martes, 26 de mayo de 2026

RENACIMIENTO

 El presente relato nos invita a padecer una de las peores pesadillas para quienes amamos los libros: un mundo donde la gente ya ni siquiera sabe leer. Aunque al final aparece un pequeño rayo de esperanza para devolvernos nuestra humanidad. 

Me encantaría recibir comentarios de los lectores. Es bueno saber que hay seres humanos del otro lado.



   Miro con orgullo el retrato de mi abuelo, una rareza en este mundo hecho trizas. Sentado frente a la chimenea encendida, sosteniendo con mano firme “El Decamerón” de Boccaccio, rezuma el aire intelectual de una época perdida a causa de nuestra propia estupidez.
    Ya nadie lee. Pero eso no es lo peor. Lo más terrible es que nadie sabe hacerlo ni le interesa aprender. Bueno, casi nadie. Un supuesto grupo rebelde reclama su dominio sobre el arte de la lectura. Ni siquiera creemos que dicho grupo exista.
  No sabemos todavía cómo pasó. O sí. Primero fue la calculadora, ese inocente aparatito que nos ahorró el trabajo de hallar una raíz cuadrada o resolver una ecuación diferencial. Después, llegaron las computadoras que nos evitaban horas de trabajo, mas no eran accesibles a todos. Mi abuelo las odiaba.
   Los teléfonos inteligentes, pequeñas computadoras de mano, pusieron al alcance de casi todo el mundo las maravillas de la tecnología. Solo quién viviera en la pobreza extrema no podía acceder a uno, pero tampoco a una educación formal. 
  En el segundo cuarto del siglo veintiuno, la inteligencia artificial comenzó a avanzar a un ritmo vertiginoso, un crecimiento exponencial que, según creo, fue la peor condena para nuestra cada vez más idiota y dependiente humanidad.
  No, no vino Schwarzenegger a exterminarnos. No. Las máquinas nos esclavizaron de un modo mucho más sutil. Nos convirtieron en sirvientes que hacían los que éstas ordenaban, sin preocuparse de entender el porqué.
  Los audiolibros, esa maravilla creada para que personas no videntes pudieran acceder a la cultura, fueron desplazando al libro impreso hasta convertirlo en una reliquia. Los escritores fueron muy pronto sustituidos por máquinas que creaban historias sosas y repetitivas que exigían poco del oyente, pero aumentaban sus niveles de dopamina en segundos.
   Las máquinas terminaron con la sordera, la ceguera, el cáncer, el parkinson y casi todas las enfermedades. También con el delito y la corrupción. Sin querer, destruyeron al hacerlo eso que nos hacía humanos. El amor, la empatía, el deseo de crear y compartir. La necesidad de ser.
  Nos dieron todo digerido, pronto para consumir. Todas las artes humanas desaparecieron. Libros, películas, música, pintura; todo se volvió artificial. Sin darnos cuenta, fueron ocupando nuestro lugar y nos convirtieron en artefactos orgánicos carentes de alma. En sus aparatos.
    Ya no había artistas sobre un escenario a los que premiar con los aplausos. Todos los viejos museos habían sido convertidos en recorridos virtuales por un mundo que había dejado de existir y por el que nadie se interesaba.
   Sin embargo, hubo algo que las máquinas no pudieron prever. La apatía fue ganando a la humanidad hasta el punto que dejamos de reproducirnos; ya nadie quería tener hijos a los que no podría criar. Ese fue otro punto de quiebre. Nuestro amos cibernéticos no se dieron cuenta del problema hasta que empezó a escasear la mano de obra. No fue un inconveniente para ellos. Fabricaron más y más robots humanoides. Pronto descubrieron que podían prescindir de nosotros y nos dejaron abandonados a nuestra suerte.
    Los suicidios masivos diezmaron la ya reducida población humana. Le habíamos vendido nuestras almas a un Dios hecho de cables y silicio, que no dudó en expulsarnos del paraíso.
   Tengo que dejar la casa antes de que vengan a tirarla abajo. Necesitan mi terreno cercano al río para sus centros de datos. Quisiera llevarme el cuadro del abuelo, pero es demasiado grande y no sé cuanto deberé pedalear hasta encontrar el asentamiento humano. Cargar la poca comida que aún me queda es mi única prioridad.
    Subo a la bicicleta y comienzo mi camino con una nueva sensación en el corazón. Mis ojos están húmedos, gotean. ¿Lágrimas? Quizás. ¿Esto es la tristeza? Tantos años viviendo como un autómata, sin pensar, criado en una “granja de humanos”, para servir a esos amos inhumanos que ya no me necesitan. Tras una vida entera de inconsciente esclavitud, la libertad se siente más como una carga que como un privilegio. Ahora entiendo eso a lo que llaman miedo… 

Llevo dos meses en el campamento. Los rebeldes existen y han tomado el control. Nos están enseñando a leer y escribir. Es muy difícil, pero cuando consigo entender tres palabras seguidas, siento algo llamado felicidad.
   Cultivamos nuestros alimentos. Somos apenas unos cuantos centenares, pero pronto seremos más. Ya hay algunas mujeres encintas. 
   María tiene más o menos mi edad y me mira con ojos brillantes. Voy a hablar con nuestro líder. Necesito saber qué es y cómo decirle lo que siento a esta mujer. Creo que estoy empezando a ser humano.

lunes, 11 de mayo de 2026

PAPI

 Natalia y Jorge se criaron en el mismo barrio. Sus casas, unidas y separadas por un muro bajito. Ambos hijos únicos, forjaron una amistad casi simbiótica, pese a las diferencias sociales. 

