miércoles, 23 de septiembre de 2026

NO SE ACEPTAN DEVOLUCIONES

 Creo que todos hemos recibido alguna vez en nuestro hogar la visita de los "amigos de lo ajeno". No hay reja, alarma o seguridad que no sean capaces de burlar. Pero... ¿Qué puede impulsar a un ratero a retornar a una casa para devolver algo de lo robado? En esta historia, conocerás a Rafa, un ladrón que trata de deshacer un robo y descubre que, en esa casa, no se aceptan devoluciones.



Rafa abrió la ventana con cuidado, tratando de no hacer ruido. Pese al crudo invierno, el sudor que bajaba por su frente le hacía escocer los ojos. Una vez dentro, caminó en puntillas y dejó el objeto que llevaba en la bolsa sobre el dintel de la chimenea.
    A punto estuvo de infartar cuando la luz de la sala se encendió y unos lentos aplausos comenzaron a crecer a sus espaldas. Se volteó despacio, controlando a duras penas el temblor inesperado de sus piernas.
 ­—Bienvenido a mi humilde hogar, jovencito —dijo el hombre viejo sentado en una reposera junto a la mesa. Aparentaba unos setenta años, demasiado delgado y ojeroso, demasiado muerto para estar vivo.
  —Ven, toma asiento y comparte una copa conmigo. Nadie viene ya por aquí —agregó alzando su vaso—. ¿Solo o con hielo?
   Rafa se acercó despacio y dejó caer sus posaderas en la silla. Sus piernas se sentían con la misma consistencia que un flan.
  —So… solo, gracias —respondió. El corazón le latía a más pulsaciones por minuto de las que creía posible. Tomó el vaso con ambas manos y lo bebió de un solo trago.
 —Ah, no, mi amigo. ¡Así no se toma un güisqui de doce años! —protestó el dueño de casa—. Y puedes calmarte. No llamé a la policía ni tengo un arma. Solo quiero hablar.
  Miró al joven ladrón con una sonrisa. Era como él cuando robó el objeto.
  Rafa, envalentonado por la bebida y la aparente fragilidad del hombre, lo miró desafiante.
  —¿Y si lo mato ahora? ¿No tiene miedo? Se enfrenta a un delincuente y… y… y…
 El viejo lo interrumpió alzando una mano con lentitud.
  —No me asustas. Eres un ladrón de poca monta, como lo fui yo en mi juventud, no hace tanto tiempo. No traes armas ni eres violento. Solo has tenido mala suerte. Además, si acabaras con mi vida ahora me harías un favor.
   Rafa se rascó la cabeza y frunció el ceño. Abrió la boca y levantó un dedo, pero fue incapaz de conectar el aparato fonador con su cerebro.
  —Cuando robé eso, pensé que me volvería rico y famoso. ¿Por qué? No sabía ni sé qué es, y supongo que tú tampoco. Pero la atracción que ejerció sobre mí apenas entré a robar en aquella casa fue imposible de ignorar. Supongo que te pasó lo mismo. Y aquí me ves, apenas sobreviviendo. ¿El güisqui? Un regalo del anterior dueño de ese esotérico imán. En aquel momento no pude entender su alegría.  
                                                           1
 —No me lo pienso llevar otra vez. Es suyo.
 —No, no lo es. Tú lo robaste, ahora es tuyo. Y lo sabes.
  Sus miradas se cruzaron por un largo instante. En los ojos del hombre mayor había paz. Y pena.  En los de Rafa empezaba a dibujarse el terror. 
 —Cuéntame qué cosas has hecho para deshacerte de ese enigma informe. ¿Lo tiraste a la basura? ¿En el drenaje en medio de una tormenta? ¿En una gran fogata? ¿Qué más? Puedes dejarlo aquí, no me importa. Cuando llegues a tu casa te estará esperando. Vayas a donde vayas, te seguirá. 
Rafa miraba el piso, cómo buscando un lugar por donde huir de esa maldita pesadilla. Sin embargo, estaba seguro de que aquello no era un sueño.
  —¿Qué demonios es esa cosa? Quise buscarla con la aplicación de imágenes del celular. Casi me explota el teléfono en la mano.
  —¿Quién lo sabe? Un hombre místico me dijo que hay un demonio encerrado en ella. Otro, que la habitaba un santo dedicado a torturar a los ladrones. ¿Importa acaso qué es? No. Lo importante es que no te deja dormir con sus gritos desgarradores a mitad de la noche. Aleja a tus amigos. A tu familia. Atrae la mala suerte. Todo te sale mal. Lo siento por ti. Así será el resto de tu vida a menos que…
  —A menos que alguien me lo robe, supongo —completó la frase Rafa.
  —¡Vaya, para ser un tonto eres bastante inteligente! Lo bueno, es que la agonía no será muy larga. Esa maldita cosa te va chupando la energía vital muy, muy rápido. Lo sé. Tenía veinte años cuando lo robé. ¿Quieres saber cuántos años tengo ahora?












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martes, 11 de agosto de 2026

MI AMIGO AGUSTÍN

 Un visitante de una instalación llena de "obras de arte", se quitó una zapatillas y minutos después, se llenó de personas mirando el calzado y debatiendo sobre el significado de la falsa obra. Una banana pegada con cinta pato a la pared y una base que contenía "La nada misma" se vendieron por altos precios. Yo no soy especialista, pero me niego a considerar arte verdadero semejantes extremos. En esta historia ficticia, un pintor dotado de un talento y una sensibilidad exquisitos, llega a ser famoso vendiendo mamarrachos nacidos como.... Bueno, no nos adelantemos. Al final de este cuento sabrán de qué estoy hablando.




