martes, 11 de agosto de 2026

MI AMIGO AGUSTÍN

 Un visitante de una instalación llena de "obras de arte", se quitó una zapatillas y minutos después, se llenó de personas mirando el calzado y debatiendo sobre el significado de la falsa obra. Una banana pegada con cinta pato a la pared y una base que contenía "La nada misma" se vendieron por altos precios. Yo no soy especialista, pero me niego a considerar arte verdadero semejantes extremos. En esta historia ficticia, un pintor dotado de un talento y una sensibilidad exquisitos, llega a ser famoso vendiendo mamarrachos nacidos como.... Bueno, no nos adelantemos. Al final de este cuento sabrán de qué estoy hablando.




Agustín López García fue un pintor del montón durante los primeros veinte años de carrera. Dueño de una técnica y sensibilidad exquisitas, con trazos super expresivos y paletas de colores plenas de belleza y significado, no conseguía destacar frente a otros artistas plásticos mediocres y con mucho marketing.
   Cuando me faltaba un año aún para terminar la carrera de ciencias de la comunicación, me crucé por casualidad con algunas de sus obras. Mariana, una sobrina suya con quién salí durante un corto período, era una gran admiradora de su arte.
   —Me da tanta rabia que nadie se dé cuenta del tremendo artista que es —me confesó un día—. ¿No te gustaría conocerlo y ver sus cuadros?
   Siempre me interesó la pintura, de hecho yo mismo había intentado tiempo atrás jugar con los pinceles y el lienzo, con resultados nada alentadores. Así que acepté su propuesta sin dudarlo. No solo por curiosidad. También quería ganar puntos con ella para que me diera la chance de irnos a la cama. Esto último nunca pasó.
   Cuando por fin conocí a Agustín quedé fascinado por su arte y su don de gente. Contrario a muchos artistas que no lograban transcender, él no se sentía frustrado ni enojado con la sociedad que no lo comprendía. Incluso me regaló una de las pinturas que no podía dejar de mirar. Eran increíbles.
   —Esa la pinté cuando nació mi primer hijo —comentó al ver mi fascinación—. Le tengo un cariño especial y me encantaría saber que está colgada en un lugar donde quién la posea sepa apreciarla y que muchos la puedan ver. ¿Te gustaría tenerla? Te la puedo regalar.
   Por ese entonces, yo vivía en un hogar estudiantil con siete estudiantes más y mucha gente iba y venía todos los días. Acepté sin dudarlo.
     Soy incapaz de expresar con palabras lo que sentía cada vez que me paraba frente a esa pintura. Emoción pura. Era cómo estar reviviendo la felicidad de ese padre primerizo convertida en una obra
de arte intemporal. Un especialista en el tema quizá pudiera hablar del estilo, del valor del trazo y la gama de colores, la composición y un montón de cosas más. Yo solo era capaz de hablar de sensaciones muy profundas.
    Con Mariana rompimos al poco tiempo. Me encontró a los besos con una compañera de facultad y la marca de sus dedos en mi cachete demoró algunos días en irse. Pero con Agustín nos hicimos amigos.
   Él fue mi proyecto de fin de curso. Su obra. La indiferencia de los críticos y las puertas cerradas de todas las galerías donde quiso exhibir su obra. Su trabajo como docente de arte y el apoyo incondicional de su esposa primero y de sus tres hijos después. Su sueño de llegar a exponer algún día.
     El extenso reportaje que realicé con él me ganó las felicitaciones de mis profesores y terminó siendo publicado en una revista especializada con mi autorización. Me alegró pensar que eso ayudaría en su carrera.
     Al principio pareció ser todo lo contrario. Notas con títulos altisonantes: “Cuando alguien que no sabe de arte entrevista a un artista mediocre” en el periódico de mayor circulación. “Un artista del montón entrevistado por un futuro ¿periodista? ”, se preguntaba el editor de la revista de arte más prestigiosa del país. Y todo así.