     La madre de Jorge había heredado la casa de un tío lejano, en una zona donde su situación económica nunca se lo hubiera permitido.

   Los padres de la muchacha, pese a ser de clase acomodada, nunca se opusieron a esa amistad que con los años se convirtió en una relación de pareja devenida en matrimonio. 

   Era muy gracioso ver a Jorge decirle “papi” a don Germán, el padre de Natalia.

   Cuando lo llevó a trabajar con él en su empresa, le advirtió dos cosas: iba a tener que ganarse los ascensos cómo cualquier otro empleado. Lo principal, que no le dijera papi en la oficina. Allí sería el Sr. Gutierréz. A veces, sin embargo, se le escapaba el apelativo cuando estaban solos en la oficina de su suegro, quién afectuosamente le recordaba no hacerlo.

  —Usted no ha escuchado eso —le indicó Germán a Graciela, la secretaria de su yerno, cuando se le filtró la dichosa palabra en medio de una conversación.

 —No escuché nada, señor—respondió muy seria.

 —Más le vale, señorita.

  Jorge se aplicó mucho al trabajo y ascendió rápido. Graciela subía con él. Porque era muy eficiente. Y porque además...


  Graciela, fascinada con el paisaje en su primera travesía en avión, casi no le prestaba atención a Jorge.

  —Es la tercera vez que te la pido. Dame la tarjeta, por favor.

  Ella se la entregó sin mirarlo. Jorge la guardó y sonrió con astucia.

« Por suerte el estado bancario me llega al email privado, Natalia nunca va a saber que viajo acompañado»

    Había dejado su cuenta al borde del vacío, pero valdría la pena. Dos semanas lejos de todo, con aquella mujer a la que todo lo que le faltaba de cerebro, le sobraba de pasión y sexualidad. 

   Su esposa… bueno, era una gran mujer, hermosa, sexy, compañera como pocas. Mas con los años, los hijos, las responsabilidades y el trabajo, la pasión había decaído hasta convertir el sexo en una casi placentera rutina.

  Jorge  era incapaz de reconocer su parte de culpa. Lo poco que ayudaba en casa, la escasa atención que le prestaba, el casi exiguo tiempo dedicado a su relación. El encuentra sexual carecía del juego previo que antes tanto disfrutaban; las caricias, los besos, el franeleo, todo había desaparecido. Solo cuando su miembro no aguantaba dentro del bóxer, la buscaba para ir derecho al coito sin importarle si ella quería. ¡Y ay de que le reclamara su actitud! 

Ya no somos dos gurises, decía. Estoy cansado. ¡Cómo se nota que vos no trabajás!

  Imposible qué Jorge entendiera todo lo que ella hacía. Ocuparse de la casa, la comida, llevar a sus hijos a sus múltiples actividades, ayudarlos con los deberes, escucharlos cuando necesitaban hablar, cuidarlos. Todo eso la agotaba. Y sin embargo, siempre lo esperaba con su mejor sonrisa y el hogar sin rastros del caos vivido a lo largo del día.

  Con el tiempo, ella empezó a hablar en voz baja, casi en susurros, solo cuando estaba con él. Para que forzar la garganta. Sabía que Jorge la escuchaba con la misma atención con que un ciego miraría la caída del sol. Cuando le informó del viaje al que no la llevaría, ella supo lo que tenía que hacer. No dijo una palabra, no hubo ningún reproche. “La fruta cae cuando está madura”—pensó Natalia.


   En el hotel, el recepcionista le devolvió la tarjeta con una sonrisa.

   —Su jefe debe apreciarlo mucho para pagarle este hotel de lujo —dijo sorprendido.

  —¿Qué? Sí, claro —respondió sin prestar atención. Su bragueta ya no resistía la presión. El deseo incontrolable hizo que las palabras del recepcionista atravesaran sus oídos.

   Dos horas más tarde, saciados ya sus más básicos instintos, abrió la valija para buscar su  exclusivo jabón de baño. 

  —¡Qué suerte tienes de trabajar para tu padre! ¡Puedes tomarte vacaciones cuando quieras!-dijo Graciela.

«Maldita tonta. Aún no entiende que Germán es mi sue...» 

  Su pensamiento se interrumpió por un terror atávico. Sobre su ropa, un sobre con la letra de Natalia. No podía ser bueno. O sí. Una carta de amor quizás. «Pobre tonta» pensó desdeñoso.

   No había carta. Del sobre cayeron pedacitos de un plástico que reconoció enseguida.

  Sacó la tarjeta corporativa del bolsillo del saco y ahora sí las palabras del recepcionista cobraron sentido. Aquellas fueron las peores vacaciones de su vida.