Agustín López García fue un pintor del montón durante los primeros veinte años de carrera. Dueño de una técnica y sensibilidad exquisitas, con trazos super expresivos y paletas de colores plenas de belleza y significado, no conseguía destacar frente a otros artistas plásticos mediocres y con mucho marketing.
   Cuando me faltaba un año aún para terminar la carrera de ciencias de la comunicación, me crucé por casualidad con algunas de sus obras. Mariana, una sobrina suya con quién salí durante un corto período, era una gran admiradora de su arte.
   —Me da tanta rabia que nadie se dé cuenta del tremendo artista que es —me confesó un día—. ¿No te gustaría conocerlo y ver sus cuadros?
   Siempre me interesó la pintura, de hecho yo mismo había intentado tiempo atrás jugar con los pinceles y el lienzo, con resultados nada alentadores. Así que acepté su propuesta sin dudarlo. No solo por curiosidad. También quería ganar puntos con ella para que me diera la chance de irnos a la cama. Esto último nunca pasó.
   Cuando por fin conocí a Agustín quedé fascinado por su arte y su don de gente. Contrario a muchos artistas que no lograban transcender, él no se sentía frustrado ni enojado con la sociedad que no lo comprendía. Incluso me regaló una de las pinturas que no podía dejar de mirar. Eran increíbles.
   —Esa la pinté cuando nació mi primer hijo —comentó al ver mi fascinación—. Le tengo un cariño especial y me encantaría saber que está colgada en un lugar donde quién la posea sepa apreciarla y que muchos la puedan ver. ¿Te gustaría tenerla? Te la puedo regalar.
   Por ese entonces, yo vivía en un hogar estudiantil con siete estudiantes más y mucha gente iba y venía todos los días. Acepté sin dudarlo.
     Soy incapaz de expresar con palabras lo que sentía cada vez que me paraba frente a esa pintura. Emoción pura. Era cómo estar reviviendo la felicidad de ese padre primerizo convertida en una obra
de arte intemporal. Un especialista en el tema quizá pudiera hablar del estilo, del valor del trazo y la gama de colores, la composición y un montón de cosas más. Yo solo era capaz de hablar de sensaciones muy profundas.
    Con Mariana rompimos al poco tiempo. Me encontró a los besos con una compañera de facultad y la marca de sus dedos en mi cachete demoró algunos días en irse. Pero con Agustín nos hicimos amigos.
   Él fue mi proyecto de fin de curso. Su obra. La indiferencia de los críticos y las puertas cerradas de todas las galerías donde quiso exhibir su obra. Su trabajo como docente de arte y el apoyo incondicional de su esposa primero y de sus tres hijos después. Su sueño de llegar a exponer algún día.
     El extenso reportaje que realicé con él me ganó las felicitaciones de mis profesores y terminó siendo publicado en una revista especializada con mi autorización. Me alegró pensar que eso ayudaría en su carrera.
     Al principio pareció ser todo lo contrario. Notas con títulos altisonantes: “Cuando alguien que no sabe de arte entrevista a un artista mediocre” en el periódico de mayor circulación. “Un artista del montón entrevistado por un futuro ¿periodista? ”, se preguntaba el editor de la revista de arte más prestigiosa del país. Y todo así.
   Cuando lo llamé para disculparme, en lugar de mandarme al diablo me invitó a comer a su casa.
 Dudé en aceptar. Sin embargo, una semana más tarde toqué el timbre de su casa esperando que no me envenenaran la comida o algo así. Qué idiota fui.
   Me sentaron en una de las cabeceras de la mesa como si fuera un invitado de honor, luego de recibir besos y abrazos de toda la familia. Yo estaba azorado. No me dejó hablar más allá de los saludos.
  —Antes de nada, no voy a aceptar tus disculpas. No hay razón para pedirlas.
  —Pero, yo...
  —Tú lo hiciste con la mejor intención. Y no me salgas con esos lugares comunes de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones y bla, bla, bla. Te voy a contar algo. Desde que tu nota apareció y pese a las críticas inhumanas de esos artistas frustrados que hablan de arte sin vivirlo, he vendido más cuadros que en veinte años de carrera. No me mires así.
  —O sea que... al final salió bien —dije en un susurro, como si pensara en voz alta.
  — Sí. Y algo más. Voy a exhibir en una galería, no solo mis cuadros viejos, si no algunos que no conoces. Y quiero que tú estés ahí para hacer una nota de prensa. Para este portal—agregó a la vez que me entregaba una tarjeta.
   Asentí con la cabeza.
   —Al director de ese medio digital le gustó tu estilo. Te quiere contratar, si te interesa. Es algo pequeño por ahora, pero tiene futuro.
    Claro que me interesaba. No estudié comunicación para estar años atendiendo la caja en un supermercado. Una oportunidad que no iba a desperdiciar.
   Cuando terminamos de comer me llevó a su estudio. Quedé mudo al ver su nueva producción.
   —No entiendo nada —dije tratando de comprender qué diablos sucedía con sus cuadros. Llenaban los lienzos puras manchas informes, colores mezclados sin criterio alguno. Imposible saber que quería decir con esas pinturas.
  —Ni yo. Aunque cueste creerlo, al dueño de la galería que vino por un paisaje le encantaron. Puso como condición cinco de esos por cada tres de mis viejas pinturas. Dijo que no voy a necesitar seguir dando clases. No lo voy a dejar, al menos por ahora. Amo enseñar. Y voy a continuar pintando igual que siempre, intercalando alguno de esos mamotretos para complacer al marchand.
  —¿Cómo llegaste a esto?
  — Algún día te lo contaré. Por ahora llamémosle casualidad. O causalidad.
    Habían pasado treinta años desde aquel día. Agustín López García se convirtió en un artista reconocido a nivel internacional, especialmente por su “nuevo estilo”, descrito casi en forma unánime como una innovadora forma de expresión plástica, dinámica, vibrante, envolvente y muchos adjetivos más. Por supuesto que siguió pintando la clase de cuadros que tanta emoción me provocaban, y años después abandonó su nueva y “revolucionaria” forma de expresión plástica.
    Las notas se multiplicaban; entrevistas en radio y televisión, sesudos análisis de aquellos mamarrachos que de ninguna manera me atrevería a usar para engalanar las paredes de mi estudio, mucho menos de mi hogar.
   Por suerte nuestra amistad se mantuvo en el tiempo. Tengo muchos cuadros suyos repartidos entre mi estudio y mi casa. Incluso hizo para mí algo que nunca había realizado antes salvo para su familia; un retrato familiar con mi hermana y mis padres. Me hubiera hecho uno con mi esposa si no fuera que nunca me casé ni creo que lo haga.
    Parado frente a la puerta de su casa con el corazón estrujado, vacilé antes de llevar mi mano hacia el timbre. Agustín estaba enfermo y los médicos no le daban más de dos semanas, con suerte tres. Por eso él me mandó llamar.
   Su esposa me recibió con un cálido abrazo.
   —Gracias por venir, Martín —me dijo con esa voz apagada por la tristeza—. Él no quería que lo vieras así. Sé que ustedes tienen una conversación pendiente. Te espera en el estudio.
   Caminé vacilante. Encontré a mi amigo sentado en una silla de ruedas, con un pincel en la mano y un atril adaptado a su nueva condición. Su rostro chupado y macilento, sus brazos débiles y flacos, y unas piernas que ya no eran capaces de sostenerlo en pie. Sin embargo, el maldito cáncer diagnosticado demasiado tarde para hacer algo más que atenuar su dolor, no fue capaz de apagar el fuego de sus ojos ni su pasión por el arte.
    Lo abracé con los ojos llenos de lágrimas. Parecía mentira, él muriéndose y teniendo que consolar a un cincuentón lleno de vida.
   —Gracias por venir, amigo. No llores. Tuve una buena vida. Pude criar mis hijos y conocer mis primeros nietos. Y dedicarme a pintar muchísimos años gracias a ti.
   Su voz no tenía la firmeza de antaño, mas sí su calidez.—Gracias a tu talento. Yo solo hice un trabajo de grado que casi destruye tu carrera.
   Su cara se iluminó con una sonrisa pícara.
   —Y desde que se publicó mi vida cambió para bien. Lo que te voy a contar solo lo sabe Laura. Si querés lo podés contar el día que publiques mi biografía. Tu editor me dijo que estás trabajando en ella. Me llenas de orgullo.
  —Ese maldito me arruinó la sorpresa —protesté.
  —No importa. A lo mejor no me llegaba a enterar. Y no, no la pienso revisar. Confío en tu capacidad y en el cariño que sé que me tienes.
   Noté que le costaba hablar. Se agitaba mucho. Comenzó a toser muy fuerte. Le alcancé el oxígeno.
  —Solo dos minutos, necesito seguir hablando —murmuró.
   En realidad fueron casi diez. Aún así no pudo llegar a contarme nada. La ambulancia llegó media hora después, cuando ya su corazón había dado el último latido.
    En medio del dolor por su pérdida tan repentina, quedarme sin saber lo que me iba a confesar esa tarde hacía que la tristeza fuera aún mayor. No tenía valor para preguntarle a la viuda cuál era ese secreto tan importante que trató de entregar con su último aliento.
   Tres días después, cuando con su familia terminamos de soltar sus cenizas frente al Parque Capurro en el Río de la Plata, Laura me entregó un sobre cerrado con mi nombre escrito en él.
  —Agustín tenía miedo de no llegar a contarte su gran secreto. Y yo juré no hacerlo. No te olvides de nosotros. Eres parte de esta familia.
   Tres días tuve la carta sobre mi escritorio sin animarme a abrirla. Me carcomía la curiosidad pero a la vez me daba tiempo a tejer distintas teorías. Al cuarto día ya no aguanté. Lo que leí me dejó tan sorprendido que repasé la misiva tres veces. Voy a dejar que él lo cuente en sus propias palabras, querido lector, mientras seco mis lágrimas, extraña mezcla de risa y tristeza.
  “Querido amigo:
   Nunca fui de valorar mi trabajo en base a opiniones ajenas. Pero las crueles
críticas que aparecieron tras la publicación de tu gran reportaje me golpearon en lo más hondo de
mi corazón. Tuve un ataque de rabia como nunca antes en mi vida. No contigo, tranquilo.
    Siempre puse mi alma y mi pasión en las pinturas, y esa valoración malintencionada, llena de veneno y envidia me sacó de quicio. Empecé a arrojar los tubos de pintura abiertos contra los lienzos, a exprimirlos y refregar un lienzo contra otro. Cuatro lienzos vírgenes convertidos en mamarrachos. “Furia salvaje” se podría haber llamado esa serie de cuadros. Estaba por tirarlos a la basura cuando el marchand llegó y quedó fascinado. Así nació mi estilo “innovador”. Rabia pura
disfrazada de arte moderno. Nunca lo voy a entender. Aunque gracias a eso pude tener una carrera en el arte. Gracias a vos y a los hijos de puta de esos críticos, incapaces de trazar una sola línea con el pincel.”

jueves, 25 de junio de 2026

EL PAQUETE

 Una corta historia sobre las consecuencias de la curiosidad excesiva.


                                            El paquete


Juan se despertó sin tener idea de donde estaba. El dolor en su boca era muy fuerte y con la lengua podía sentir el gusto a sangre y el hueco entre los dientes. Casi arrastrándose llego al baño y se asustó al ver su aspecto. Aparte de la ausencia de varias piezas dentales, tenía la boca hinchada, un ojo negro y hematomas por todo el cuerpo. 
  Mecánicamente se metió en la ducha para dejar correr el agua por su cuerpo, sin animarse a más nada. Se sentía como si le hubieran dado una gran paliza y las huellas en su cuerpo así lo denotaban.
  Sin embargo, no podía recordar como había llegado hasta allí. Era incapaz de reconocer el lugar donde estaba, pero estaba seguro de no haber perdido la memoria. 
  Revisó su billetera para comprobar si su identidad coincidía con la que recordaba. 
«Juan Antonio López Salvo» era el nombre que figuraba en el documento de identidad y el de la foto sin duda era él. Las tarjetas de crédito y el dinero estaban allí, por lo tanto no lo habían robado. Trató de recordar el día anterior. Había ido a trabajar como hacía siempre. Llegó a la oficina temprano, preparó café y se sentó frente a su computadora. Atendió varias llamadas de clientes, preparó un par de presupuestos y a mediodía fue a almorzar al bar de siempre. Solo, como hacía cada día. Volvió a la oficina y…..
  Ahí aparecía un hueco. Le costó recordar lo que hizo después del almuerzo. Por lo general sentía sueño tras la comida y solía dormitar un rato frente al ordenador mientras no entraba ninguna llamada. No sin dificultad recordó que su jefe lo llamó para hacerle un encargo, algo sobre entregar un paquete en una dirección cercana. Recordó haber dicho que él no era cadete y la sonrisa macabra de su jefe alegando que pronto habría un ascenso en la empresa, pero no para la gente que ponía peros a todo. «No es un encargo que le pueda dar a un cadete» habría dicho su jefe y nada más. 
¿Había entregado el paquete? ¿Cómo era? ¿Grande, pequeño, pesado, liviano? ¿Peligroso o inofensivo?
Nada. No había caso. Desde el momento en que tocó el paquete su mente estaba en blanco. ¿Lo había tocado realmente? ¿Aquello era todo una maldita pesadilla? 
 Aparte de su ropa ensangrentada, encontró ropa de mujer tirada por el piso. Colillas de cigarrillos con el filtro coloreado. Él no fumaba. Y esas prendas femeninas no podían ser de su esposa. Más bien correspondían a una mujer delgada, de pies pequeños y a juzgar por el largo de las pantimedias no podía medir más de un metro con cincuenta.
  ¿Acaso había ido a entregar esa ropa? No tenía mucho sentido. La ropa tenía olores consistentes con haber sido usada. Sin embargo, la mujer no estaba ahí. ¿Estaría soñando acaso?
Se tiró en la cama y cerró con fuerza los ojos, confiado en que despertaría en la suya. 
  El ruido de la puerta abriéndose cuando aún no había conseguido dormirse lo despabiló.
   La mujer era muy atractiva y le sonrió tras cerrar.
   —He traído todo para curarte, cariño—dijo luego de besarlo con pasión en la boca, haciéndole gritar de dolor.
  —Lo siento, es que eres irresistible —dijo ella—. Y encima me esperas como Dios te trajo al mundo. 
Juan se puso un boxer y la dejó hacer. Ella le pasó una pomada por los golpes y le limpió la sangre en la boca. Él no podía dejar de mirar su senos, más generosos de los que anunciaba el sostén que había visto tirado. En lo que sí había acertado en la estatura y la delgadez general de la mujer.
  —¿Quién sos? —preguntó cuando ella hubo terminado su labor y él se terminó de vestir de manera adecuada.
  —¿Tan pronto te olvidaste de mí? —se quejó la mujer.
  —No puedo recordar nada. Desde ayer a la tarde. Sé quién soy, donde vivo y donde trabajo. Pero las últimas horas se me han borrado. Y vos no sos mi esposa.
  —Vaya que te ha dejado mal la paliza. Quizás tengas una conmoción cerebral. Tendremos que ir al hospital. Eso pasa por no hacer caso a tu jefe. Hablando de eso. Tenemos que deshacernos del...
  —¿Qué tiene que ver mi jefe……..? ¡El paquete! Ahora recuerdo. Me lo hizo traer acá y que lo esperara. Y eso fue lo que hice.
  —Hiciste algo más que no te dijo. Cediste a la tentación de abrirlo. Tu maldita costumbre de hacer lo que se te antoja. Te dijo bien claro que no intentaras abrirlo. Te lo dijo.