   Cuando lo llamé para disculparme, en lugar de mandarme al diablo me invitó a comer a su casa.
 Dudé en aceptar. Sin embargo, una semana más tarde toqué el timbre de su casa esperando que no me envenenaran la comida o algo así. Qué idiota fui.
   Me sentaron en una de las cabeceras de la mesa como si fuera un invitado de honor, luego de recibir besos y abrazos de toda la familia. Yo estaba azorado. No me dejó hablar más allá de los saludos.
  —Antes de nada, no voy a aceptar tus disculpas. No hay razón para pedirlas.
  —Pero, yo...
  —Tú lo hiciste con la mejor intención. Y no me salgas con esos lugares comunes de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones y bla, bla, bla. Te voy a contar algo. Desde que tu nota apareció y pese a las críticas inhumanas de esos artistas frustrados que hablan de arte sin vivirlo, he vendido más cuadros que en veinte años de carrera. No me mires así.
  —O sea que... al final salió bien —dije en un susurro, como si pensara en voz alta.
  — Sí. Y algo más. Voy a exhibir en una galería, no solo mis cuadros viejos, si no algunos que no conoces. Y quiero que tú estés ahí para hacer una nota de prensa. Para este portal—agregó a la vez que me entregaba una tarjeta.
   Asentí con la cabeza.
   —Al director de ese medio digital le gustó tu estilo. Te quiere contratar, si te interesa. Es algo pequeño por ahora, pero tiene futuro.
    Claro que me interesaba. No estudié comunicación para estar años atendiendo la caja en un supermercado. Una oportunidad que no iba a desperdiciar.
   Cuando terminamos de comer me llevó a su estudio. Quedé mudo al ver su nueva producción.
   —No entiendo nada —dije tratando de comprender qué diablos sucedía con sus cuadros. Llenaban los lienzos puras manchas informes, colores mezclados sin criterio alguno. Imposible saber que quería decir con esas pinturas.
  —Ni yo. Aunque cueste creerlo, al dueño de la galería que vino por un paisaje le encantaron. Puso como condición cinco de esos por cada tres de mis viejas pinturas. Dijo que no voy a necesitar seguir dando clases. No lo voy a dejar, al menos por ahora. Amo enseñar. Y voy a continuar pintando igual que siempre, intercalando alguno de esos mamotretos para complacer al marchand.
  —¿Cómo llegaste a esto?
  — Algún día te lo contaré. Por ahora llamémosle casualidad. O causalidad.
    Habían pasado treinta años desde aquel día. Agustín López García se convirtió en un artista reconocido a nivel internacional, especialmente por su “nuevo estilo”, descrito casi en forma unánime como una innovadora forma de expresión plástica, dinámica, vibrante, envolvente y muchos adjetivos más. Por supuesto que siguió pintando la clase de cuadros que tanta emoción me provocaban, y años después abandonó su nueva y “revolucionaria” forma de expresión plástica.
    Las notas se multiplicaban; entrevistas en radio y televisión, sesudos análisis de aquellos mamarrachos que de ninguna manera me atrevería a usar para engalanar las paredes de mi estudio, mucho menos de mi hogar.
   Por suerte nuestra amistad se mantuvo en el tiempo. Tengo muchos cuadros suyos repartidos entre mi estudio y mi casa. Incluso hizo para mí algo que nunca había realizado antes salvo para su familia; un retrato familiar con mi hermana y mis padres. Me hubiera hecho uno con mi esposa si no fuera que nunca me casé ni creo que lo haga.
    Parado frente a la puerta de su casa con el corazón estrujado, vacilé antes de llevar mi mano hacia el timbre. Agustín estaba enfermo y los médicos no le daban más de dos semanas, con suerte tres. Por eso él me mandó llamar.
   Su esposa me recibió con un cálido abrazo.
   —Gracias por venir, Martín —me dijo con esa voz apagada por la tristeza—. Él no quería que lo vieras así. Sé que ustedes tienen una conversación pendiente. Te espera en el estudio.
