Este es un recuerdo de la infancia, teñida por el paso del tiempo y la nostalgia. Pero es por lo menos un noventa por ciento real.
Corría el año 1973. El barrio Capurro miraba a la bahía desde su playa arruinada por los efluentes de ANCAP, que convirtieron sus hermosas aguas en una ciénaga de la que salíamos con un pegote negro muy difícil de remover de nuestra piel.
Su hermoso parque aún no había sido víctima del inexorable alcance del progreso, ni del trazado de los accesos a Montevideo que le robarían una buena parte de su extensión.
En ese hermoso barrio de cara al Río de la Plata, transcurrió nuestra infancia pobre pero feliz.
Aquellos niños que fuimos mis hermanos y yo, ignorábamos los complicados momentos que se vivían en el el país, cuidada nuestra inocencia por los adultos que formaban parte de nuestro entorno más cercano: nuestros abuelos maternos, Miguel y Élida; papá y mamá, cuyos nombres de pila ignoraba yo en aquellos tiempos.
Jugar en la calle era habitual en una época de tránsito más bien escaso y donde el consumo de drogas y la delincuencia todavía no habían causado estragos entre la población, cuando podíamos estar seguros en el exterior. Nuestras diversiones eran las de cualquier niño de entonces. Los varones con el trompo, la pelota y las bolitas. Las niñas con sus muñecas, sus juegos de té y la cuerda para saltar. Juegos diferenciados por género, algo habitual antaño.
Sin embargo, la primavera traía un entretenimiento que solía ser más igualitario: remontar las cometas. Para los niños de ahora, acostumbrados a comprar las cosas hechas, resultaría difícil imaginar todo el trabajo previo a ese instante donde el viento se convertía en cómplice de nuestro juego, elevando nuestras cometas hasta llenar el cielo formando un mosaico multicolor y cambiante.
Aunque la confección casi siempre era tarea exclusiva de los varones, siempre había que recurrir a nuestras madres y abuelas para pedir retazos de tela y formar esa larga cola que impedía que nuestros ingenios voladores aterrizaran de cabeza aún antes de despegarse mucho del suelo.
La primera parte consistía en cortar longitudinalmente las cañas (en esos años aún no se usaba madera), tarea exclusiva de los adultos ante la posibilidad de lastimarnos la mano, y por un tema de fuerza física también. Se le hacían unas muescas en ambas puntas de las tiras, a veces un pequeño agujero en el centro de las mismas y, mediante la unión con el famoso hilo de cometa, se formaba el esqueleto que variaba de acuerdo al diseño de la misma, que podía ser un barco, un pájaro, una estrella y todo aquello que la imaginación y los principios físicos que gobernaban su vuelo permitieran.
Aquella tarde, papá junto a nuestro tío Miguel habían armado el necesario esqueleto para crear una estrella. Mi hermano menor y yo pegamos con goma y mucho cuidado los pedazos del papel cometa para rellenar aquella estructura de hilo y cañas, mitad azul y mitad roja. Después, con unas tiritas más pequeñas y de otros colores, alegramos los bordes de nuestra cometa con cientos de flecos. Mamá le colocó una larga cola hecha con retazos de sábanas; papá los tiros y un hilo largo que envolvió con habilidad en un pedacito de madera, mientras los niños veíamos con ojos asombrados como el ovillo crecía a gran velocidad.
Si algo no ha cambiado en el carácter de los niños, es lo insoportable que se ponen cuando quieren algo, ignorando por completo las razones aducidas por los adultos ante sus por qué; discusión que se solía zanjar con un contundente «Por que lo digo yo, y chau»
Ahí solo quedaba acatar. Pero aquella hermosa tarde de primavera, nuestra insistencia tuvo su premio y conseguimos convencer a papá de que nos llevara al Parque Capurro a remontar nuestra recién creada estrella voladora. Mi hermana no quiso ir, quizás porque a sus diez casi once años no le pareció apropiado dedicarse a «juegos de niños». Yo, con mis ocho años recién cumplidos y mi hermano a un mes de llegar a los siete, nos alegramos; íbamos a tener más tiempo para remontar nosotros.
En la rambla frente al estadio de Fénix, comenzamos con el clásico ritual. Papá sostuvo la cometa en alto y yo corrí unos cuantos metros, hasta que nuestra multicolor estrella comenzó a elevarse hacia el límpido cielo. Siguiendo las instrucciones del viejo, soltando y recogiendo el hilo según el viento requería, la cometa se elevaba rauda, haciéndose cada vez más pequeña.
Nos fuimos turnando con mi hermano en el control de la piola, disputando los tiempos que nos correspondían a cada uno, con algunas discusiones que papá sabía zanjar con aquella frase lapidaria: —Si se siguen peleando nos vamos para casa—. Santo remedio.
Nuestra feliz tarde tuvo un final inesperado y que no he conseguido borrar de mi memoria a pesar de los años transcurridos. De los pocos recuerdos de ese tiempo que me quedaron grabados a fuego.
Mientras disfrutaba de mi turno remontando, mi hermano, juntando cosas que nunca supe que eran, se fue arrimando a la vía sin darse cuenta que el tren de ANCAP venía desde la zona portuaria hacia la planta ubicada en la teja.
Segundos más tarde, todo pareció suceder en cámara lenta, como si de una película se tratara. Papá que le pegó el grito a mi hermano y corrió a atajarlo antes de que llegara a la vía. Yo, asustado, que solté el palito que me ataba a nuestro pájaro de papel. La cometa que se elevaba aún más hacia el azul infinito, libre ya de ataduras terrenales. Y el tren, el maldito tren, el insensible tren, el odioso tren, que pasó junto a mis seres queridos cuando ya estaban a una distancia segura y enganchó el hilo de la cometa, cuya libertad de volar dejó de ser tal, y la clavó en la copa de un árbol altísimo en el medio del Parque Capurro, donde se quedaría hasta que el tiempo y la erosión hicieran su trabajo.
Más de cincuenta años después, me parece verla aún entre esas ramas, perdido para siempre su sueño de vagar entre las nubes.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Usa este espacio para comunicarte y hacer un camino de ida y vuelta. ¡ Dejá tu comentario!