—Bajo ninguna circunstancia  lo vayas a abrir. Ni te separes de él. Es muy importante que hagas todo como te dije —le indicó el jefe a Juan la tarde anterior.
   —No entiendo nada, jefe— protestó Juan —¿para qué quiere que lleve el paquete si usted va a ir después? ¿Y si se lo dejo ahí y me voy? ¿O esta es la única llave del apartamento?
  —¿Querés el ascenso o no lo querés? —replicó el jefe molesto—. Mirá que hay varios candidatos. Si seguís con vueltas se lo doy a otro.
  —De ninguna manera— respondió Juan tomando el envoltorio. Pese al pequeño tamaño, era bastante pesado—. Yo me ocupo de llevarlo.
  Juan puso el encargo en el asiento de acompañante de su viejo coche. Tentado estuvo de abrirlo varias veces durante el viaje. A duras penas consiguió resistir la tentación. Se distrajo pensado con alegría que, gracias al ascenso, al fin podría cambiar ese cascajo de cuatro ruedas por un coche nuevo.
   Abrió el apartamento sin encender la luz y para su sorpresa, una joven mujer le esperaba allí para lanzarse a sus brazos y llevarlo a la cama sin que pudiera (ni quisiera) resistirse. Ella se quedó dormida luego del sexo y Juan se sentó en lo cama mirando el paquete. Fue a la cocina a buscar un cuchillo para abrirlo. La mujer era muy hermosa y no se había molestado en vestirse al despertar.
  Ella le contó que su jefe la había contratado para entretenerlo y que no abriese el paquete.
  Juan estalló de rabia. Nunca le había sido infiel a su mujer en veinte años. ¿Y si ella se enteraba?
Aquello podía arruinar su matrimonio.
  —Si cree que una prostituta va a frenarme, está muy equivocado.
  Su jefe entró mientras Juan peleaba con la dura cinta que cerraba el paquete. El primer golpe le bajó dos dientes. El segundo casi le fractura varias costillas. Luego el ojo. Y otra vez más dientes volaron de su boca. Más por instinto que por conciencia, uso el cuchillo para defenderse con tanta puntería que su jefe dejó de golpearlo de inmediato. Lo había matado. Acto seguido, se desmayó.

Juan se despertó sin tener idea de donde estaba.  El dolor en su boca era muy fuerte…….

martes, 16 de junio de 2026

LA COMETA Y EL TREN

 Este es un recuerdo de la infancia, teñido por el paso del tiempo y la nostalgia. Pero es por lo menos un noventa por ciento real.



Corría el año 1973. El barrio Capurro miraba a la bahía desde su playa arruinada por los efluentes de ANCAP, que convirtieron sus hermosas aguas en una ciénaga de la que salíamos con un pegote negro muy difícil de remover de nuestra piel.
  Su hermoso parque aún no había sido víctima del inexorable alcance del progreso, ni del trazado de los accesos a Montevideo que le robarían una buena parte de su extensión.
   En ese hermoso barrio de cara al Río de la Plata, transcurrió nuestra infancia pobre pero feliz.
   Aquellos niños que fuimos mis hermanos y yo, ignorábamos los complicados momentos que se vivían en el el país, cuidada nuestra inocencia por los adultos que formaban parte de nuestro entorno más cercano: nuestros abuelos maternos, Miguel y Élida; papá y mamá, cuyos nombres de pila ignoraba yo en aquellos tiempos. 
    Jugar en la calle era habitual en una época de tránsito más bien escaso y donde el consumo de drogas y la delincuencia todavía no habían causado estragos entre la población, cuando podíamos estar seguros en el exterior. Nuestras diversiones eran las de cualquier niño de entonces. Los varones con el trompo, la pelota y las bolitas.  Las niñas con sus muñecas, sus juegos de té y la cuerda para saltar. Juegos diferenciados por género, algo habitual antaño.
  Sin embargo, la primavera traía un entretenimiento que solía ser más igualitario: remontar las cometas. Para los niños de ahora, acostumbrados a comprar las cosas hechas, resultaría difícil imaginar todo el trabajo previo a ese instante donde el viento se convertía en cómplice de nuestro juego, elevando nuestras cometas hasta llenar el cielo formando un mosaico multicolor y cambiante.
   Aunque la confección casi siempre era tarea exclusiva de los varones, siempre había que recurrir a nuestras madres y abuelas para pedir retazos de tela y formar esa larga cola que impedía que nuestros ingenios voladores aterrizaran de cabeza aún antes de despegarse mucho del suelo.
   La primera parte consistía en cortar longitudinalmente las cañas (en esos años aún no se usaba madera), tarea exclusiva de los adultos ante la posibilidad de lastimarnos la mano, y por un tema de fuerza física también. Se le hacían unas muescas en ambas puntas de las tiras, a veces un pequeño agujero en el centro de las mismas y, mediante la unión con el famoso hilo de cometa, se formaba el esqueleto que variaba de acuerdo al diseño de la misma, que podía ser un barco, un pájaro, una estrella y todo aquello que la imaginación y los principios físicos que gobernaban su vuelo permitieran.
   Aquella tarde, papá junto a nuestro tío Miguel habían armado el necesario esqueleto para crear una estrella. Mi hermano menor y yo pegamos con goma y mucho cuidado los pedazos del papel cometa para rellenar aquella estructura de hilo y cañas, mitad azul y mitad roja. Después, con unas tiritas más pequeñas y de otros colores, alegramos los bordes de nuestra cometa con cientos de flecos. Mamá le colocó una larga cola hecha con retazos de sábanas; papá los tiros y un hilo largo que envolvió con habilidad en un pedacito de madera, mientras los niños veíamos con ojos asombrados como el ovillo crecía a gran velocidad.
  Si algo no ha cambiado en el carácter de los niños, es lo insoportable que se ponen cuando quieren algo, ignorando por completo las razones aducidas por los adultos ante sus por qué; discusión que se solía zanjar con un contundente «Por que lo digo yo, y chau»
  Ahí solo quedaba acatar. Pero aquella hermosa tarde de primavera, nuestra insistencia tuvo su premio y conseguimos convencer a papá de que nos llevara al Parque Capurro a remontar nuestra recién creada estrella voladora. Mi hermana no quiso ir, quizás porque a sus diez casi once años no le pareció apropiado dedicarse a «juegos de niños». Yo, con mis ocho años recién cumplidos y mi hermano a un mes de llegar a los siete, nos alegramos; íbamos a tener más tiempo para remontar nosotros.
    En la rambla frente al estadio de Fénix, comenzamos con el clásico ritual. Papá sostuvo la cometa en alto y yo corrí unos cuantos metros, hasta que nuestra multicolor estrella comenzó a elevarse hacia el límpido cielo. Siguiendo las instrucciones del viejo, soltando y recogiendo el hilo según el viento requería, la cometa se elevaba rauda, haciéndose cada vez más pequeña.
  Nos fuimos turnando con mi hermano en el control de la piola, disputando los tiempos que nos correspondían a cada uno, con algunas discusiones que papá sabía zanjar con aquella frase lapidaria: —Si se siguen peleando nos vamos para casa—. Santo remedio.
    Nuestra feliz tarde tuvo un final inesperado y que no he conseguido borrar de mi memoria  a pesar de los años transcurridos. De los pocos recuerdos de ese tiempo que me quedaron grabados a fuego.
   Mientras disfrutaba de mi turno remontando, mi hermano, juntando cosas que nunca supe que eran, se fue arrimando a la vía sin darse cuenta que el tren de ANCAP venía desde la zona portuaria hacia la planta ubicada en la teja.
   Segundos más tarde, todo pareció suceder en cámara lenta, como si de una película se tratara. Papá que le pegó el grito a mi hermano y corrió a atajarlo antes de que llegara a la vía. Yo, asustado, que solté el palito que me ataba a nuestro pájaro de papel. La cometa que se elevaba aún más hacia el azul infinito, libre ya de ataduras terrenales. Y el tren, el maldito tren, el insensible tren, el odioso tren, que pasó junto a mis seres queridos cuando ya estaban a una distancia segura y enganchó el hilo de la cometa, cuya libertad de volar dejó de ser tal, y la clavó en la copa de un árbol altísimo en el medio del Parque Capurro, donde se quedaría hasta que el tiempo y la erosión hicieran su trabajo.
  Más de cincuenta años después, me parece verla aún entre esas ramas, perdido para siempre su sueño de vagar entre las nubes.

martes, 26 de mayo de 2026

RENACIMIENTO

 El presente relato nos invita a padecer una de las peores pesadillas para quienes amamos los libros: un mundo donde la gente ya ni siquiera sabe leer. Aunque al final aparece un pequeño rayo de esperanza para devolvernos nuestra humanidad. 

Me encantaría recibir comentarios de los lectores. Es bueno saber que hay seres humanos del otro lado.



