo hizo para salvarlo.
  —¿Mi tío? Oiga, que tenga el mismo ape… ¡Ay!
  El puñetazo le arranca dos dientes. Empieza a llorar y reír a la vez.
  —¿De qué se ríe, imbécil? ¿No se da cuenta que si no confiesa va a morir aquí?
  A Jorge le cuesta responder. El golpe le descolocó la mandíbula. Siente el calor de la sangre en su boca.
  —Ambos moriremos aquí, ambos. Esa puerta, la única salida, solo yo puedo abrirla con mi huella y desde afuera. ¿Por qué cree que estaba abierta? Trate de abrirla, vamos. A ver quién es el imbécil.
 Recién entonces el falso comprador nota que la puerta no tiene pestillo, ni cerradura. La embiste con fuerza. Nada. Como si estuviera soldada. Busca una ventana. No la hay. Toma un extintor y comienza a golpear las paredes, luego vuelve a atacar la puerta. Nada. Transpirando a mares, toma a Jorge por las solapas.
  —Te voy a soltar y vas a abrir la maldita puerta —dice al borde de la desesperación. 
  —No puedo. Nadie puede —responde Jorge sonriente. Acto seguido comienza a reír a carcajadas. Acaba de recordar algo importante. ¿Cuánto tiempo lleva muerto? Alberto le mete una bala entre ceja y ceja, pero Jorge se sigue riendo. Se levanta de la silla y mira al otro directo a los ojos.
 —Si no fueras tan homofóbico, si hubieras aceptado su opción sexual, nada de esto hubiese pasado. Ahora, te has condenado como nos condenaste a nosotros. Yo me suicidé una semana después. Por tu culpa. No quería vivir sin él. Adiós.
  El fantasma de Jorge atraviesa la puerta. Alberto, desesperado, mete el arma en su boca y cuando está por disparar, la habitación, el parque; todo desaparece. 
Menos la culpa. Esa crece cada día, y no desaparecerá ni con su propia muerte.
 
   
 

viernes, 20 de febrero de 2026

Y me preguntas por qué



Me preguntas por qué escribo,

(por qué necesito hacerlo)

para qué lo hacés, me dices

si quizás nadie te lea

y si te lee no entienda

y si lo entiende se burle

te diga que porquería

cuantas palabras gastadas

y al final, la nadería


Me preguntas por qué escribo

si leer pasó de moda

si hacer tiktok es más fácil

mucha más gente los mira

aunque teniendo esa cara

y esa voz de porquería

que a duras penas se entiende

entiendo que no lo harías


Me lo preguntas de nuevo

¿no te sirve mi respuesta?

¿No entendés que necesito

hacerlo aunque no se venda?

Que las palabras del alma

se agolpan contra mi puerta

porque me duele la vida

porque me mata la guerra

y necesito sacarlas

gritarlas aunque me duela

pues si quedan adentro

el alma se me envenena


Ya no preguntes, so necio

yo no espero que lo entiendas

igual que yo no comprendo

tu pasión por la riqueza

que todo midas en plata

tu amor por acumular

nada te vas a llevar

cuando dejes este mundo

bien ligeros de equipaje

la parca nos llevará

y de nada servirá

todo eso que ganaste

solo el amor que sembraste

para siempre vivirá