   Caminé vacilante. Encontré a mi amigo sentado en una silla de ruedas, con un pincel en la mano y un atril adaptado a su nueva condición. Su rostro chupado y macilento, sus brazos débiles y flacos, y unas piernas que ya no eran capaces de sostenerlo en pie. Sin embargo, el maldito cáncer diagnosticado demasiado tarde para hacer algo más que atenuar su dolor, no fue capaz de apagar el fuego de sus ojos ni su pasión por el arte.
    Lo abracé con los ojos llenos de lágrimas. Parecía mentira, él muriéndose y teniendo que consolar a un cincuentón lleno de vida.
   —Gracias por venir, amigo. No llores. Tuve una buena vida. Pude criar mis hijos y conocer mis primeros nietos. Y dedicarme a pintar muchísimos años gracias a ti.
   Su voz no tenía la firmeza de antaño, mas sí su calidez.—Gracias a tu talento. Yo solo hice un trabajo de grado que casi destruye tu carrera.
   Su cara se iluminó con una sonrisa pícara.
   —Y desde que se publicó mi vida cambió para bien. Lo que te voy a contar solo lo sabe Laura. Si querés lo podés contar el día que publiques mi biografía. Tu editor me dijo que estás trabajando en ella. Me llenas de orgullo.
  —Ese maldito me arruinó la sorpresa —protesté.
  —No importa. A lo mejor no me llegaba a enterar. Y no, no la pienso revisar. Confío en tu capacidad y en el cariño que sé que me tienes.
   Noté que le costaba hablar. Se agitaba mucho. Comenzó a toser muy fuerte. Le alcancé el oxígeno.
  —Solo dos minutos, necesito seguir hablando —murmuró.
   En realidad fueron casi diez. Aún así no pudo llegar a contarme nada. La ambulancia llegó media hora después, cuando ya su corazón había dado el último latido.
    En medio del dolor por su pérdida tan repentina, quedarme sin saber lo que me iba a confesar esa tarde hacía que la tristeza fuera aún mayor. No tenía valor para preguntarle a la viuda cuál era ese secreto tan importante que trató de entregar con su último aliento.
   Tres días después, cuando con su familia terminamos de soltar sus cenizas frente al Parque Capurro en el Río de la Plata, Laura me entregó un sobre cerrado con mi nombre escrito en él.
  —Agustín tenía miedo de no llegar a contarte su gran secreto. Y yo juré no hacerlo. No te olvides de nosotros. Eres parte de esta familia.
   Tres días tuve la carta sobre mi escritorio sin animarme a abrirla. Me carcomía la curiosidad pero a la vez me daba tiempo a tejer distintas teorías. Al cuarto día ya no aguanté. Lo que leí me dejó tan sorprendido que repasé la misiva tres veces. Voy a dejar que él lo cuente en sus propias palabras, querido lector, mientras seco mis lágrimas, extraña mezcla de risa y tristeza.
  “Querido amigo:
   Nunca fui de valorar mi trabajo en base a opiniones ajenas. Pero las crueles
críticas que aparecieron tras la publicación de tu gran reportaje me golpearon en lo más hondo de
mi corazón. Tuve un ataque de rabia como nunca antes en mi vida. No contigo, tranquilo.
    Siempre puse mi alma y mi pasión en las pinturas, y esa valoración malintencionada, llena de veneno y envidia me sacó de quicio. Empecé a arrojar los tubos de pintura abiertos contra los lienzos, a exprimirlos y refregar un lienzo contra otro. Cuatro lienzos vírgenes convertidos en mamarrachos. “Furia salvaje” se podría haber llamado esa serie de cuadros. Estaba por tirarlos a la basura cuando el marchand llegó y quedó fascinado. Así nació mi estilo “innovador”. Rabia pura
disfrazada de arte moderno. Nunca lo voy a entender. Aunque gracias a eso pude tener una carrera en el arte. Gracias a vos y a los hijos de puta de esos críticos, incapaces de trazar una sola línea con el pincel.”