lunes, 26 de enero de 2026

CARTA DE UN HIJO ADOPTIVO A SU PADRE

 Cuando escribí estos versos, desconocía el hecho de que un querido amigo era adoptado. Cuando leyó el poema se conmovió y me contó su historia. Él lo supo desde pequeño y lo vivió de la forma más  natural. Incluso pensó que yo sabía sobre su adopción, o que su madre me lo había contado. Ni lo uno ni lo otro. ¿Casualidad? No creo en las casualidades. Espero que lo disfruten.

   CARTA DE UN HIJO ADOPTIVO A SU PADRE


Padre:

¡Qué momento tan difícil

el de enfrentar la verdad

esa que tanto guardaste

que bien supiste ocultar!


Esa verdad que conozco

que llevo siempre contigo;

lo soy desde muy pequeño,

yo soy tu hijo adoptivo


¿Te sorprende que lo sepa

mi muy querido papá?

No sé por qué lo he callado

no te lo puedo explicar


Tal vez tuviera temor

de confirmar la verdad,

Pero, vos, ¿por qué callaste,

no vale más tu amistad?


¿No vale más tu cariño

que un documento arrugado?

¿O vos tenías temor

de sentirte rechazado?


¡Qué importa si por mis venas

no corre tu sangre, amigo

si mi vida ha navegado

por el mar de tu cariño!


Papá y mamá son ustedes

que me dieron un hogar

dos fantásticos hermanos

y me enseñaron a amar


Lea esta carta y medita

piensa papá, viejo amigo

que tan solo soy tu hijo,

olvida lo de adoptivo


Cuando volvamos a vernos

solo una cosa te pido

un abrazo silencioso

con tu hijo, el elegido.

jueves, 22 de enero de 2026

ESTAFADO DE LA MANERA MÁS BOBA

La historia a continuación tiene de ficción lo poco que mi memoria no fue capaz de recordar con fidelidad. De esto hace cerca de treinta y cinco años. Y todavía hoy me sigo preguntando como ignoré las señales, tan claras, de que aquel aviso encerraba una burda estafa


SE AGRADECEN LOS COMENTARIOS, ES BUENO SABER QUE HAY GENTE REAL DEL OTRO LADO Y NO SOLO BOTS.

A lo largo de mi vida realicé muchos trabajos diferentes. Aprendiz de hojalatero, lavador de botellas, peón primero y armador después en una metalúrgica, instalador eléctrico y de cable, portero y algunas cosas más. Por lo general era yo quién cambiaba de trabajo con la intención de progresar., aunque alguna vez me despidieron.
    Una de esas ocasiones fue cuando mis hijas mayores eran chicas, razón sobrada para salir enseguida a buscar un nuevo empleo.
   Entre las muchas ofertas que salían en los diarios, llamó mi atención una muy particular: camarógrafo para cine y tv, previa formación en una academia “de primer nivel”.
  Siempre me interesó el mundo audiovisual, me pareció una gran oportunidad. Los folletos de la academia, a la que concurrí en medio del reparto de solicitudes de empleo y currículums impresos, mostraban una infraestructura de primer nivel con cámaras profesionales, consolas, equipos de audio e iluminación y todo lo necesario para realizar las prácticas.
     Lo mejor del aviso y el anzuelo que me tragué de entrada era sobre el pago del curso, que no era barato : pague cuando comience a trabajar. Decían tener contactos con los canales de televisión y productoras audiovisuales. Caí como un pelotudo. No es por justificarme, pero en aquellos años no era posible buscar antecedentes ni información del curso. Además, me parecía imposible que alguien fuera capaz de estafar a la gente desocupada jugando con su necesidad. 
   Una primera luz amarilla me invitó a desconfiar pero no lo suficiente. Me hicieron firmar un voucher por el total del curso. «Tranquilo, es para cubrirnos, no lo vamos a ingresar hasta que empiecen a laburar». Raro, pero decidí confiar.
  Segunda luz amarilla: el salón de clases era un local metido al fondo de una galería céntrica con apenas una pizarra y algunas sillas. «Los equipos están en el otro local» dijeron.
  La peor de todas fue la tercera. Luego de entregarnos el programa del curso, el “profesor” nos explicó con una cara más dura que el granito cómo estaba estructurado el mismo. Insólito.
   Las clases estaban concebidas con una estructura circular. Podías entrar en cualquier parte del curso, arrancar por el manejo de cámaras sin haber aprendido nada de lo básico antes. De las cosas más absurdas que escuché en mi vida.
  Al finalizar la primer clase varios fuimos a reclamar los vouchers para dejar el curso, que estaban en la oficina dónde habíamos firmado (otro local) ya cerrado a esa hora. Nos convencieron de seguir un par de clases más, hasta la primera práctica, con la promesa de devolvernos el dinero si decidíamos no continuar.
   El “alumno” más viejo, complotado sin duda con el profesor y su socio, defendía a la academia a capa y espada, nos alentaba a seguir adelante, que el curso era genial y que ya tenían pedidos de  camarógrafos para varios canales locales. 
  Durante la tercer clase salimos a hacer prácticas; ¡con una handycam para veinte alumnos! Una cámara doméstica, con la excusa de trabajar en exteriores aprovechando el buen clima. Sí, una de esas cámaras tan de moda por entonces en los cumpleaños y fiestas escolares, que de profesional no tenía ni la marca.
   Dos días más tarde recibí el estado de cuenta de la tarjeta. Por supuesto, el cobro del curso estaba ahí, íntegro. A las financieras no les importa si te estafaron o no. Ellos habían recibido el maldito papel con mi firma. Así que pague y después haga el reclamo que quiera. Parte del despido se me fue con ese pago.
   Para la cuarta clase nos juntamos afuera con varios compañeros; a todos nos había pasado lo mismo. Decididos a ir por lo que era nuestro, algunos por la fuerza si era necesario, nos encaminamos  hacia el salón solo para llevarnos una muy fea sorpresa; la academia y su oficina estaban cerradas y vacías, con un cartel de “se alquila”. El portero de la galería nos contó que dos días atrás se habían llevado todo. Y por la descripción de los tres que vaciaron los locales, el falso alumno estaba entre ellos.
   No recuerdo cuántos realizaron la denuncia, ni siquiera sé con certeza si yo la hice. Pero fue inútil, al igual que los intentos de que la tarjeta de crédito me devolviera el dinero. Ellos habían desaparecido sin dejar rastro. Y yo había malgastado un dinero que no me sobraba.
  Durante un tiempo seguí buscando el aviso entre los clasificados con la esperanza de que los atraparan. Por razones obvias, nunca más apareció.
   Aún hoy me pregunto como caí (caímos como veinte) en una estafa tan burda e inmoral. Al igual que el ladrón creo que todos son de su condición, los honestos creemos que toda la gente es como nosotros.
MORALEJA PARA MÍ MISMO: No todos son como uno. Hay gente sin ética ni moral. Sin embargo, no me arrepiento de seguir confiando en los demás; prefiero mojarme en la tempestad de la decepción a vivir con el paraguas abierto. He dicho.