   Miro con orgullo el retrato de mi abuelo, una rareza en este mundo hecho trizas. Sentado frente a la chimenea encendida, sosteniendo con mano firme “El Decamerón” de Boccaccio, rezuma el aire intelectual de una época perdida a causa de nuestra propia estupidez.
    Ya nadie lee. Pero eso no es lo peor. Lo más terrible es que nadie sabe hacerlo ni le interesa aprender. Bueno, casi nadie. Un supuesto grupo rebelde reclama su dominio sobre el arte de la lectura. Ni siquiera creemos que dicho grupo exista.
  No sabemos todavía cómo pasó. O sí. Primero fue la calculadora, ese inocente aparatito que nos ahorró el trabajo de hallar una raíz cuadrada o resolver una ecuación diferencial. Después, llegaron las computadoras que nos evitaban horas de trabajo, mas no eran accesibles a todos. Mi abuelo las odiaba.
   Los teléfonos inteligentes, pequeñas computadoras de mano, pusieron al alcance de casi todo el mundo las maravillas de la tecnología. Solo quién viviera en la pobreza extrema no podía acceder a uno, pero tampoco a una educación formal. 
  En el segundo cuarto del siglo veintiuno, la inteligencia artificial comenzó a avanzar a un ritmo vertiginoso, un crecimiento exponencial que, según creo, fue la peor condena para nuestra cada vez más idiota y dependiente humanidad.
  No, no vino Schwarzenegger a exterminarnos. No. Las máquinas nos esclavizaron de un modo mucho más sutil. Nos convirtieron en sirvientes que hacían los que éstas ordenaban, sin preocuparse de entender el porqué.
  Los audiolibros, esa maravilla creada para que personas no videntes pudieran acceder a la cultura, fueron desplazando al libro impreso hasta convertirlo en una reliquia. Los escritores fueron muy pronto sustituidos por máquinas que creaban historias sosas y repetitivas que exigían poco del oyente, pero aumentaban sus niveles de dopamina en segundos.
   Las máquinas terminaron con la sordera, la ceguera, el cáncer, el parkinson y casi todas las enfermedades. También con el delito y la corrupción. Sin querer, destruyeron al hacerlo eso que nos hacía humanos. El amor, la empatía, el deseo de crear y compartir. La necesidad de ser.
  Nos dieron todo digerido, pronto para consumir. Todas las artes humanas desaparecieron. Libros, películas, música, pintura; todo se volvió artificial. Sin darnos cuenta, fueron ocupando nuestro lugar y nos convirtieron en artefactos orgánicos carentes de alma. En sus aparatos.
    Ya no había artistas sobre un escenario a los que premiar con los aplausos. Todos los viejos museos habían sido convertidos en recorridos virtuales por un mundo que había dejado de existir y por el que nadie se interesaba.
   Sin embargo, hubo algo que las máquinas no pudieron prever. La apatía fue ganando a la humanidad hasta el punto que dejamos de reproducirnos; ya nadie quería tener hijos a los que no podría criar. Ese fue otro punto de quiebre. Nuestro amos cibernéticos no se dieron cuenta del problema hasta que empezó a escasear la mano de obra. No fue un inconveniente para ellos. Fabricaron más y más robots humanoides. Pronto descubrieron que podían prescindir de nosotros y nos dejaron abandonados a nuestra suerte.
    Los suicidios masivos diezmaron la ya reducida población humana. Le habíamos vendido nuestras almas a un Dios hecho de cables y silicio, que no dudó en expulsarnos del paraíso.
   Tengo que dejar la casa antes de que vengan a tirarla abajo. Necesitan mi terreno cercano al río para sus centros de datos. Quisiera llevarme el cuadro del abuelo, pero es demasiado grande y no sé cuanto deberé pedalear hasta encontrar el asentamiento humano. Cargar la poca comida que aún me queda es mi única prioridad.
    Subo a la bicicleta y comienzo mi camino con una nueva sensación en el corazón. Mis ojos están húmedos, gotean. ¿Lágrimas? Quizás. ¿Esto es la tristeza? Tantos años viviendo como un autómata, sin pensar, criado en una “granja de humanos”, para servir a esos amos inhumanos que ya no me necesitan. Tras una vida entera de inconsciente esclavitud, la libertad se siente más como una carga que como un privilegio. Ahora entiendo eso a lo que llaman miedo… 

Llevo dos meses en el campamento. Los rebeldes existen y han tomado el control. Nos están enseñando a leer y escribir. Es muy difícil, pero cuando consigo entender tres palabras seguidas, siento algo llamado felicidad.
   Cultivamos nuestros alimentos. Somos apenas unos cuantos centenares, pero pronto seremos más. Ya hay algunas mujeres encintas. 
   María tiene más o menos mi edad y me mira con ojos brillantes. Voy a hablar con nuestro líder. Necesito saber qué es y cómo decirle lo que siento a esta mujer. Creo que estoy empezando a ser humano.

lunes, 11 de mayo de 2026

PAPI

 Natalia y Jorge se criaron en el mismo barrio. Sus casas, unidas y separadas por un muro bajito. Ambos hijos únicos, forjaron una amistad casi simbiótica, pese a las diferencias sociales. 

     La madre de Jorge había heredado la casa de un tío lejano, en una zona donde su situación económica nunca se lo hubiera permitido.

   Los padres de la muchacha, pese a ser de clase acomodada, nunca se opusieron a esa amistad que con los años se convirtió en una relación de pareja devenida en matrimonio. 

   Era muy gracioso ver a Jorge decirle “papi” a don Germán, el padre de Natalia.

   Cuando lo llevó a trabajar con él en su empresa, le advirtió dos cosas: iba a tener que ganarse los ascensos cómo cualquier otro empleado. Lo principal, que no le dijera papi en la oficina. Allí sería el Sr. Gutierréz. A veces, sin embargo, se le escapaba el apelativo cuando estaban solos en la oficina de su suegro, quién afectuosamente le recordaba no hacerlo.

  —Usted no ha escuchado eso —le indicó Germán a Graciela, la secretaria de su yerno, cuando se le filtró la dichosa palabra en medio de una conversación.

 —No escuché nada, señor—respondió muy seria.

 —Más le vale, señorita.

  Jorge se aplicó mucho al trabajo y ascendió rápido. Graciela subía con él. Porque era muy eficiente. Y porque además...


  Graciela, fascinada con el paisaje en su primera travesía en avión, casi no le prestaba atención a Jorge.

  —Es la tercera vez que te la pido. Dame la tarjeta, por favor.

  Ella se la entregó sin mirarlo. Jorge la guardó y sonrió con astucia.

« Por suerte el estado bancario me llega al email privado, Natalia nunca va a saber que viajo acompañado»

    Había dejado su cuenta al borde del vacío, pero valdría la pena. Dos semanas lejos de todo, con aquella mujer a la que todo lo que le faltaba de cerebro, le sobraba de pasión y sexualidad. 

   Su esposa… bueno, era una gran mujer, hermosa, sexy, compañera como pocas. Mas con los años, los hijos, las responsabilidades y el trabajo, la pasión había decaído hasta convertir el sexo en una casi placentera rutina.

  Jorge  era incapaz de reconocer su parte de culpa. Lo poco que ayudaba en casa, la escasa atención que le prestaba, el casi exiguo tiempo dedicado a su relación. El encuentra sexual carecía del juego previo que antes tanto disfrutaban; las caricias, los besos, el franeleo, todo había desaparecido. Solo cuando su miembro no aguantaba dentro del bóxer, la buscaba para ir derecho al coito sin importarle si ella quería. ¡Y ay de que le reclamara su actitud! 

Ya no somos dos gurises, decía. Estoy cansado. ¡Cómo se nota que vos no trabajás!

  Imposible qué Jorge entendiera todo lo que ella hacía. Ocuparse de la casa, la comida, llevar a sus hijos a sus múltiples actividades, ayudarlos con los deberes, escucharlos cuando necesitaban hablar, cuidarlos. Todo eso la agotaba. Y sin embargo, siempre lo esperaba con su mejor sonrisa y el hogar sin rastros del caos vivido a lo largo del día.

  Con el tiempo, ella empezó a hablar en voz baja, casi en susurros, solo cuando estaba con él. Para que forzar la garganta. Sabía que Jorge la escuchaba con la misma atención con que un ciego miraría la caída del sol. Cuando le informó del viaje al que no la llevaría, ella supo lo que tenía que hacer. No dijo una palabra, no hubo ningún reproche. “La fruta cae cuando está madura”—pensó Natalia.


   En el hotel, el recepcionista le devolvió la tarjeta con una sonrisa.

   —Su jefe debe apreciarlo mucho para pagarle este hotel de lujo —dijo sorprendido.

  —¿Qué? Sí, claro —respondió sin prestar atención. Su bragueta ya no resistía la presión. El deseo incontrolable hizo que las palabras del recepcionista atravesaran sus oídos.

   Dos horas más tarde, saciados ya sus más básicos instintos, abrió la valija para buscar su  exclusivo jabón de baño. 

  —¡Qué suerte tienes de trabajar para tu padre! ¡Puedes tomarte vacaciones cuando quieras!-dijo Graciela.

«Maldita tonta. Aún no entiende que Germán es mi sue...» 

  Su pensamiento se interrumpió por un terror atávico. Sobre su ropa, un sobre con la letra de Natalia. No podía ser bueno. O sí. Una carta de amor quizás. «Pobre tonta» pensó desdeñoso.

   No había carta. Del sobre cayeron pedacitos de un plástico que reconoció enseguida.

  Sacó la tarjeta corporativa del bolsillo del saco y ahora sí las palabras del recepcionista cobraron sentido. Aquellas fueron las peores vacaciones de su vida.

viernes, 24 de abril de 2026

CUESTIÓN DE TIEMPO

  El tiempo no deja de ser una subjetiva creación humana —dijo el Doctor Marcio Gómez a su discípulo—. No es algo tangible que se pueda manipular a discreción. 

Manuel Urrutia torció la boca con desagrado. Su profesor era un hombre brillante pese a no ser alguien de mente abierta.

—Piense, profesor —dijo con el entusiasmo propio de su juventud—. ¿Acaso la dilatación cuando viajamos cerca de la velocidad de la luz no es real? Piense todo lo que se podría lograr si consiguiéramos detener el tiempo. Las posibilidades son infinitas.

  —Supongamos que lograras hacerlo. ¿Cómo evitarías que  no se detuviera también para vos? ¿Cuánto espacio abarcaría la parada? ¿Esta pieza? ¿Esta ciudad? ¿Una persona?

—Empezaríamos por algo simple —dijo Manuel—. Una persona sola. O mejor aún. Una parte del cuerpo. Supongamos que me corto un dedo, no paro de sangrar y estoy solo. Detengo el tiempo para la mano, mientras espero que llegue alguien o llamo para pedir ayuda. ¡Sería genial!

