Este cuento está basado muy libremente en un caso real, cuyo desenlace no tuvo nada que ver con el de esta historia. Por suerte, la ficción nos permite explorar otros caminos e imaginar finales mucho más jugosos... y tragicómicos.
Todos guardaban algún secreto. Algunos por vergüenza, otros, para no herir sentimientos. Pequeños, grandes, gigantes, mínimos,trascendentes, triviales, profundos, superficiales. El de Walter era diferente a todos. Uno que deseaba gritar a los cuatro vientos, si no fuese por las terribles consecuencias que le acarrearía su revelación.
Un secreto guardado durante casi cuatro décadas, desde aquel día en que con solo veintitrés años descubrió un fallo que le permitía quedarse con pequeños restos de algunas cuentas para su provecho.
Más de una vez exploró la posibilidad de mudarse a un país que no tuviera extradición con el suyo y desde allí contar su pequeño gran calotito contra el insensible sistema bancario. Un país donde, una vez jubilado, pudiera darse la gran vida que tantas veces había imaginado, gracias a ese dinero acumulado con aquella estrategia a todas luces ilegal.
Sin embargo, su ego herido por ser considerado por todos como uno más, un tonto, triste y gris empleado que nunca conseguía un ascenso mientras todos hacían carrera. Un tipo anónimo, cuyo nombre la mayoría ignoraba, el que nunca se sumaba a las actividades extra laborales y al que ya nunca invitaban.
Soltero empedernido, sin hijos a los cuales presumir ni un lugar al que llamar hogar, las mujeres en su vida fueron apenas un medio para calmar sus instintos más básicos, pagando por sus servicios en la mayoría de las ocasiones.
Soñaba con ver su historia convertida en miniserie (una película le parecía insuficiente). Las plataformas se pelearían por comprarle los derechos de su historia, cuando por fin se decidiera a publicar la autobiografía que llevaba años escribiendo.
“El hombre que engañó al sistema” y “Más astuto que Elon Musk” eran dos de los títulos provisorios de su libro, resaltando el triunfo de un hombre común contra una organización que se creía intocable.
Esa noche, en la despedida que sus compañeros le habían organizado —y a la que solo aceptó ir con la idea de alardear de su hazaña —el alcohol se le subió a la cabeza y habló más de lo debido. Contó su delito en presencia del gerente general y el presidente del banco, invitados por algún distraído que no entendió la idea de la fiesta.
—Voy a contarles un secreto que ninguno de ustedes sabe. Uno que me ha hecho más rico de lo que algunos nunca podrán imaginar —comenzó diciendo envalentonado. Acto seguido, relató la estafa con lujo de detalles.
Cuando terminó, sintió sobre sí la mirada de todos, mezcla de pena y risa. Sus compañeros se miraban sin animarse a hablar, hasta que María, la única que había tratado de advertirle antes de su error y se había arrepentido a causa de lo mal que él la trataba, lo hizo
—Walter, varias veces quise advertirte. Pero vos, que sos un machista de mierda y me corrías diciendo que si no era para coger ni te hablara, nunca quisiste escucharme. Ese banco no existe, esa cuenta está en una página falsa que los de sistemas crearon cuando descubrieron lo que estabas haciendo. Esa guita que creíste robar nunca salió de este banco.
—Mentís. Sos una hija de puta cómo todas las mujeres.
—Y vos sos el rey de los idiotas. Y encima un machirulo recalcitrante, misógino de porquería. Te vas a morir solo, ni los perros te quieren. ¿Sabés por qué te organizaron esta despedida? Porque estaban seguros de que no ibas a venir.
Tuvieron que atajar a Walter para que no agrediera a su compañera. Ahora entendía. Si nadie lo soportaba. Era obvio que no lo esperaban en la fiesta. Pero lo otro era mentira. Trató de entrar a la página del banco suizo. Puso su usuario y contraseña. Demoró en cargar, cuando terminó apareció un mensaje a página entera: “Bienvenido a tu banco imaginario, pe-lo-tu-do”. No podía ser. Esto no iba a quedar así. Empezó a gritar que se lo iban a pagar, que la broma era la de hoy. Que se iba a vengar de todos. Sintió que le faltaba el aire y a punto estuvo de desmayarse. La ambulancia se lo llevó minutos después, y tras una noche en observación, volvió en taxi a su casa luego de recibir el alta. Casi no pudo dormir.
Finalmente, su sueño de fama se cumplió, aunque no cómo él esperaba. Su foto apareció en primera plana de todos los diarios, su nombre en los titulares de todos los informativos.
—Walter Gómez, de sesenta años, se quitó la vida de forma inesperada —relató la informativista—, colgándose de una viga en el hall del mismo banco donde había trabajado durante cuarenta años. El guardia nocturno que lo encontró y dio aviso a la policía, manifestó con tristeza que el hombre no tenía familia y a lo mejor, al jubilarse, sintió que su vida ya no tenía sentido.