martes, 24 de marzo de 2026

EL ÚLTIMO (Cuento completo)

 Este cuento cierra mi libro "El nieto del dictador". Basado en el microcuento de    Frederic Brown citado a continuación, es una distopía donde trato de imaginar cómo sería la vida en esa soledad extrema. Espero que lo disfruten.

                                         El último hombre sobre la tierra está en su habitación. Golpean a la puerta.

                                                                                                                        Frederic Brown


La tormenta arreciaba cada vez con más furia. El hombre trancó las ventanas y se sentó a comer solo, como todas las noches durante los últimos veinte años. Le había costado acostumbrarse a aquella soledad forzosa, interminable, dolorosa.

Luego de que la última gran guerra bioquímica eliminó a todos los seres del reino animal terrestre (incluidos casi todos los humanos), despertó un día sin saber cómo ni por qué había sobrevivido a aquella locura global. Poco podía recordar de su vida anterior, pero sí sabía que el intento de suicidio motivado por el deseo de escapar de los horrores de la guerra le había salvado la vida.

Disponía de todo un mundo para él, de las instalaciones que habían sido construidas para una población de diez mil millones de habitantes, y todo funcionaba a la perfección sin necesidad de intervención alguna. El incesante progreso tecnológico de finales del siglo XXI había automatizado todo de tal modo que en cualquier punto del globo en que decidiera quedarse dispondría de agua potable y energía eléctrica por el resto de su existencia.

Meditó sobre los aciagos años transcurridos desde que había despertado de aquel inexplicable sueño inducido por dos frascos de tranquilizantes mezclados con el contenido de aquella botella negra de gusto amargo que pensó que era veneno. Sin querer descubrió así el antídoto para la peste que había eliminado toda vida animal.

Recorrió el planeta en los vehículos antigravedad disponibles por todos lados, con la esperanza de encontrar a algún otro sobreviviente. Ciudades enteras vacías, muertas, silenciosas. La Tierra se había convertido en un enorme cementerio alimentado por la estupidez de una raza que había alcanzado la madurez tecnológica estando aún en la infancia moral.

Cuando por fin aprendió a manejar los equipos y logró comunicarse con las bases humanas en la Luna y Marte, supo por los autómatas que las mantenían funcionando que tampoco allí se había salvado nadie.

Cuando se cansó de recorrer el mundo, cuando la esperanza de encontrar a algún otro ser se desvaneció, cuando por fin fue capaz de aceptar que estaba solo, que era el único sobreviviente de una raza que había creído ser la cima de la evolución, cuando se aburrió de comer la comida enlatada e hipercongelada que tenía a su disposición en miles de supermercados de todo el mundo, se estableció allí, en el campo. Aprendió a cultivar sus propias verduras, a amasar su propio pan. Aprendió el arte de la meditación y en su mente se fijó la idea de que, por alguna desconocida razón —una muy difícil de comprender o descubrir—, él había sobrevivido a aquella autoextinción. ¿Por qué?, ¿para qué? Tenía toda la vida para descubrirlo.

A pesar de su inevitable soledad, nunca se aburría. Además del trabajo en la huerta y la panadería, disponía de miles de películas en DVD y VHS, de millones de libros y de cuanta música pudiera desear. Claro que a veces la nostalgia por la compañía humana lo invadía y sentía enormes deseos de llorar. Entonces recurría a los clásicos universales del humor, a Chaplin, Abot y Costello, los hermanos Marx, el Gordo y el Flaco, Les Luthiers. Ellos lo consolaban y, al menos por un rato, lo hacían sentirse acompañado. Sin embargo, aquella noche creyó que la cordura lo abandonaba definitivamente. Alguien estaba golpeando la puerta. Bajó la música y esperó tenso. El rítmico golpeteo se repitió. ¿Alucinaba?

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

El llamado se repitió por tercera vez. Ahora no tenía dudas.

¿Sería una mujer? Añoraba tanto el contacto con una piel cálida, suave, el roce de otros labios sobre los suyos, el estremecimiento de los sentidos agitados por el deseo y la pasión. Sintió que le faltaba el aire. ¿Y si era un hombre? Bueno, tampoco le vendría mal un abrazo, un sincero apretón de manos, una conversación larga y distendida, unos ojos donde mirarse y sentir que ya no volvería a estar solo.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¿Quién es? —preguntó entre asustado y feliz.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Nuevamente no hubo respuesta, pero los nudillos contra la puerta volvieron a sonar.

Acercó la mano temblorosa. ¡Qué importaba quién fuera o cómo fuera! Por la forma de golpear sólo podía ser un ser humano igual a él, buscando refugio en aquella inhóspita noche.

Cuando su mano aferró ¡por fin! el pomo de la puerta, sintió que la sangre se agolpaba en sus sienes mientras el corazón se le aceleraba bruscamente y percibió una sensación nueva, desconocida, una energía que lo recorrió de pies a cabeza hasta que, segundos después, lo arrojó exánime varios metros más allá, liberando para siempre su alma de aquella indescriptible soledad.

Afuera, los cables eléctricos volteados por la feroz tormenta chispeaban de a ratos electrificando la puerta donde, a intervalos regulares, el viento jugaba con el aislador aéreo, haciéndolo golpear rítmicamente con un casi humano toc, toc, toc.

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