El doctor Gómez sonrió ante la ingenuidad de su alumno.

—Entonces la sangre dejaría de circular por tu brazo. ¿O pensás que va a encontrar un camino alternativo para esquivar la parte congelada en el tiempo? No sería una solución muy brillante. Terminarías perdiendo todo el brazo si demorás mucho. O muriendo. Por algo ya no se usan los torniquetes. No soy médico, pero podemos preguntarle a uno si quieres.

Manuel no se iba a a rendir así nomás. Necesitaba el apoyo de su profesor para la máquina que había inventado. La había nombrado pomposamente “Urrutia’s time sttoper”. ¿Por qué en inglés? Quizás porque sonaba más impresionante que “La máquina de detener el tiempo de Urrutia”. Además de ser mucho más corto.

—A lo mejor tiene razón en lo del dedo. Pero, con todo respeto, tengo un ratón dentro de mi máquina hace tres semanas y no se le mueve ni el bigote. Está detenido en el tiempo.

—¿Qué tenés un ratón detenido..? ¿Dónde?

—En la “Urrutia’s time sttoper”. Como le dije, lleva tres semanas y no se le mueve ni el bigote.

—Eso tengo que verlo. Pero te advierto, jovencito, que vas a tener que dar muchas explicaciones. De dónde salió el dinero, quién te autorizó a hacerlo y si hay alguien más implicado.

—El dinero lo puse yo. Y nadie me autorizó ni me ayudó. El mérito es todo mío. Venga conmigo, por favor.

  Manuel guió al profesor a un viejo edificio de la facultad que no se utilizaba hacía tiempo. Destapó una caja transparente sin tapa, de unos treinta por cincuenta centímetros, rodeados por una gran cantidad de aparatos que el brillante doctor en física fue incapaz de reconocer. El ratón estaba a medio camino de una caída, con el terror reflejado en sus ojos y las patas delantera estiradas como tratando de amortiguar el golpe. Le separaban escasos diez centímetros de piso de la caja. Gómez buscó los hilos invisibles u ocultos, y estudió al roedor para ver si se trataba de un juguete o un ratón embalsamado.

—¿Qué le parece? —preguntó ufano el joven estudiante—. ¿Me cree ahora?

—Creo que es un truco excelente, pero aún no lo descubro.

—No hay truco, profesor. Esto es ciencia pura. Dentro de la caja el tiempo no avanza. Si se fija bien, incluso podrá ver las motas de polvo suspendidas en el aire.

Gómez se acercó a la caja y observó con detenimiento. O su alumno era el mejor ilusionista sobre la tierra, o el físico más brillante y talentoso de todos los tiempos.

—¡¿Qué demonios?! —exclamó azorado—. ¿Cómo diablos lo lograste?

—Ya se lo dije, profe. Ciencia aplicada. Debería estar orgulloso de ser mi mentor. Y ahora, si me permite, volveré a nuestro involuntario colaborador a la vida.

Manuel se acercó a la pantalla táctil del aparato, digitó hábilmente los controles y el ratón culminó con éxito su viaje hacia el suelo, recuperando su vitalidad. Sacó al roedor de la caja y lo llevó a un intrincado laberinto. El animalito lo recorrió a una velocidad sorprendente, sin dudar nunca el rumbo a tomar. Llegó al queso, lo comió con desesperación, y segundos después, cayó muerto.

—Efectos secundarios —apuntó el joven—. El anterior había estado seis días y murió antes de llegar al piso de la caja. Una colega de veterinaria le hizo la autopsia. Mostraba un crecimiento desmesurado del cerebro, lleno de sinapsis nuevas. El que murió ahora nunca había estado en el laberinto. Y usted vio lo rápido que resolvió el camino. Como si se hubiese vuelto más inteligente. Necesito seguir modificando mi invento. Necesito armar una máquina donde puede meter a un ser humano que pueda contarnos lo que siente, si la mente sigue activa o es como un sueño profundo. Para eso se necesitan más recursos. ¿Está dispuesto a trabajar conmigo, profesor?

—¡Por supuesto que no! —bramó el aludido—. Esto es una locura. ¿Has pensado en las implicaciones morales y éticas de tu invento? Estás experimentando con seres vivos, encima sin autorización. ¿No se te ocurrió probar con una fruta, por ejemplo?

—Fue lo primero que hice. Una manzana. Tres semanas en la máquina y ni siquiera empezó a machucarse. Pero tenía un gusto horrible y me provocó diarrea. Por suerte le dí solo un mordisco pequeño.

 El doctor Gómez no podía dar crédito a lo que escuchaba. Era insólito que su alumno fuera tan inteligente para algunas cosas y tan estúpido para otras.

—¿No se te ocurrió hacerla analizar antes? Ahora recuerdo, el olor a podrido en el laboratorio de ciencias. La maldita manzana, ¿o me equivoco?

—Eran mis gases por culpa de la manzana. La tiré por esa ventana para afuera. Creo que un perro se la comió. Debe haberse cagado parado, ja, ja.

El profesor a duras penas podía contener las ganas de acogotar a ese idiota.

—¡Imbécil! —bramó—. Mataste a Clara, la perra del director. ¡Tan brillante qué parecés! ¡Dios mío! ¡Con razón no pudieron salvarla, pobrecita! Vas a tener que dejar de jugar con el tiempo. Voy a hablar con el decano y aconsejarle que te expulse de la facultad.

—No lo creo, querido profesor —ironizó Manuel sacando un arma de entre sus ropas—. Se convierte en mi aliado o se muere —agregó mientras amartillaba el arma.

Gómez pensó en lanzarse encima de su loco alumno, pero si fallaba nadie podría detenerlo. No le quedaba más remedio que jugar su juego.

—Ahora que nos entendemos, profesor, vamos a comprobar mi pequeño experimento de la mano y la sangre. Aunque solo fue una estupidez que usé para ver su reacción, se me antoja comprobar que tan cierta es su teoría. Hay una tijera de podar en esa mesa. La iba a usar para probar con una flor, pero ahora usted la va a tomar y se va a cortar la punta de un dedo. 

Sabiendo que era imposible razonar con el enajenado joven, hizo lo que le ordenó, tratando de no gritar. La sangre empezó a brotar de su despuntado índice.          

Manuel activó la máquina y le señaló que metiera la mano. Cuando su dedo pasó la mitad de la caja, la sangre se detuvo. Sin embargo, el resto de su mano se sentía normal. El campo temporal parecía no abarcar la mitad superior de la caja.

— ¡Lo sabía, lo sabía, soy un maldito genio! —gritó Manuel enfervorizado—. ¡Yo debería ser el profesor y usted mi tonto alumno, ja, ja!

 Empezó a bailar girando y tirando papeles hacia arriba. Comenzó a dar vueltas alrededor de la máquina. Gómez aprovechó a hacerle una zancadilla cuando pasó junto a él, derribándolo. Sacó la mano del cubo y se lanzó encima de Manuel. El arma voló lejos. La juventud de Manuel no era rival para la corpulencia y buen estado físico del maestro, que lo tiró al suelo con un puñetazo y fue a buscar el arma. Al darse vuelta hacia Manuel, la sangre se le heló en las venas. Porque el joven se metió de cabeza en la caja sin que pudiera evitarlo. 

Gómez no sabía como apagar la máquina y pronto Manuel empezó a convulsionar. Corrió al tablero y bajó todos interruptores. Por suerte la luz natural era buena.

Mientras trataba sin éxito de sacar la cabeza de su joven alumno de la máquina, este abrió los ojos y comenzó a reír a carcajadas.

—No se moleste, profesor, puedo sacar la cabeza cuando quiera. Pero ahora voy a continuar con mi experimento. Observe.

Ante la atónita mirada del profesor, el arma voló a la mano de Manuel.

—Podría matarlo ahora, pero quiere un testigo de cómo aumenta mi inteligencia. No intente detenerme. Mi mente no se detuvo un segundo. Ahora soy mucho más inteligente que antes. Pero no es suficiente. Voy a reactivar la máquina con mi poderoso cerebro, y usted no podrá evitarlo. Mire y aprenda.

Gómez retrocedió con espantoy cayó sentado. Los interruptores qué había apagado empezaron a subir uno a uno, como movidos por una mano invisible y la máquina se encendió de nuevo.

—¡A máxima potencia! —gritó enfervorizado. Fueron sus últimas palabras. Su cuerpo volvió a convulsionar, esta vez con mucho más violencia hasta quedar exánime.

No precisó acercarse para saber que el muchacho estaba muerto. Volvió a cortar la corriente a la máquina. Lo único que le quedaba por hacer era destruirla y rezar por que nadie encontrara los planos. Estaba seguro que su ahora ex alumno los tendría en su laptop protegidos por varias contraseñas. No iba a correr riesgos. Pese a lo impactado que estaba, aún le quedaron fuerzas para encender algunos de los muchos papeles desparramados por el desaforado baile del genio loco. Esperó que el fuego llegara a su infortunado alumno y salió en silencio. 

Cuando llegó a su oficina, el viejo laboratorio ardía junto con los sueños y la locura de Urrutia. Tentado estuvo de revisar el laptop que el muchacho había dejado en su oficina. Resistió la tentación. Sacó el disco duro y lo frió en el microondas, entre chispazos y explosiones. Recién cuando hubo terminado, se dio cuenta lo extraño que se veía su dedo y se asustó. Pensó en como justificar ese estado y tomó una dolorosa decisión. Fue hasta su auto, abrió la puerta y la cerró de golpe sobre su maltratado índice. El grito se escuchó en todo el edificio.



martes, 21 de abril de 2026

¿NO LE PARECE, DOCTOR? (CUENTO COMPLETO)

 ¿Puede un golpe de suerte convertirse en una desgracia? Al protagonista de esta historia, la fortuna repentina se apresta a jugarle una mala carta. ¿Podrá salir bien librado? O acaso....


