Una corta historia sobre las consecuencias de la curiosidad excesiva.
El paquete
Juan se despertó sin tener idea de donde estaba. El dolor en su boca era muy fuerte y con la lengua podía sentir el gusto a sangre y el hueco entre los dientes. Casi arrastrándose llego al baño y se asustó al ver su aspecto. Aparte de la ausencia de varias piezas dentales, tenía la boca hinchada, un ojo negro y hematomas por todo el cuerpo.
Mecánicamente se metió en la ducha para dejar correr el agua por su cuerpo, sin animarse a más nada. Se sentía como si le hubieran dado una gran paliza y las huellas en su cuerpo así lo denotaban.
Sin embargo, no podía recordar como había llegado hasta allí. Era incapaz de reconocer el lugar donde estaba, pero estaba seguro de no haber perdido la memoria.
Revisó su billetera para comprobar si su identidad coincidía con la que recordaba.
«Juan Antonio López Salvo» era el nombre que figuraba en el documento de identidad y el de la foto sin duda era él. Las tarjetas de crédito y el dinero estaban allí, por lo tanto no lo habían robado. Trató de recordar el día anterior. Había ido a trabajar como hacía siempre. Llegó a la oficina temprano, preparó café y se sentó frente a su computadora. Atendió varias llamadas de clientes, preparó un par de presupuestos y a mediodía fue a almorzar al bar de siempre. Solo, como hacía cada día. Volvió a la oficina y…..
Ahí aparecía un hueco. Le costó recordar lo que hizo después del almuerzo. Por lo general sentía sueño tras la comida y solía dormitar un rato frente al ordenador mientras no entraba ninguna llamada. No sin dificultad recordó que su jefe lo llamó para hacerle un encargo, algo sobre entregar un paquete en una dirección cercana. Recordó haber dicho que él no era cadete y la sonrisa macabra de su jefe alegando que pronto habría un ascenso en la empresa, pero no para la gente que ponía peros a todo. «No es un encargo que le pueda dar a un cadete» habría dicho su jefe y nada más.
¿Había entregado el paquete? ¿Cómo era? ¿Grande, pequeño, pesado, liviano? ¿Peligroso o inofensivo?
Nada. No había caso. Desde el momento en que tocó el paquete su mente estaba en blanco. ¿Lo había tocado realmente? ¿Aquello era todo una maldita pesadilla?
Aparte de su ropa ensangrentada, encontró ropa de mujer tirada por el piso. Colillas de cigarrillos con el filtro coloreado. Él no fumaba. Y esas prendas femeninas no podían ser de su esposa. Más bien correspondían a una mujer delgada, de pies pequeños y a juzgar por el largo de las pantimedias no podía medir más de un metro con cincuenta.
¿Acaso había ido a entregar esa ropa? No tenía mucho sentido. La ropa tenía olores consistentes con haber sido usada. Sin embargo, la mujer no estaba ahí. ¿Estaría soñando acaso?
Se tiró en la cama y cerró con fuerza los ojos, confiado en que despertaría en la suya.
El ruido de la puerta abriéndose cuando aún no había conseguido dormirse lo despabiló.
La mujer era muy atractiva y le sonrió tras cerrar.
—He traído todo para curarte, cariño—dijo luego de besarlo con pasión en la boca, haciéndole gritar de dolor.
—Lo siento, es que eres irresistible —dijo ella—. Y encima me esperas como Dios te trajo al mundo.
Juan se puso un boxer y la dejó hacer. Ella le pasó una pomada por los golpes y le limpió la sangre en la boca. Él no podía dejar de mirar su senos, más generosos de los que anunciaba el sostén que había visto tirado. En lo que sí había acertado en la estatura y la delgadez general de la mujer.
—¿Quién sos? —preguntó cuando ella hubo terminado su labor y él se terminó de vestir de manera adecuada.
—¿Tan pronto te olvidaste de mí? —se quejó la mujer.
—No puedo recordar nada. Desde ayer a la tarde. Sé quién soy, donde vivo y donde trabajo. Pero las últimas horas se me han borrado. Y vos no sos mi esposa.
—Vaya que te ha dejado mal la paliza. Quizás tengas una conmoción cerebral. Tendremos que ir al hospital. Eso pasa por no hacer caso a tu jefe. Hablando de eso. Tenemos que deshacernos del...
—¿Qué tiene que ver mi jefe……..? ¡El paquete! Ahora recuerdo. Me lo hizo traer acá y que lo esperara. Y eso fue lo que hice.
—Hiciste algo más que no te dijo. Cediste a la tentación de abrirlo. Tu maldita costumbre de hacer lo que se te antoja. Te dijo bien claro que no intentaras abrirlo. Te lo dijo.
—Bajo ninguna circunstancia lo vayas a abrir. Ni te separes de él. Es muy importante que hagas todo como te dije —le indicó el jefe a Juan la tarde anterior.
—No entiendo nada, jefe— protestó Juan —¿para qué quiere que lleve el paquete si usted va a ir después? ¿Y si se lo dejo ahí y me voy? ¿O esta es la única llave del apartamento?
—¿Querés el ascenso o no lo querés? —replicó el jefe molesto—. Mirá que hay varios candidatos. Si seguís con vueltas se lo doy a otro.
—De ninguna manera— respondió Juan tomando el envoltorio. Pese al pequeño tamaño, era bastante pesado—. Yo me ocupo de llevarlo.
Juan puso el encargo en el asiento de acompañante de su viejo coche. Tentado estuvo de abrirlo varias veces durante el viaje. A duras penas consiguió resistir la tentación. Se distrajo pensado con alegría que, gracias al ascenso, al fin podría cambiar ese cascajo de cuatro ruedas por un coche nuevo.
Abrió el apartamento sin encender la luz y para su sorpresa, una joven mujer le esperaba allí para lanzarse a sus brazos y llevarlo a la cama sin que pudiera (ni quisiera) resistirse. Ella se quedó dormida luego del sexo y Juan se sentó en lo cama mirando el paquete. Fue a la cocina a buscar un cuchillo para abrirlo. La mujer era muy hermosa y no se había molestado en vestirse al despertar.
Ella le contó que su jefe la había contratado para entretenerlo y que no abriese el paquete.
Juan estalló de rabia. Nunca le había sido infiel a su mujer en veinte años. ¿Y si ella se enteraba?
Aquello podía arruinar su matrimonio.
—Si cree que una prostituta va a frenarme, está muy equivocado.
Su jefe entró mientras Juan peleaba con la dura cinta que cerraba el paquete. El primer golpe le bajó dos dientes. El segundo casi le fractura varias costillas. Luego el ojo. Y otra vez más dientes volaron de su boca. Más por instinto que por conciencia, uso el cuchillo para defenderse con tanta puntería que su jefe dejó de golpearlo de inmediato. Lo había matado. Acto seguido, se desmayó.
Juan se despertó sin tener idea de donde estaba. El dolor en su boca era muy fuerte…….
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Usa este espacio para comunicarte y hacer un camino de ida y vuelta. ¡ Dejá tu comentario!