Tal vez usted pueda comprenderlo, doctor, aunque hasta a mí me cueste creerlo. Fue hace tanto, tanto tiempo. Todos creen que estoy loco, doctor, pero le juro por lo más sagrado que todo no fue otra cosa que un maldito accidente. Esto que voy a contarle no lo sabe nadie, ni mi mujer ni mis más íntimos amigos. Espero que pueda entenderme, doctor. Yo siempre fui un tipo muy tranquilo, ¿sabe?, sin mayores ambiciones, y era feliz con mi casita, mi trabajo, monótono, sí, pero seguro, los viernes de fútbol cinco con mis amigos, el almuerzo familiar de los domingos, ir al cine cada tanto con mi gente, en fin… Verdaderamente disfrutaba las cosas simples de la vida, la familia, los amigos, los paseos. Hasta aquella tarde que…

Discúlpeme la pausa tan extensa, pero trato de recordar los hechos lo más fielmente posible. Le decía, doctor, que llevaba la vida con alegría y tranquilidad, hasta que camino al trabajo el ómnibus se rompió y, por no esperar el siguiente, arranqué caminando. Entonces la vi. Solita. Abandonada. Apoyada contra el árbol, como esperando el camión de la basura. No soy un requechero, no vaya a creer. Pero estaba nuevita y me pareció una lástima no llevarla. Al levantarla se abrió de un costado y un billete salió volando por ahí. Era de cien dólares. Le juro, doctor, que nunca me interesó el dinero, pero miré el interior de la valija y vi que estaba llena de billetes. Ese día no llegué a trabajar. Me senté en un murito, con la valija a mi lado, turbado, confundido, deseando a la vez que el dueño viniera a buscarla y que nadie apareciera. No sabía qué hacer. A la hora habitual regresé a casa, comprobé que la valija sólo contenía dinero y no había documentación alguna que me permitiera saber de quién era ese dineral, y la escondí en el ropero.
     Esa noche no dormí. Mire, doctor, yo siempre pensé que era el tipo más honesto del mundo. Pero tenía en mi casa una valija llena de dólares que no me pertenecían, aunque una parte de mí me decía que sí y ponía mis principios del lado más débil de la balanza. Finalmente, luego de largo tiempo con la cabeza a doscientos por hora, llegué a un acuerdo entre mi hasta entonces única parte, la honesta, y mi recién descubierta ambición. Guardaría el dinero sin tocarlo durante un tiempo prudencial y si nadie reclamaba la valija y justificaba su calidad de propietario alegaría un golpe de fortuna y comenzaría a gastarlo de a poco. Si hubiese sacado, digamos, el Cinco de Oro, mi súbito enriquecimiento no despertaría ninguna clase de suspicacias.  
    Pasó bastante tiempo, le juro. Dos, tres, quizás cuatro meses, sin que nada sucediera. Y cuando por fin me decido a empezar a gastarlo, ¡zas! ¡Primera plana en todos los diarios! Veo los titulares enormes como si los tuviera frente a mí en este momento. Importante ejecutivo de una mega-empresa despedido y encarcelado por un brutal desfalco de casi cien mil dólares. Misterio absoluto con respecto al paradero del dinero. El reo que alega no recordar qué hizo con el dinero mal habido. ¿No escuchó del caso? Sí, sí, tiene que haber oído. Fue un caso muy sonado. Ah, sí, le sigo contando. Imagínese mi desilusión y mi miedo. Pensé que si me aparecía por la comisaría con el dinero iban a pensar que era cómplice del tipo y el terror me paralizó. En todos lados veía sicarios del ladrón y el solo hecho de ver un patrullero me provocaba pánico. El tipo ese, el ladrón, dejaba desamparados a una joven mujer y tres pequeños niños. Y aunque yo no tenía culpa de su deshonestidad, cada vez que la mujer aparecía en la televisión me hacía sentir terriblemente mal. Ahora lo recuerda, ¿verdad? Bien, como le decía, tanto ruido hizo la mujer que al final le dedicaron más de un programa especial en la tele. Su sufrida imagen apareció una y otra vez rogando a quien hubiera encontrado una valija negra llena de billetes, o sea, yo, que por favor la devolviera, que su marido no había robado el dinero, que había ido a depositar al banco y al sentirse mal lo había perdido, olvidándolo en algún lado. Que si la valija aparecía la empresa retiraba la denuncia y ellos podrían volver a empezar. Que quien la devolviera no tuviera temor a represalias, que la policía mantendría su identidad en secreto y, además, recibiría una importante gratificación por parte de la empresa y la satisfacción de haber evitado la desintegración de una familia. 
  Le juro, doctor, que pocas decisiones en mi vida me resultaron tan difíciles como esta. Al final, llamé desde un teléfono público a la seccional, pregunté de cuánto era la recompensa y acordamos que llevaría el dinero a una casilla que el comisario tenía en el correo central. Retiré la parte del dinero que me correspondía y el resto lo puse en una bolsa de residuos negra, la que cerré escrupulosamente con cinta adhesiva gruesa. Puse la valija bajo la cama, la bolsa en mi mochila y partí rumbo a la central de correos. Caminé apurado, ansioso, deseando terminar de una vez por todas con ese enojoso asunto, y salí del correo con la íntima satisfacción de haber cumplido con lo que consideraba era mi deber. ¡Qué sé yo! Recuerdo haber estado horas bebiendo en un bar, aunque nunca suelo hacerlo.     Doctor, se lo juro, pero me sentía extraño, triste y feliz a la vez. No llegué a emborracharme, pero tampoco salí del bar en mis cinco sentidos, usted me entiende. Quizá si no hubiera prendido el televisor, si me hubiese acostado a dormir, no sé, si mi mujer hubiese estado esa noche en casa, si no tuviera la maldita costumbre de ver todas las noches el informativo, nada de esto hubiera pasado. Pero lo vi y, a pesar de no estar cien por ciento en mis cabales, recuerdo con meridiana claridad cada palabra que dijo el locutor: «Insólito vuelco en el caso de los cien mil dólares robados por el ejecutivo del banco internacional». Casi en el mismo minuto en que la policía informaba a la prensa de la devolución del dinero por parte de alguien que no se había identificado, un comando detuvo en el aeropuerto a la mujer del ejecutivo, que pretendía huir con el botín hacia el extranjero. Tras ser detenida y comprobarse que llevaba más de cien mil dólares escondidos en el equipaje, la mujer confesó que en todo momento había tenido el dinero en su poder y que pensaba reunirse con su esposo una vez que el abogado consiguiera sacarlo de la cárcel. Lo que desconcertaba a las autoridades y también al periodismo en general era saber de dónde habían salido los noventa mil dólares devueltos por un anónimo ciudadano.
    Vio cómo son las emociones fuertes, doctor. No podía entender nada. Recuerdo claramente que reía y lloraba a la vez, y que me sentía terriblemente idiota por haberme conmovido y devuelto el dinero.         Saqué la valija, la abrí arriba de la cama y la revisé una y otra vez. Y, por un rato, enloquecí. Sólo por un rato. Agarré la valija a patadas, deseando destruirla. Y como no lo conseguía, la prendí fuego. No estaba consciente de lo que hacía, doctor, se lo juro. Cuando quise acordar, la cama ardía, segundos después las cortinas y al poco rato toda la casa era una inmensa fogata…

   Ah, sí. Usted se pregunta por qué cuando llegó mi mujer yo reía como un loco picando los pocos billetes que aún me quedaban. Claro, por eso me encerraron acá. Por eso pensaron que estaba loco. ¿Sabe qué pasó? No, claro, cómo lo va a saber si no se lo digo. Mire, doctor, yo le dije que al principio me sentí un idiota por haber devuelto el dinero. Pero más tarde, mientras el fuego consumía mi casa y los bomberos corrían de un lado para otro, un desconocido se me acercó y después de decir «¡Qué incendio!», comentó: «¿Vio la plata que le devolvieron a la policía? ¡Era falsa! Parece que el pobre tipo se cobró su recompensa de ahí. ¡Qué tarado, qué tarado!».
  ¿Comprende ahora, doctor, mi momentánea locura? Tantos problemas, tantas dudas, tanto pelear con mi conciencia, tantos miedos, para al final terminar incendiando mi casa, para perderlo todo y todo eso… por unos p… billetes falsos. ¡Qué ironía! ¿No le parece, doctor?

viernes, 3 de abril de 2026

LA CASA VACíA

El reto de marzo de literautas (https://www.literautas.com/), nos proponía crear un texto con el título "La casa vacía". Cómo desafía extra, debería estar escrito en tiempo presente. Siempre me gusta agregarle algo extra al reto, en este caso, que quién narrase la historia fuese la propia casa. Este es el resultado. Espero que lo disfruten.


                                    SE AGRADECEN LOS COMENTARIOS. ES BUENO SABER QUE HAY SERES HUMANOS DEL OTRO LADO DE LA PANTALLA



Han pasado seis años ya desde la muerte de la señora Celia, mi última moradora. La capa de polvo que cubre mis pisos crece cada día, ayudada por el viento que se cuela a través de las ventanas sin vidrios, destrozados hace tiempo por una panda de chiquillos malhumorados y aburridos, incapaces de entender mi sufrimiento.

   Soy solo una casa vacía que antes fue un hogar lleno de amor y alegría. El lugar donde Celia y Romualdo criaron seis hijos a los que vi crecer y marcharse apenas pudieron.

    Cuando Celia quedó viuda, ya todos sus hijos nos habían abandonado. A pesar de sus achaques cada vez mayores, ella siempre se las arregló para mantenerme impecable sin ayuda. El día que la ambulancia vino a buscarla, supe con seguridad que ya no volvería.

   Sus hijos, incapaces de ponerse de acuerdo en qué hacer conmigo, me vaciaron de todo aquello que consideraron valioso y me abandonaron a mi suerte.

   Mis mejores años se pierden en la bruma del pasado. Demasiado tiempo hace que mis cañerías están secas, y la electricidad que supo alumbrar las noches familiares es apenas un viejo recuerdo.

   A veces algún vagabundo se acerca a pernoctar y deja sus excrementos y miserias abandonados en cualquier lugar. El olor se hace día a día más insoportable.

  Las goteras cada vez más grandes convierten el polvo en barro cuando llueve.

  Desde fuera debo parecer una vieja casa embrujada. Por algo las criaturas del bosque nunca se acercan a mí. Me he convertido en una pobre cáscara vacía, pudriéndome de a poco por obra del tiempo y el hastío. Pensar que supe ser una especie de paraíso para aquella joven pareja amante de la naturaleza y el silencio.

     La vegetación poco a poco me va abrazando; las hierbas crecen entre las hendijas de mis pisos y las ramas de los árboles se cuelan por las desvencijadas ventanas. Pero los pájaros no anidan en ellos, ni florecen en primavera. Ni siquiera las cucacharas hacen cosquillas en lo que va quedando de lo que alguna vez fue un hermoso cielorraso. 

     Muchas noches sueño con que una de esas máquinas de destrucción que crearon los humanos pasa por aquí y termina con esta inútil agonía de existir sin ser. Pero no sucede.

    El viento, cuando sopla fuerte, me trae las quejas de otras casas que como yo, han perdido su razón de vida. Otras afortunadas, más modernas y cercanas a las rutas, reciben visitas diarias de muchos bichos. Incluso algunos pequeños mamíferos las convierten en sus hogares permanentes. Claro, tienen árboles frutales cerca, y por la desidia de los humanos, aun reciben agua corriente.

  Pienso, pienso, pienso. ¿Habrá una forma de acelerar mi final y terminar con este horrible presente de ser sólo una cáscara vacía, perdida en lo que antaño fue una urbanización de moda?

     ¿Y si ese grupo de muchachos que llegó esta mañana pudiera ayudarme? ¿Cómo? Entraron a mí nada más qué con la tarea de arrancar zócalos y contramarcos para hacer fuego afuera. Sin duda, unos paletos de ciudad que no se dan cuenta de que están rodeados de leña por todos lados. Incluso lo que quedaba de la baranda del porche les había servido para preparar su fogata.

  Ahora cantan y tocan la guitarra mientras cocinan algo a punta de llama. ¿Y sí…? ¿Por qué no?

Necesito llamar su atención. Tal vez con un ruido. Concentro mis fuerzas en hacer caer una tabla del techo. El ruido los alerta. Están asustados y no se animan a entrar. Un piedra papel o tijera define quién lo hace. El desafortunado joven toma una gruesa rama con la punta al rojo vivo para defenderse y entra temblando. Está cerca de la montonera de hojas que el viento acumuló en un rincón. Es ahora.

  Por más que me esfuerzo, no consigo tirar otra tabla. Debo apurarme o va a salir. Para mi fortuna, uno de sus tontos amigos explota una bolsa inflada detrás del muchacho. Aterrado, deja caer la rama y en segundos, todo arde.


Libre al fin, mi alma sube más rápido que el humo cada vez más espeso. Los excursionistas huyen asustados, mientras el viento expande el fuego sin piedad, liberando a otras hermanas abandonadas.

 No sé que pasará ahora. Pero nada puede ser peor que el abandono y la lenta destrucción. Ojalá, el cielo sea algo más que una loca fantasía de los humanos. Ojalá Celia y yo volvamos a estar juntas.


martes, 24 de marzo de 2026

EL ÚLTIMO (Cuento completo)

 Este cuento cierra mi libro "El nieto del dictador". Basado en el microcuento de    Frederic Brown citado a continuación, es una distopía donde trato de imaginar cómo sería la vida en esa soledad extrema. Espero que lo disfruten.

                                         El último hombre sobre la tierra está en su habitación. Golpean a la puerta.

                                                                                                                        Frederic Brown


La tormenta arreciaba cada vez con más furia. El hombre trancó las ventanas y se sentó a comer solo, como todas las noches durante los últimos veinte años. Le había costado acostumbrarse a aquella soledad forzosa, interminable, dolorosa.

Luego de que la última gran guerra bioquímica eliminó a todos los seres del reino animal terrestre (incluidos casi todos los humanos), despertó un día sin saber cómo ni por qué había sobrevivido a aquella locura global. Poco podía recordar de su vida anterior, pero sí sabía que el intento de suicidio motivado por el deseo de escapar de los horrores de la guerra le había salvado la vida.

Disponía de todo un mundo para él, de las instalaciones que habían sido construidas para una población de diez mil millones de habitantes, y todo funcionaba a la perfección sin necesidad de intervención alguna. El incesante progreso tecnológico de finales del siglo XXI había automatizado todo de tal modo que en cualquier punto del globo en que decidiera quedarse dispondría de agua potable y energía eléctrica por el resto de su existencia.

Meditó sobre los aciagos años transcurridos desde que había despertado de aquel inexplicable sueño inducido por dos frascos de tranquilizantes mezclados con el contenido de aquella botella negra de gusto amargo que pensó que era veneno. Sin querer descubrió así el antídoto para la peste que había eliminado toda vida animal.

Recorrió el planeta en los vehículos antigravedad disponibles por todos lados, con la esperanza de encontrar a algún otro sobreviviente. Ciudades enteras vacías, muertas, silenciosas. La Tierra se había convertido en un enorme cementerio alimentado por la estupidez de una raza que había alcanzado la madurez tecnológica estando aún en la infancia moral.

Cuando por fin aprendió a manejar los equipos y logró comunicarse con las bases humanas en la Luna y Marte, supo por los autómatas que las mantenían funcionando que tampoco allí se había salvado nadie.

Cuando se cansó de recorrer el mundo, cuando la esperanza de encontrar a algún otro ser se desvaneció, cuando por fin fue capaz de aceptar que estaba solo, que era el único sobreviviente de una raza que había creído ser la cima de la evolución, cuando se aburrió de comer la comida enlatada e hipercongelada que tenía a su disposición en miles de supermercados de todo el mundo, se estableció allí, en el campo. Aprendió a cultivar sus propias verduras, a amasar su propio pan. Aprendió el arte de la meditación y en su mente se fijó la idea de que, por alguna desconocida razón —una muy difícil de comprender o descubrir—, él había sobrevivido a aquella autoextinción. ¿Por qué?, ¿para qué? Tenía toda la vida para descubrirlo.

A pesar de su inevitable soledad, nunca se aburría. Además del trabajo en la huerta y la panadería, disponía de miles de películas en DVD y VHS, de millones de libros y de cuanta música pudiera desear. Claro que a veces la nostalgia por la compañía humana lo invadía y sentía enormes deseos de llorar. Entonces recurría a los clásicos universales del humor, a Chaplin, Abot y Costello, los hermanos Marx, el Gordo y el Flaco, Les Luthiers. Ellos lo consolaban y, al menos por un rato, lo hacían sentirse acompañado. Sin embargo, aquella noche creyó que la cordura lo abandonaba definitivamente. Alguien estaba golpeando la puerta. Bajó la música y esperó tenso. El rítmico golpeteo se repitió. ¿Alucinaba?

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

El llamado se repitió por tercera vez. Ahora no tenía dudas.

¿Sería una mujer? Añoraba tanto el contacto con una piel cálida, suave, el roce de otros labios sobre los suyos, el estremecimiento de los sentidos agitados por el deseo y la pasión. Sintió que le faltaba el aire. ¿Y si era un hombre? Bueno, tampoco le vendría mal un abrazo, un sincero apretón de manos, una conversación larga y distendida, unos ojos donde mirarse y sentir que ya no volvería a estar solo.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¿Quién es? —preguntó entre asustado y feliz.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Nuevamente no hubo respuesta, pero los nudillos contra la puerta volvieron a sonar.

Acercó la mano temblorosa. ¡Qué importaba quién fuera o cómo fuera! Por la forma de golpear sólo podía ser un ser humano igual a él, buscando refugio en aquella inhóspita noche.

Cuando su mano aferró ¡por fin! el pomo de la puerta, sintió que la sangre se agolpaba en sus sienes mientras el corazón se le aceleraba bruscamente y percibió una sensación nueva, desconocida, una energía que lo recorrió de pies a cabeza hasta que, segundos después, lo arrojó exánime varios metros más allá, liberando para siempre su alma de aquella indescriptible soledad.

Afuera, los cables eléctricos volteados por la feroz tormenta chispeaban de a ratos electrificando la puerta donde, a intervalos regulares, el viento jugaba con el aislador aéreo, haciéndolo golpear rítmicamente con un casi humano toc, toc, toc.

miércoles, 4 de marzo de 2026

HOBBY DOGGING

 Hay una nueva moda en europa llamada "hobby Dogging" donde la gente sale a pasear mascotas inexistentes, e incluso forman clubes y entrenan sus mascotas imaginarias en circuitos para perros reales. La capacidad de asombro se pone a prueba día a día.



VALIENTE

 Una historia sencilla sobre un caballo y su dueño, inspirado en un cuadro de Pedro Figari.


     Resoplé, cansado de cabalgar por la pampa, rumbo al añoso ombú por tercera vez en cuatro días. A pesar de que el sol brillaba tenue en un nuevo atardecer, la transpiración me provocaba un intenso ardor en la vista, como si exudara jugo de limón en lugar de sudor.
     Mis intentos por tratar de convencer a la patrona de que no me mandara otra vez a buscar al caballo arisco, habían resultado inútiles. Ella no entendía que el pobre animal no quería dejar de ir al lugar donde cada tarde llevaba al patrón a descansar tocando la guitarra hasta que la noche los invitaba a volver.
   Don Rudecindo, mi querido patrón, había fallecido pocos días atrás de un repentino fallo cardíaco. Y es que el hombre rebosaba salud por todos los poros, pese a haber pasado largamente la octava década desde su alumbramiento, ocurrido justo en el mismo momento que nacía un nuevo siglo. Una larga vida dedicada al trabajo del campo, noble, duro, sacrificado. Nunca se había quejado. Su espalda doblada por años de labor parecía desconocer el dolor. 
   Sus callosas manos acariciaban las cuerdas de la vihuela con maestría, y su hermoso corcel lo escuchaba como hipnotizado. El patrón decía (y yo creo que era cierto) que el animal bailaba al ritmo de la música, como si fuera capaz de percibir los matices del tono y la melodía.
    No tenía buena voz. Sin embargo, el canto surgía tan de lo profundo de su alma, que aquel detalle carecía de importancia. Era poesía pura, muchas veces improvisada, declamando su profundo amor a la tierra y sus bellezas naturales.
    Luego de las exequias fúnebres, que duraron dos días, la dolida viuda notó que el caballo de su marido no estaba. Y siendo yo el capataz, debí salir en su búsqueda. Una, dos, tres veces.
  No era difícil encontrarlo. Muchas veces había acompañado a Don Rudecindo en sus excursiones vespertinas hasta el ombú, viendo como Valiente, su caballo, hacía el recorrido de memoria, sin necesidad de que el hombre lo guiara.
   «El hombre es un animal de costumbres», me dijo el patrón pocos días antes de emprender el viaje sin retorno. « Pero no sólo el hombre, también mi querido valiente lo es». «Si hasta parece humano», agregó enseguida. Se le iluminaban los ojos cada vez que hablaba de su caballo.
  Cuánta razón tenía. A veces creo que el animal seguía escuchando en su interior las desafinadas notas que el don compartía con él todas las tardes.
   Porque no era un caballo cualquiera. Era el último hijo de la yegua favorita del patrón. Había nacido el día de su cumpleaños número sesenta. Y por eso se ocupó de Valiente personalmente. Era “su caballo”, ese y ningún otro. El hijo macho que la naturaleza le había negado a la pareja, bendecida con cuatro hermosas mujeres, había llegado en un formato diferente, pero tan bello como sus mozas.
   Un animal noble, fuerte, leal como pocos hombres, valiente como su nombre, dueño de una estampa impresionante, que enamoraba al instante a quién lo veía. 
   Cuentan algunos, y yo doy fe de ello, que en una ocasión, en medio de una feroz tormenta, salió con el patrón a buscar algunas vacas asustadas. Durante el regreso, Valiente evitó que la furia de la crecida arrastrara a don Rudecindo a una muerte segura, cuando este cayó de su silla a las embravecidas aguas, sujentándolo del cinto con sus potentes mandíbulas para luego lanzarlo de nuevo sobre su lomo y cargarlo casi inconsciente hasta las casas.
    Eran uña y carne. Un alma en dos cuerpos. Estaba seguro que Valiente no iba a durar mucho tras la muerte de su dueño y amigo. De su hermano. La patrona, una mujer estudiada y mucho más racional que yo, me decía que no hablara pavadas. Que un caballo era eso y nada más. Un caballo.
   Ella no entendía esa hermandad entre el hombre y la bestia. Bastaba con verlos cabalgar para saber lo que cada uno significaba para el otro. Hay cosas que no se estudian en ningún lado. Te las enseña la vida. El instinto. El corazón.
      Cuando llegué a pocos metros del ombú, la mirada de Valiente me dijo sin palabras lo que en mi fuero íntimo yo ya sabía.
    Que no iba a volver. Que si su otra mitad se había ido, él también lo haría. Que lo iba a esperar al pie de su árbol, para marchar juntos al paraíso.
Casi me caigo al bajar de mi propio caballo, sintiendo que me fallaban las piernas.
  Me acerqué tembloroso, acaricié por última vez su lomo, besé su frente y le dije al oído que estaba bien, que era su derecho. Si la patrona no lo entendía, allá ella. No había fuerza humana que lo obligara a salir de allí. Ni yo estaba dispuesto a intentarlo.
  Me alejé despacio, casi arrastrando mis vacilantes pasos. Antes de montar para emprender el regreso, volví la vista atrás. Nuestras miradas coincidieron por última vez, y vi como en su boca se dibujaba una sonrisa. 
   Valiente volvió a mirar adelante, hacia el ombú, donde con seguridad el alma de Don Rudecindo lo estaba llamando, cantando esa hermosa canción que había compuesto para él.
  Aunque  no soy un tipo sensible, no pude evitar lagrimear al ver al caballo echarse por última vez junto al árbol. Juro que escuché la voz del patrón, fuerte, segura, feliz, dando la bienvenida a su amado amigo de cuatro patas. Lo juro por mis hijos. Por los doce.


miércoles, 25 de febrero de 2026

LA CULPA

 ¿Puede existir una emoción más inútil y corrosiva que la culpa? En este fantasmagórica historia, un hombre busca expiar la suya para poder dormir en paz, confrontando a quién, según él,  fue el verdadero causante de una horrible tragedia. ¿Podrá conseguirlo?

 

—¿Cuántos años lleva cerrado el parque? Está bien conservado.
  La pregunta del comprador le pilla desprevenido. Jorge piensa antes de contestar.
  —Seis o siete. No más que eso. Por dos no llegó a los noventa años ininterrumpidos. Me ocupo de mantenerlo en buenas condiciones. Cada tanto enciendo las máquinas. Si lo compra tendrá que actualizar las habilitaciones. 
  El hombre recorre los juegos mecánicos y las tiendas. Se detiene en el tiro al blanco y pide para probar suerte. Jorge accede.
  —Tiene que esperar unos minutos para que el compresor cargue los rifles. 
  El comprador parece un niño con juguete nuevo. No erra un solo tiro. Le pide que duplique la velocidad de giro. Que la triplique. Es infalible.
  —Vaya puntería. Se llevaría todos los premios.
  Siguen caminando. El hombre mira varias veces su reloj.
  —Si no tiene tiempo ahora, lo podemos dejar para otro momento. Sr… ¿Me dijo su nombre?
    Lo mira y, ¿sonríe? A jorge no le gusta nada su expresión. Le recuerda a Jack Nicholson en El resplandor.
  —Me preocupa la demora de mi escribano. Para firmar los papeles. Alguien tiene que certificar su confesión. 
  —¿Mi… qué?
  —Su confesión de cómo mató a mi hermano. Soy Alberto Gómez. Hermano de Adrián.
  Recién entonces ve la pistola que apunta derecho a su cabeza. No sabe de armas. Pero está seguro que ese artefacto puede acabar con el poco cerebro que le queda.
  —No sé de qué habla.
  —Pronto lo sabrá.
   Es lo último que escucha antes del culatazo que lo sume en las tinieblas.
   

«Acabo de despertar de una maldita pesadilla. ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy sentado y atado a una silla? ¿Acaso no estaba soñando?» piensa Jorge.
 El dolor de cabeza y su cuerpo atrapado le confirman que no. Entre la bruma que empaña sus ojos, ve al comprador parado frente a él. Le cuesta demasiado enfocar. Empieza a recordar. Las palabras, el golpe. El gesto del psicópata.
   La mesa de oficina del parque donde están encerrados, está llena de papeles, fotos, recortes de periódicos. En un alarde de mal gusto Alberto ha ampliado la del muchacho con la cabeza destrozada por la caída.
  —¿Lo reconoce ahora? Fue un par de años antes de cerrar el parque. Usted manejaba la rueda gigante —afirma con una calma que no coincide con  su lenguaje corporal. Se pasea por la pieza con pasos largos, furiosos, mientras blande su arma frente a Jorge. Es un animal enjaulado con su presa indefensa.
  Jorge asiente con la cabeza.
 —¿Va a negar que fue su culpa? 
—¿Mi culpa? Fue un suicidio. La policía lo confirmó. Antes de subir a la rueda se bebió un frasco de veneno. Lo tenía con él. Por qué saltó antes, nadie lo sabe. 
  —Claro, claro, ¡Su tío comisario lo hizo para salvarlo.
  —¿Mi tío? Oiga, que tenga el mismo ape… ¡Ay!
  El puñetazo le arranca dos dientes. Empieza a llorar y reír a la vez.
  —¿De qué se ríe, imbécil? ¿No se da cuenta que si no confiesa va a morir aquí?
  A Jorge le cuesta responder. El golpe le descolocó la mandíbula. Siente el calor de la sangre en su boca.
  —Ambos moriremos aquí, ambos. Esa puerta, la única salida, solo yo puedo abrirla con mi huella y desde afuera. ¿Por qué cree que estaba abierta? Trate de abrirla, vamos. A ver quién es el imbécil.
 Recién entonces el falso comprador nota que la puerta no tiene pestillo, ni cerradura. La embiste con fuerza. Nada. Como si estuviera soldada. Busca una ventana. No la hay. Toma un extintor y comienza a golpear las paredes, luego vuelve a atacar la puerta. Nada. Transpirando a mares, toma a Jorge por las solapas.
  —Te voy a soltar y vas a abrir la maldita puerta —dice al borde de la desesperación. 
  —No puedo. Nadie puede —responde Jorge sonriente. Acto seguido comienza a reír a carcajadas. Acaba de recordar algo importante. ¿Cuánto tiempo lleva muerto? Alberto le mete una bala entre ceja y ceja, pero Jorge se sigue riendo. Se levanta de la silla y mira al otro directo a los ojos.
 —Si no fueras tan homofóbico, si hubieras aceptado su opción sexual, nada de esto hubiese pasado. Ahora, te has condenado como nos condenaste a nosotros. Yo me suicidé una semana después. Por tu culpa. No quería vivir sin él. Adiós.
  El fantasma de Jorge atraviesa la puerta. Alberto, desesperado, mete el arma en su boca y cuando está por disparar, la habitación, el parque; todo desaparece. 
Menos la culpa. Esa crece cada día, y no desaparecerá ni con su propia muerte.
 
   
 

viernes, 20 de febrero de 2026

Y me preguntas por qué



Me preguntas por qué escribo,

(por qué necesito hacerlo)

para qué lo hacés, me dices

si quizás nadie te lea

y si te lee no entienda

y si lo entiende se burle

te diga que porquería

cuantas palabras gastadas

y al final, la nadería


Me preguntas por qué escribo

si leer pasó de moda

si hacer tiktok es más fácil

mucha más gente los mira

aunque teniendo esa cara

y esa voz de porquería

que a duras penas se entiende

entiendo que no lo harías


Me lo preguntas de nuevo

¿no te sirve mi respuesta?

¿No entendés que necesito

hacerlo aunque no se venda?

Que las palabras del alma

se agolpan contra mi puerta

porque me duele la vida

porque me mata la guerra

y necesito sacarlas

gritarlas aunque me duela

pues si quedan adentro

el alma se me envenena


Ya no preguntes, so necio

yo no espero que lo entiendas

igual que yo no comprendo

tu pasión por la riqueza

que todo midas en plata

tu amor por acumular

nada te vas a llevar

cuando dejes este mundo

bien ligeros de equipaje

la parca nos llevará

y de nada servirá

todo eso que ganaste

solo el amor que sembraste

para siempre vivirá